Ya era mediodía, la hora del almuerzo, y todavía me quedaba una naranja, es decir, tenía que hablar con otra persona. Otra vez tuve miedo de que mi acto no fuera válido. Debía interrumpirlo durante una hora y luego volver para hablar con la última persona y regalarle la fruta. ¿Y si la interrupción lo echaba todo a perder?
Salí, me encontré con mi marido que me esperaba y hablamos de todo ello. Había dedicado 12 minutos a cada persona y tenía la impresión de haber repartido felicidad, de haber contribuido a aliviar sufrimientos. ¡Pero cuánto me habían dado también a mí aquellas once personas! Quizá parezca curioso, tratándose de personas disminuidas psíquicamente, pero todas me agradecieron que hubiese ido a verlas. Cada vez que decía «adiós» me contestaban con un «gracias». Creo que aunque el intelecto pierda todo o parte de lo que se llama «sentido de la realidad», el corazón percibe igualmente el amor que se le ofrece. Por lo menos, eso sentí en ese lugar.
Al cabo de una hora, volví para ver a la duodécima persona con mi duodécima naranja. Era un hombre al que le habían amputado una pierna y que estaba sentado en una silla de ruedas. Después me marché, sabiendo que aquel acto me había hecho consciente de que hay lugares en el mundo en los que habita un sufrimiento enorme que cada uno de nosotros podría contribuir a aliviar. En aquel asilo me encontré frente a mi padre y mi madre. Al fin y al cabo, mis padres murieron con tres semanas de intervalo cuando yo era todavía una niña y me sentí totalmente abandonada; tras mi visita a la residencia, tenía la impresión de haberles dado vida a los dos. Una vez realizado este acto, le llamé por teléfono a usted, tal como me había pedido, para decirle lo que había sentido. Después de escucharme, me propuso que hiciera lo siguiente: «Ve al sitio donde compraste las naranjas la primera vez, a mediodía -las 12, me puntualizó-, y compra una naranja, la más hermosa». Le pregunté qué día debía hacerlo y usted me dijo que qué día fui a la residencia. Era un sábado. Entonces me ordenó: «Hazlo un sábado. Siéntate a la puerta de una iglesia y cómete la naranja lentamente, durante 12 minutos. Eso es todo».
El sábado, 14 de julio, fui al mercado. La víspera había preguntado si habría venta a pesar de ser festivo. A las 12 en punto, elegí la naranja que me pareció más hermosa y la compré. Monté en mi bicicleta y, acompañada de mi marido, busqué una iglesia a cuya puerta pudiera sentarme. Había una iglesia, llamada Nuestra Señora de la Paz, en la que nunca había estado porque no me atraía su arquitectura moderna. Está en las afueras y yo no tenía más que una preocupación: la de que pudiera estar cerrada con llave, como suelen estar las iglesias cuando no hay oficios. De modo que dejé la bicicleta y, ¡oh, milagro!, al empujar la puerta descubrí que no estaba cerrada. En su interior la iglesia forma un cuarto de círculo, hay muchas vidrieras de colores -modernas, desde luego, pero me sentía a gusto-. Era una iglesia cálida. Me senté a rezar y a dar gracias antes de irme a comer la naranja. Entonces llegó el sacerdote, rezó y se puso a arreglar la iglesia. Yo deseaba que se marchara porque no me atrevía a comerme la naranja en la puerta. Cogí la bicicleta y, junto con mi marido, que me esperaba fuera, nos apartamos un poco. Al salir, había dejado abierta la puerta. Tenía la sensación de que ese acto tenía que hacerse con la puerta abierta; sentía que, si no, me estaría vedado el acceso a la felicidad.
Esperamos un poco y volvimos a la iglesia, donde vimos con alivio que ya no estaba el coche del sacerdote. Pero volví a sentir miedo de que la puerta estuviera cerrada con llave. No sólo no estaba cerrada con llave, sino que seguía abierta de par en par, tal como yo la había dejado. De modo que, con gran alivio y mucha alegría, me senté delante de la puerta abierta. A las 13:12 horas empecé a pelar la naranja. Durante la semana, me decía que 12 minutos era demasiado tiempo para comerse una naranja. Y es que yo no saboreo la comida, sino que la engullo.
A las 13:12 empezaba para mí una hermosa revolución, la forma de terminar con aquella parte de mí misma para ir hacia una transformación total. Empecé degustando la primera cuarta parte. Lo que sentí entonces nunca lo olvidaré. Ahora, mientras escribo estas líneas, experimento la misma emoción. Iba comiendo aquella cuarta parte, despacio, a pequeños bocados.
Estaba conmovida, tenía ganas de llorar, pero de alegría. Esta vez comprendía que hacía un bien y, quizá por primera vez, me autorizaba a vivir. Era la vida lo que estaba saboreando, lo que entraba por mí, se deslizaba dentro de mí. Sentía realmente que antes me había prohibido algo muy importante. La vida, sin duda… Allí comprendí que la puerta de Dios siempre había estado abierta para mí y que era yo quien la había cerrado. Me sentía en plena comunión con Dios. Fue una emoción intensa. Después de degustar la primera cuarta parte, miré el reloj: habían transcurrido cuatro minutos. El tiempo pasaba rápidamente, luego tuve que apurarme un poco. La emoción seguía siendo fuerte. Después de experimentar cierto dolor, seguía comiendo mi naranja con verdadero placer. Creo que hasta entonces no había descubierto el sabor de una naranja. Fue una revelación. En realidad, fue como si comiera por primera vez. Me hubiera gustado que el tiempo pasara más lento, para saborearla aún más. Pero el acto es el acto y, a las 13:24, terminé mi naranja. Entonces volví a entrar en la iglesia y me quedé unos minutos, sin pensar en nada. En mí se había hecho el vacío, pero era un vacío agradable, indispensable, desde luego, para que se asentara una fuerza nueva. Después me fui con mi marido, que me esperaba en un banco, muy cerca, porque necesitaba su compañía aquel día.
Y me doy cuenta de que, al pedirme que le escriba, sigue ayudándome. ¿Cómo lo diría? Cuando me comía la naranja, experimenté una sensación de aceptación de la vida en mí. Quizás correspondía al momento en que fui concebida, porque al escribirle -he redactado la carta varias veces-, he tenido la sensación de parirme a mí misma. Tengo el deseo de sanarme de mi pasado y debo decirle que, por el momento, es mi hija, que tiene 12 años, quien me ayuda a avanzar en esa dirección. Ella es lo que más quiero, y deseo que sea feliz, pero sé que no podrá encontrar la felicidad si no le ofrezco una buena imagen de alguien que desea vivir.
Es una carta conmovedora en muchos sentidos, sobre todo como testimonio de la fe de esa mujer en la psicomagia. El inconveniente que presenta la «dificultad de vivir» es que se trata de un mal muy difuso. Después de la lectura de esta larga misiva, me alegro de que esta persona pudiera sentirse renacer, pero me gustaría que encontrara una carta más breve donde se expusiera la resolución gracias a la psicomagia de una dificultad más concreta, más fácil de precisar.
Leeré la carta de Armelle, hija de una francesa y de un vietnamita. Muy acomplejada entre los franceses, vivía mal su feminidad porque no aceptaba sus rasgos orientales. Su padre, muy marcado por la guerra, rechazaba su país de origen. Aconsejé a esta joven que fuera a ese país en busca de sus raíces. Previamente, en Navidad, tenía que comerse un mango, guardar el hueso y hacerlo germinar en un vaso de agua para después plantarlo en un tiesto treinta y tres días. A continuación, tenía que llevarlo a Vietnam y plantarlo en un jardín de la familia paterna. Lo siguiente es lo que me escribió una vez realizado el acto: