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¿Cómo procedía usted?

Ante todo, estudiaba a la persona, exigía que me lo contara absolutamente todo. En lugar de tratar de adivinar por el tarot lo que pudiera ocultarme, simplemente la sometía a un interrogatorio. Preguntaba a mi consultante por su nacimiento, sus padres, sus abuelos, sus hermanos, su vida sexual, su relación con el dinero, su vida sentimental, su vida intelectual, su salud…

En suma, una verdadera confesión.

¡Absolutamente! Y pronto fui depositario de unos secretos terribles: robos, violaciones, incestos… Un hombre me confesó que, siendo niño, al finalizar el año escolar, esperó encima de un muro a un profesor al que detestaba para arrojarle una gran piedra sobre la cabeza. Quizá el profesor se murió, pero el chico no se quedó allí para comprobarlo… Un día recibí a un padre de familia belga, y enseguida noté que era homosexual. «Sí», me confiesa, «y tengo relaciones sexuales con diez personas al día en las saunas, cada vez que vengo a París. ¿Sabe cuál es mi problema? Que me gustaría hacerlo con catorce, como mi amigo…». Empezaron a salir los trapos sucios. Recibía las confidencias más oscuras y extravagantes. El incesto estaba a la orden del día: una mujer me confesó que el padre de su hija no era otro que su propio padre; un chico seducido por su madre me contó todos los detalles… Sadomasoquismo, fijaciones homosexuales, obsesión por el placer solitario… ¡Por allí aparecía de todo! La gente se desahogaba porque sentía confianza y me juzgaba capaz de proponerles una terapia adaptada a su herencia social y cultural.

¿Por qué era importante para usted que fuera tan detallada la confesión?

Porque, antes de emprender cualquier cosa, es imprescindible conocer el terreno. Aprendí ese principio de Miyamoto Musashi, el autor del Libro de los cinco anillos. Antes del combate, dice, hay que ir al terreno muy temprano y adquirir de él un perfecto conocimiento. También hay médicos que aplican este método. La familiarización con el terreno psicoafectivo de la persona me parecía un requisito previo para la recomendación de cualquier acto psicomágico.

¿Y qué función cumple el tarot en todo esto? Si una persona se confiesa, ya no es necesario adivinar nada.

Las personas suelen hacer sólo medias confesiones. Se guardan lo mejor para después, por decirlo así… El tarot me ayudaba a sacar a la luz secretos inconfesables en un primer momento. De ese modo, disponiendo de todos los elementos, estabas en condiciones de proponer un acto a la vez irracional y racionaclass="underline" irracional en apariencia, pero racional en la medida en que la persona sabía por qué tenía que realizarlo. Por otra parte, todo acto psicomágico tiene efectos perversos, es decir, incontrolados, que constituyen precisamente su riqueza.

Explíquelo, por favor.

Daré un ejemplo: un día recibí la visita de una señora suiza cuyo padre había muerto en Perú cuando ella tenía 8 años. Su madre hizo desaparecer todo rastro de aquel hombre, quemando cartas y fotos, por lo que mi consultante seguía siendo, en el plano emocional, una niña de 8 años. Con más de cuarenta de vida, hablaba como una niña y tenía graves problemas. Le prescribí un acto: debía ir a Perú, a los sitios en que había vivido su padre, y traerse algo, un recuerdo, una prueba palpable de su existencia. Cuando regresara a Europa, debía colocar el o los recuerdos en su habitación, encender una vela y después ir a la casa de su madre y darle una bofetada. Es preciso decir que su madre la maltrataba e insultaba. Como puedes ver, el cumplimiento de este acto exigía un compromiso. La mujer se fue a Perú, encontró la pensión en que había vivido su padre y, por una de esas sincronías que emanan de lo que yo llamo «danza de la realidad», encontró cartas y fotos. El padre las había entregado a la dueña de la pensión, confiando en que un día su hija iría a buscarlas. Varios decenios después, mi paciente encontró unos recuerdos en virtud de los cuales su progenitor, por así decirlo resucitaba. Al leer aquellas cartas y contemplar aquellas fotografías, la mujer dejó de ver en su padre una especie de fantasma y sintió por fin que había sido un ser de carne y hueso. Cuando regresó a su casa, puso las cartas y las fotos en su habitación, encendió una vela y se fue a ver a su madre, con intención de darle una buena bofetada. Madre e hija tenían una relación muy difícil. Pero mi paciente se llevó una sorpresa al comprobar que su madre -a la que había anunciado su visita- estaba esperándola y, por una vez, le había preparado una comida. Asombrada al verla tan amable, se sintió muy turbada por tener que abofetearla, ya que por una vez su madre no le daba motivo para hacerlo. Pero el acto psicomágico constituye un contrato ineludible que ella sabía que debía respetar. Durante el postre, mi paciente abofeteó a su madre por sorpresa y sin razón aparente, temiendo una reacción violenta de la madre, a quien siempre había temido. En cambio, ésta se limitó a preguntarle: «¿Por qué lo has hecho?». Ante tanta ecuanimidad, la hija por fin encontró palabras para expresar todas las quejas que tenía de ella. Y ésta fue la sorprendente respuesta de su madre: «Me has dado una bofetada… ¡Pues deberías haberme dado otra más!». Por fin, entre las dos mujeres nació la amistad.

Parece casi un milagro…

Podría darte pruebas de la veracidad de esta historia. La he contado para que se vea que el acto sigue su propia lógica. No se puede prever cómo va a desarrollarse ni cuáles serán sus efectos. Pero si está prescrito sobre la base de un buen conocimiento del terreno, sus efectos, cualesquiera que sean, no pueden ser sino positivos.

Así que pasó de leer el tarot a prescribir actos psicomágicos…

Enseguida tuve que hacer frente a una fuerte demanda: estaban mis consultantes del tarot, los que habían seguido mis cursos de masaje, los que asistían a mis conferencias semanales en el Cabaret Místico… Una multitud. Eso me impulsó a adoptar tres fórmulas de trabajo: una individual, otra en grupos de treinta a cuarenta, y otra en el marco del Cabaret, donde somos unas cuatrocientas o quinientas personas. De todos modos, el procedimiento esencial no varía: alguien me expone una dificultad y yo le recomiendo un acto. Ahora bien, la mayoría de los actos han sido prescritos en el curso de conversaciones privadas.

Al recomendar un acto establece un contrato con la persona…

Sí, y este acuerdo mutuo tiene mucha importancia. En primer lugar, la persona se compromete a realizar el acto tal y como yo se lo prescribo, sin cambiar nada en absoluto. Siempre en esa línea, y para evitar deformaciones debidas a fallos de la memoria, la persona debe tomar nota inmediatamente del acto y del procedimiento a seguir. Una vez realizado el acto, debe enviarme una carta en la que, en primer lugar, transcribe las instrucciones recibidas de mí; en segundo lugar, me cuenta con todo detalle la forma en que las ha ejecutado y las circunstancias e incidentes ocurridos durante el proceso; y en tercer lugar, describe los resultados obtenidos. El envío de esta carta constituye mis únicos honorarios por la prescripción del acto.