Resultados de la psicomagia:
1. Escribí un artículo sobre Panamá que fue publicado por Harpers´ Magazine en su número de junio de 1988.
2. Busqué un agente literario. Este agente vendió en setenta mil dólares un proyecto de libro escrito por mí a partir del material proporcionado por G. Sánchez-Borbón, un exiliado.
3. Entre enero y abril de 1988, escribí las treinta y cinco mil soberbias palabras de este libro.
Conclusiones: Hasta ahora, ningún libro de ficción ha tocado a mi puerta para pedirme que lo escriba, pero estoy escribiendo con mucho éxito sobre los acontecimientos panameños. Parece que a su magia le tiene sin cuidado el género y sólo se guía por el tema.
Ya ves… Escribí una postal a Koster para felicitarlo, haciéndole observar que no había quemado la hoja que había quedado en la tapa. También le decía que, si quería escribir ficción, podía proponerle otro acto psicomágico. A lo que él me contestó: «Por el momento, no deseo más actos, porque tengo mucho trabajo. Me bullen en la cabeza muchas ideas: cine, etcétera. Uno sabe cuándo está vacío. Ahora estoy lleno. Gracias».
Se tenga o no se tenga fe en la psicomagia, es cierto que usted expone hechos comprobables, lo cual es impresionante. ¿Todos sus consultantes le contestan con cartas tan prolijas como la de esta última persona?
En general, sí. Pero a veces me ocurre que, digamos por deformación profesional, en el curso de una conversación amistosa propongo un acto sin que me lo hayan pedido. En esos casos, prácticamente nunca recibo respuesta, sencillamente porque, en general, el acto no se realiza. La persona no lo ha solicitado, lo escucha con indiferencia, quizá entre divertida y curiosa, pero sin darle importancia.
De nuevo subraya la importancia que tiene la motivación, decisiva en toda terapia. Lo que importa es que la persona realmente desee cambiar…
Por supuesto. Si existe verdadero deseo y también confianza, todo es posible. Voy a leer una carta muy larga que ejemplifica ese principio: un acto de lo más simple puede adquirir una dimensión milagrosa si se realiza con fe:
Me llamo Jacqueline. Ya le conté que mi padre se suicidó cuando yo tenía 12 años tomando cincuenta tabletas de optalidón. También le dije que, con tantos problemas de dinero arrastrados desde hace años, muchas veces he adoptado actitudes suicidas. Me explicó que mi padre se había suicidado de un modo suave (con tabletas) y que yo misma estaba suicidándome poco a poco, que en eso imitaba a mi padre.
También le dije que mi madre había muerto tres semanas después que mi padre (padecía una degeneración cerebral desde hacía años). Yo necesitaba expresar con un acto algo que me asfixiaba desde hacía tiempo. Necesitaba una liberación y creo en los milagros.
Me propuso el siguiente acto: ir a una residencia de ancianos, comprar una docena de hermosas naranjas (grandes), regalárselas a 12 personas y hablar 12 minutos con cada una de ellas. Enseguida, llamarle para contarle lo experimentado. Puesto que mi padre había muerto un sábado, me dijo que realizara el acto en sábado.
Traté de comprender qué me proponía. Pensé que la residencia me situaba en la edad de mi padre (en un principio, no se me ocurrió asociar el acto a mi madre), que las naranjas eran símbolo de fecundidad y que, al ir a ver a personas que tenían aproximadamente la misma edad que mi padre, yo dejaría de rechazarlo. Si en esta ocasión le daba la vida, también yo misma me autorizaría a vivir y dejaría de sentirme impulsada a reproducir su acto. Además, 12 naranjas, 12 personas, eso era para mí un símbolo del arcano del Ahorcado del tarot. Por lo tanto, tenía que ir hasta un extremo de mi árbol, hasta un extremo de mi dolor, para lograr encontrar la alegría; quizá fuera necesario que muriese de una vez para renacer y ocupar mi verdadero lugar. Los días que precedieron al acto no fueron muy agradables; me encontraba mal, tenía palpitaciones y sensación de angustia y ahogo. Busqué una residencia pública, porque pensé que tal vez sus ocupantes fueran personas más necesitadas, peor provistas que los ancianos de una institución privada. Tuve que desplazarme a una población situada a 43 kilómetros de la ciudad donde resido, una población que tiene el mismo nombre que mi marido (!), donde se encuentra la residencia geriátrica comarcal. Por consejo de un amigo, antes llamé por teléfono a la directora y le expliqué que era psicóloga y que estaba haciendo un trabajo que trataba de la soledad de los ancianos, para lo que necesitaba cambiar impresiones con una docena de personas. Nada más llegar, descubrí que aquello era algo para lo que no me había preparado. Todas las personas presentes parecían tener un comportamiento curioso, anormal. La mayoría padecía trastornos mentales. Yo tenía razón en un punto, porque me reencontraba con un elemento de mi pasado que me había hecho sufrir mucho: mi madre también «se había visto trastornada» varios años antes de su muerte, algo que yo me había negado a reconocer siempre. Allí volví a enfrentarme con algo muy doloroso. No había elegido aquel lugar por casualidad. A pesar del dolor, no podía dar media vuelta, tenía que seguir adelante. El dolor me ahogaba, había tanto desvalimiento en aquellas personas… Tenía la impresión de que estaban pidiéndome ayuda. Sentí un gran amor por todos aquellos «viejos». Me resultaba difícil medir el tiempo que pasaba con cada persona. Sé que hay que respetar escrupulosamente hasta el menor detalle de un acto de psicomagia, para no «estropearlo». Usted me había indicado 12 minutos por persona; en mi consultorio paso unas cinco horas con la persona que viene a verme y nunca miro un reloj; allí tenía que concentrarme (lo mismo que un ahorcado), pero era bueno, sin duda, incluso imprescindible para mí. Esto me forzaba a situarme en un presente, a mantenerme vigilante, a darme cuenta de que el amor que uno da es percibido por el otro, que los mensajes transmitidos no tienen por qué ser más largos para ser más intensos.
Había personas sin dientes, por lo cual no podían comer la naranja y no querían aceptarla. Les decía entonces que la regalaran a quien quisieran. A otras no les gustaban las naranjas y también les decía que la regalasen. Esto debió de ocurrir cuatro o cinco veces. Hubo un momento en que sentí mucho miedo porque un hombre que estaba completamente trastornado se negó a tomar la naranja, incluso a regalarla. Como con aquel hombre había discutido, no sabía si podía contarlo como una de las 12 personas (puesto que me sobraba su naranja), lo cual complicaba mucho el acto y temía equivocarme. El hombre me siguió mientras yo hablaba con otras personas y por fin pude convencerle de que se quedara con la naranja. De pronto, el hombre se cayó. Tenía las piernas deformes y para andar se ayudaba con un aparato. Todo el mundo miraba, pero nadie se movía. Como buenamente pude, le ayudé a incorporarse, pero se negaba a quedarse sentado mientras yo iba en busca de una enfermera. Una vez erguido, se empeñaba en avanzar. Había personas que decían que quería ir a su habitación, que estaba en otro pabellón. Seguí sosteniéndolo mientras subía una escalera para ir a donde él quería. Yo me mantenía detrás de él, para que no cayera hacia atrás y se desnucara. Quizá parezca raro, pero yo no temía que su cuerpo me cayera encima y me hiciera rodar por las escaleras. Sentía en torno a nosotros la fuerza de ese amor que nos envuelve a todos. Por fin, el hombre consiguió llegar a donde quería.