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– Sólo con darle de nuevo al interruptor -respondió la cajera.

El vaquero y los dos mexicanos seguían tendidos en el suelo bocabajo y con las manos en la nuca. El hombre que se estaba acercando a la puerta no podía verlos. Tiel y Sabra, en un pasillo situado entre dos hileras de estanterías, quedaban también fuera de su campo de visión.

– Que nadie se mueva. -Ronnie se agachó sobre la mujer de más edad y la agarró por el brazo para levantarla.

– ¡No! -gritó su esposo-. Déjala en paz.

– ¡Cállese! -ordenó Ronnie-. Si alguien se mueve, le disparo.

– No va a dispararme, Vern -le dijo ella a su esposo-. No me pasará nada siempre y cuando todo el mundo conserve la calma.

La mujer siguió las instrucciones de Ronnie y se agazapó junto a él detrás de una nevera de refrescos de forma cilindrica. El chico controlaba perfectamente la puerta desde detrás de la máquina.

El cliente trató de abrir, descubrió que estaba cerrado y gritó.

– ¡Donna! ¿Estás ahí? ¿Cómo es que has apagado las luces?

Donna, llorando detrás del mostrador, permaneció muda.

El cliente atisbo por el cristal.

– Ya te veo -dijo, al descubrirla-. ¿Qué pasa?

– Respóndale -le ordenó Ronnie en un susurro.

– Estoy…, estoy enferma -dijo ella, lo bastante fuerte como para que pudiese oírse al otro lado de la puerta.

– Demonios, no puedes tener nada que no haya tenido yo ya. Abre. Sólo quiero diez dólares de gasolina y un paquete de seis de Miller Light.

– No puedo -gritó ella, con los ojos llenos de lágrimas.

– Vamos, Donna. Será un momento y me largo. Todavía no son las once. Abre la puerta.

– No puedo -aclaró ella al mismo tiempo que su voz se elevaba hasta el grito-. Tiene una pistola y va a matarnos a todos. -Se dejó caer tras el mostrador.

– ¡Mierda!

Tiel no sabía quién había soltado la palabrota, pero reflejaba exactamente lo que ella pensaba. Pensaba también que si Ronnie Davison no disparaba a Donna, la cajera, tal vez ella sí lo habría hecho.

El hombre de la puerta retrocedió, luego dio un traspié, se volvió y salió corriendo hacia el coche. El vehículo dio marcha atrás, derrapando, giró y volvió a la carretera.

El anciano imploraba:

– No le hagas daño a mi mujer. Te lo suplico, no le hagas nada a Gladys. No le hagas daño a mi Gladys.

– Cállate, Vern. Estoy bien.

Ronnie le gritaba a Donna con rabia por haber sido tan estúpida.

– ¿Por qué ha hecho esto? ¿Por qué? Ese tipo llamará a la policía. Estaremos atrapados. Por todos los demonios, ¿por qué ha hecho eso?

Se le partía la voz de frustración y miedo. Tiel supuso que estaba tan espantado como todos los demás. Incluso más. Porque, independientemente de cómo acabara solventándose la situación, tendría que enfrentarse no sólo a las consecuencias legales, sino también a la ira de Russell Dendy. Que Dios le ayudara.

El joven ordenó a la cajera que saliese de detrás del mostrador y se situara en un lugar donde él pudiera verla.

Tiel no estaba segura de que ella fuera a obedecerle. Tenía toda la atención centrada en la chica, que sufría una nueva contracción.

– Apriétame la mano, Sabra. Respira. -¿No era eso lo que se suponía que tenían que hacer las mujeres cuando se ponían de parto? ¿Respirar? Era lo que hacían en las películas. Soplaban y resoplaban y… gritaban hasta no poder más-. Respira, Sabra.

– ¡Oiga! ¡Oiga! -gritó de repente Ronnie-. ¿Adonde piensa usted que va? Vuelva allí y échese al suelo. ¡Lo digo en serio!

No era momento de andar provocando al irritado joven, y Tiel pretendía decirle a quien quisiera que estuviese haciéndolo que lo dejase correr. Levantó la vista, pero se calló los reproches en cuanto el vaquero se arrodilló al otro lado de Sabra.

– ¡Aléjese de ella! -Ronnie acercó el cañón de la pistola a la sien del vaquero, un movimiento que fue ignorado al instante, igual que los gritos de amenaza del joven.

Unas manos que parecían acostumbradas a manejar tachuelas y postes de alambradas acabaron posándose sobre el abdomen de la chica. Lo palparon con delicadeza.

– Puedo ayudarla. -Tenía la voz ronca, como si llevara mucho tiempo sin hablar, como si el polvo del oeste de Texas se hubiese acumulado en sus cuerdas vocales. Miró a Ronnie-. Me llaman Doc.

– ¿Es usted médico? -preguntó Tiel.

Su mirada calmada se dirigió hacia ella y repitió:

– Puedo ayudarla.

Capítulo 3

– No la toque -dijo Ronnie con ferocidad-. Aparte sus sucias manos de ella.

El hombre llamado Doc siguió presionando el abdomen de la chica.

– Está en la primera o la segunda fase del parto. Sin saber hasta qué punto está dilatada, es difícil calibrar lo cerca que está del final. Pero los dolores son frecuentes, por lo que supongo que…

– ¿Supone?

Sin hacer caso a las palabras de Ronnie, Doc le dio a Sabra una palmadita en el hombro para animarla.

– ¿Es tu primer bebé?

– Sí, señor.

– Puedes llamarme Doc.

– De acuerdo.

– ¿Cuánto hace que empezaste a notar los primeros dolores?

– Al principio era una sensación rara, ¿sabe? Bueno, me imagino que no lo sabe.

Él sonrió.

– No tengo experiencia personal en el tema, no. Descríbeme qué sientes.

– Como justo antes de la regla. Más o menos.

– ¿Una presión aquí abajo? ¿Y unas punzadas muy fuertes?

– Sí. Muy fuertes. Y dolor en los ríñones. Creí que simplemente estaba cansada por llevar tanto tiempo seguido sentada en el coche, pero cada vez era peor. No quise decir nada.

Su mirada se trasladó a Ronnie, que asomaba por encima de las anchas espaldas de Doc. Estaba pendiente de todas y cada una de sus palabras, pero sin dejar en ningún momento de apuntar la pistola hacia las personas que seguían tendidas en el suelo como cerillas en fila.

– ¿Cuándo empezaron los síntomas? -preguntó Doc.

– Hacia las tres de esta tarde.

– Por Dios, Sabra -gruñó Ronnie-. ¿Ocho horas? ¿Por qué no me lo dijiste?

Se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas.

– Porque habría arruinado nuestros planes. Quería estar contigo pasase lo que pasase.

– Calla. -Tiel le acarició la mano-. Si lloras te sentirás peor. Piensa en el bebé que viene en camino. Ya no puede faltar mucho. -Miró a Doc-. ¿No es eso?

– Cuando se trata de un primer hijo, nunca se sabe.

– ¿Qué supone?

– Dos, tres horas. -Se levantó para mirar a Ronnie cara a cara-. El nacimiento será esta noche. Lo fácil o difícil que sean el parto y el nacimiento depende de vosotros. Necesita un hospital, una sala de partos bien equipada y personal médico. Además, el bebé precisará de atención médica inmediata después de nacer. Ésta es la situación. ¿Qué piensas hacer?

Sabra gritó con la llegada de otro dolor. Doc se agachó a su lado y monitorizó la contracción poniéndole las manos sobre el abdomen. Su brusca manera de fruncir el entrecejo alertó a Tiel hasta preocuparla.

– ¿Qué sucede? -le preguntó.

– No tiene buena pinta.

– ¿Qué?

Él hizo un movimiento negativo con la cabeza, indicando con ello que no quería comentarlo delante de la chica. Pero Sabra Dendy no era tonta. Captó su preocupación.

– Algo va mal, ¿verdad?

Hay que decir a favor de Doc que no se anduvo con rodeos.

– No va mal, Sabra. Sólo que es un poco más complicado.

– ¿Qué?

– ¿Sabes lo que significa un parto de nalgas?

Tiel se quedó sin respiración. Oyó el sonido de lamentación de Gladys.

– Es cuando el bebé… -Sabra hizo una pausa para tragar saliva-. Cuando el bebé está colocado al revés.

Él asintió solemnemente.

– Creo que tu bebé está mal colocado. No tiene la cabeza hacia abajo.