– ¿Sobre usted y las mujeres? -preguntó con incredulidad. Eso no me lo creo.
– ¿Qué quiere? ¿Nombres y fechas? ¿Empezando por cuándo, señorita McCoy? ¿Cuenta el instituto, o empiezo por la universidad?
– ¿Qué le parece desde la muerte de su esposa?
– ¿Qué le parece meterse en sus jodidos asuntos?
– De hecho, estamos hablando de sus jodidos asuntos.
– No, no estamos. Está usted.
– Después del lío de su esposa, creo que le debió de resultar difícil confiar en otra mujer.
La boca de él quedó confinada a una estrecha mueca de rabia, indicando con ello que le había tocado la fibra sensible.
– No sabe nada de…
Pero Tiel nunca llegó a saber de su boca qué era lo que no sabía, pues las palabras de Doc se vieron interrumpidas por un grito ensordecedor de Donna.
Capítulo 12
La cinta de Kip se emitía simultáneamente en dos monitores de la camioneta y todos los allí congregados se apiñaban para verla. Uno de los agentes del FBI dirigía el panel de control y congelaba la imagen siempre que Calloway se lo pedía.
– ¿Dónde está mi hija? No veo a Sabra.
Calloway detectó alcohol en el aliento de Dendy. Había estado saliendo de la camioneta regularmente, «para respirar un poco de aire fresco». Pero, al parecer, había estado tomando algo más que oxígeno.
– Paciencia, señor Dendy. Estamos ansiosos por verlo todo. Necesito saber dónde está posicionada la gente. En cuanto tenga una visión general, volveremos a pasar la cinta y la pararemos en los segmentos que merezcan un estudio más detallado.
– A lo mejor Sabra ha intentado enviarme un mensaje privado. Algún tipo de señal.
– A lo mejor -fue la evasiva respuesta del agente.
Escuchó los comentarios de presentación de Tiel McCoy con la nariz a menos de un palmo de distancia del monitor en color. Cabía admitir que la chica sabía mantener la compostura. Estaba serena. Su aspecto no era el ideal porque iba vestida con una camiseta con la bandera de Texas, pero aparecía tranquila y hablaba como si estuviera en un estudio de televisión, sana y salva detrás de una mesa de despacho.
– Ese hijo de puta -soltó Dendy en cuanto Ronnie apareció en pantalla.
– Si no puede mantener la boca cerrada, señor Dendy, estaré más que feliz de podérsela cerrar yo mismo. -Cole Davison profirió la amenaza en voz baja, aunque con toda su fuerza.
– Caballeros -dijo Calloway.
Nadie más habló mientras Ronnie ofrecía su discurso. Pero el silencio se hizo aún más pesado cuando la cámara pasó a captar la escena de Sabra y la recién nacida. Las imágenes eran conmovedoras, desgarradoras. El diálogo era turbador. Ninguna nueva madre con su bebé en brazos amenazaría con quitarse la vida.
Nadie dijo nada durante los segundos posteriores a la conclusión de la cinta. Finalmente, Gully tuvo la valentía de pronunciar en voz alta lo que todos los demás estaban pensando.
– Supongo que esto responde a la pregunta de quién es el responsable de todo esto.
Calloway levantó la mano, desanimando cualquier otro comentario editorial no solicitado sobre la culpabilidad de Russell Dendy. Se volvió hacia Cole Davison.
– ¿Qué me dice de Ronnie? ¿Qué le ha parecido?
– Agotado. Asustado.
– ¿Colocado?
– No, señor -respondió rápidamente Davison-. Ya se lo he dicho, es un buen chico. No va de drogas.
A lo mejor una cerveza de vez en cuando. No pasa de ahí.
– Mi hija no es ninguna droga dicta -observó Dendy.
Calloway siguió centrado en Davison.
– ¿Ha visto alguna cosa inusual que pudiera alertarnos de un estado de ánimo inestable?
– Mi hijo de dieciocho años está hablando de suicidarse, señor Calloway. Creo que esto viene a resumir su estado de ánimo.
Pese a que Calloway comprendía a aquel hombre a la perfección -él también tenía hijos adolescentes-, siguió presionándole para obtener más información.
– Usted lo conoce, señor Davison. ¿Cree que está marcándose un farol? ¿Le parece sincero? ¿Cree que lo haría?
El hombre luchó por encontrar una respuesta. Luego bajó la cabeza, abatido.
– No, no creo. La verdad es que no. Pero…
– ¿Pero? -Calloway resaltó la conjunción-. ¿Pero qué? ¿Ha mostrado alguna vez Ronnie tendencias suicidas?
– Nunca.
– ¿Rabietas violentas? ¿Un carácter incontrolable?
– No -respondió brevemente. Sin embargo, parecía incómodo con su respuesta anterior. Nervioso, miró a Calloway y a los demás, y luego volvió a fijarse en el agente-. Bien, sólo una vez. Fue un incidente aislado. Y no era más que un niño.
Calloway gruñó para sus adentros. Estaba muy seguro de no querer escuchar detalles sobre la única vez que Ronnie Davison había errado.
– Tal vez no sea relevante, seguramente no lo es, pero sería mejor que me lo contara.
Después de un prolongado e incómodo silencio, Davison empezó.
– Ronnie estaba pasando sus vacaciones de verano conmigo. Hacía poco tiempo que su madre y yo nos habíamos divorciado. Ronnie tenía problemas para adaptarse a la situación de separación. Bueno, al caso -dijo, cambiando inconscientemente el peso del cuerpo de un pie al otro-, se encaprichó de una perra que vivía unas manzanas más allá. Me explicó que su propietario era muy malo con ella, que no siempre le daba de comer, que nunca la bañaba. Cosas de ese tipo.
»Yo conocía al propietario. Era un cabrón, estaba casi siempre borracho, de modo que sabía que Ronnie me contaba la verdad. Pero no era asunto nuestro. Le dije a Ronnie que se alejara de la perra. Pero, como he dicho, había establecido un verdadero vínculo con la pobre criatura. Supongo que necesitaba compañía. O a lo mejor le gustaba el animal porque era tan miserable como él se sentía aquel verano. No lo sé. No soy psicólogo infantil.
Dendy le interrumpió.
– ¿Vamos a alguna parte con esta triste historia?
Calloway le lanzó una mirada y a punto estuvo de decirle que se callase antes de volverse hacia el otro hombre.
– ¿Qué pasó, Cole?
– Un día, Ronnie desató a la perra y la trajo a casa. Le dije que la devolviera de inmediato al patio del vecino. Se puso a llorar y se negó a hacerlo. Dijo que antes prefería verla muerta que viviendo de aquella manera. Le regañé y fui a buscar mis llaves con la intención de ir a devolver a la perra con la furgoneta.
»Pero cuando volví a la cocina, Ronnie se había ido, y también la perra. Para abreviar el relato, los busqué toda la noche. Vecinos y amigos anduvieron también buscándolo. A primera hora de la mañana siguiente, un ranchero los vio a él y a la perra escondidos detrás de su granero y llamó al sheriff.
»Cuando llegamos al granero, llamé a Ronnie y le dije que era hora de devolver la perra a su propietario y volver a casa. Él me dijo que no pensaba abandonar a la perra, que no pensaba dejar que la maltrataran de aquella manera.
Se interrumpió y se quedó con la mirada fija en el borde de su sombrero mientras lo acariciaba lentamente con los dedos.
– Cuando dimos la vuelta al granero, él estaba llorando con todas sus fuerzas. Estaba acariciando a la perra que estaba allí tendida, a su lado. Muerta. La había golpeado en la cabeza con una piedra y la había matado.
Cuando levantó los ojos para mirar a Calloway, los tenía rojos e inundados de lágrimas.
– Señor Calloway, le pregunté a mi hijo cómo podía haber hecho una cosa tan terrible. Me dijo que lo había hecho porque quería mucho a la perra. -Su potente pecho se estremeció mientras respiraba hondo-. Siento haberme enrollado tanto. Pero me ha preguntado si pensaba que podría hacer lo que dice que hará. Es la mejor forma que sé de responderle.
Calloway reprimió el poco profesional impulso de presionarle el hombro a aquel hombre en señal de comprensión. Dijo, muy tenso: