Usted señala que la contemplación es la técnica que perfecciona todas las cosas. ¿Qué entiende por contemplación?
En la meditación, te inmovilizas y dedicas tu atención a lo que sucede en tu interior, como si estuvieras sentado al borde de un río viendo pasar las cosas. Y la contemplación es lo mismo pero nadando en ese río. Es decir, estás viendo lo que te sucede pero estás de pleno en la vida, actuando.
¿Qué significa «estar poseído por el espíritu del maestro»?
Nuestro cerebro, que es amplio e infinito, de la misma manera que produce nuestra personalidad puede producir otras. Es decir, aprendemos a construirnos una personalidad, los esquizofrénicos pueden tener treinta personalidades, e incluso más. Cuando vas a ver a un maestro, ves otro ser humano que tiene un nivel de conciencia más alto que el tuyo. ¿Qué ocurre? Que persigues ese nivel de conciencia, tu cerebro lo persigue. Entonces tu cerebro capta ese nivel y lo reproduce en tu persona, pero, como es la primera vez que lo ves, lo identificas con su persona, con su ego, con su carácter… Y el cerebro, en lugar de actuar como si tuviera tu forma, te da la forma del otro, te hace sentir que tienes el cuerpo del otro, la personalidad del otro, la aparente individualidad del otro.
Esto produce una imitación, y creo que a eso te refieres con la expresión «estar poseído por el espíritu del maestro». No es que el maestro esté en ti sino que hay una imitación de un nivel de conciencia que estás considerando superior al tuyo.
¿Y el maestro que cree ser el elegido?
Bueno, es que en el camino de la mutación de conciencia hay trampas. Lo expliqué en mi libro Los Evangelios para sanar. En realidad tú eres un camino. Tu cerebro es un camino donde transitan todos los dioses. Si en el camino veo un dios y me creo un dios, he caído en la trampa del gurú. En realidad, somos el camino por donde pasan las cosas, no los transeúntes.
¿Qué son las pruebas iniciáticas?
En palabras de Castaneda, desafíos. Considéralas así. Observemos algunos traumas: Una mujer es violada y eso le destroza la vida. Otra mujer es violada, se baña, se limpia, llora, sufre, se repone, decide que nunca más va a hablar de ello y continúa su vida. Lo mismo sucede en las guerras, algunas personas quedan dañadas para siempre y otras, en cambio, se fortalecen. Hay que decir que los traumas no producen la enfermedad, los traumas son los detonadores. Hay una base de enfermedad dentro de nosotros que el trauma hace explotar. Y en cuanto a las pruebas iniciáticas, consisten en lo siguiente: tienes un nivel de conciencia y te encuentras delante de un acontecimiento. Tienes que reaccionar de forma útil para ti y avanzar. La prueba es un desafío para que tú te desarrolles.
El sacrificio ¿es una trampa masoquista?
Así es. Las religiones nos han confundido. En nuestra cultura, el cielo no estaba en la tierra, no estaba a tu alcance. Tenías que ganarte el más allá padeciendo en la vida, y la Iglesia, diciéndote que sufrieras, se hizo rica y poderosa.
¿Por qué puede sentirse miedo cuando nos aproximamos a los arquetipos a través de los sueños, la imaginación o las sustancias alucinógenas?
La multitud, la gente en general, sólo cambia de nivel de conciencia cuando está en un serio problema, como por ejemplo ante una catástrofe ecológica o el terrorismo. La multitud tiene miedo a los arquetipos porque los arquetipos son contenidos de alta conciencia, y eso produce miedo a la gente que no desea cambiar. Cada vez que nos enfrentamos a arquetipos, nos estamos enfrentando a una disolución de la identidad.
III
¿Hemos construido una piel invisible a la que llamamos ego?
No, la piel no es el ego. Nos acostumbran a pensar que es así, pero no es cierto. Miremos más lejos: imaginemos un león. Él llega hasta donde llega su salto, ése es su territorio. Cuando ve que un animal entra en su territorio, salta. También existen plantas cuya percepción alcanza mil kilómetros de distancia, aves que logran con su vuelo distancias formidables, u organismos que se dejan sentir muy lejos. ¿Y en el hombre? Pues a través de la telepatía el ser humano puede dar la vuelta al mundo. El hombre no tiene límites.
Entonces, ¿qué sería el ego?
Muchas veces se ha hablado del ego sin entenderlo. En realidad, nosotros tenemos nuestro ser esencial y otra parte adquirida que permite una identificación o identidad. Esta última es el ego, una identidad adquirida que está al servicio de la esencia. El ego puede degenerar en personalidades desviadas, esquizofrénicas o paranoides debido a que en el ego es donde se hacen notar los traumas y los golpes de la vida.
Usted reconoce que hace muchos años tenía un ego gigantesco. ¿Qué se puede hacer en nuestro mundo sin el ego?
El ego es sordo. Sordo y ciego. El ego ha de ser domado. Es el núcleo de la doctrina hinduista. El ego se tiene que plegar ante la esencia. En las actividades sociales se desarrollan los más grandes egos, como en la universidad, donde una persona habla y habla aunque nadie esté atento, y jamás escucha. Con ese tipo de gente no hay diálogo, sino un largo monólogo. En la vida hay que entrar en el diálogo y escuchar a los demás. El ego es necesario como la cáscara del huevo que envuelve la esencia. Eso de «matar al ego» son locuras de los gurús, que, por cierto, son grandes ególatras. Me estoy acordando de Osho, que, a pesar de ser una persona inteligentísima, hacía poner su cara en las camisetas de sus seguidores. En cada uno de sus libros había quince o veinte fotos de su cuerpo. El ego puede llegar a convertirse en algo delirante. Este hombre se pasó la vida luchando contra el ego y, sin embargo, no hacía sino fortalecerlo. Se enfrentaba con el ego de los demás pero nunca con el suyo. Yo veo a los gurús como payasos. Son necesarios, pero son grandes monigotes.
¿Somos esclavos de nuestros deseos?
Todo el tiempo estamos deseando cosas: más dinero, más objetos. El mundo es puro deseo. Nos meten en la cabeza que no tenemos que envejecer, miles de anuncios nos animan a agrandar los labios, arreglar los pechos, estirar el pene o reafirmar nuestros glúteos. Deseamos y deseamos todo cuanto vemos en los anuncios o en la calle. Cada vez que me conecto a Internet me encuentro con cuatro proposiciones constantes: alargarme el falo, bajar de peso, comprar prostitutas y ganar una fortuna sin trabajar… o aparecen bancos imaginarios donde ganas millones. Ése es el grave problema de esta sociedad: está llena de deseos de consumir y de aparentar, pero hay muy pocas ganas de ser.
¿Deberíamos entonces aprender, como tantas veces se nos ha dicho, a vencer el deseo?
Las escuelas orientales transmiten una sabiduría muy antigua que debería ser revisada. Se han idealizado mucho las enseñanzas de Buda, y hay que tener cuidado. La leyenda de Buda, si se mira bien, se nos muestra bastante lamentable: un joven rico que abandona a su esposa y a su hijo para estar tranquilo, alguien que teme las cosas más naturales del mundo como la muerte, la vejez, la enfermedad y la pobreza… Pero, claro, en su doctrina se supone que la liberación del deseo nos otorga la salvación, que consiste en no renacer, sólo porque cree en el renacimiento o en la peregrinación del alma, lo que es mucho suponer y podría no ser cierto.
Si yo no creo en la reencarnación, Buda se me cae. Para él hay que escapar de esta vida para no volver a reencarnarse, y eso es un error. No hay que escapar de nada. Hay que vivir la vida. Yo no sé si existe la reencarnación, no podemos saberlo. No podemos establecer doctrinas comunicando cosas en las que debo creer, como decir que vamos a parar la rueda de la reencarnación, el karma, etcétera. Son creencias sospechosas. No las uso de ninguna manera. Bien miradas, son tóxicas para cualquiera.