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Sacudí la cabeza con formalidad.

– Te estoy diciendo la verdad. Nadie sabía nada de ello, por eso fui a verle a él. Mi Smith & Wesson estaba en la bolsa. Me costó trescientos dólares y no podré comprarme otra.

Sabía que aquello iba a distraer la atención de Bobby. No le gusta la idea de que yo vaya por ahí con pistola. Sabe que mi padre me enseñó cómo usarla. Tony creía que la mayoría de los accidentes con armas de fuego ocurrían porque las manejaban niños que no sabían utilizarlas. Como tenía que guardar su revólver de policía en casa algunas veces, me enseño cómo limpiarlo, cargarlo y dispararlo. A pesar de todo, la idea de una mujer andando por ahí con una Smith & Wesson es contraria a cualquier noción de Bobby de lo que debe ser el comportamiento de una dama. Saltó al oír aquello, preguntándome por qué llevaba la pistola en el barco y qué estaba haciendo de cualquier modo a bordo del Lucelia.

Ese era un terreno más fácil. Le recordé mi accidente de coche.

– Vosotros os empeñasteis en decir que fueron gamberros. Yo creía que era alguien relacionado con el puerto. Fui hasta Thunder Bay para hablar con el capitán y el jefe de máquinas del Lucelia. Como podía haber sido uno de ellos el que quiso matarme, me llevé la pistola.

Hablamos de ello durante un rato. Insistí en mi convencimiento de que a Boom Boom le habían empujado bajo el Bertha Krupnik. Le dije que pensaba que Henry Kelvin, el vigilante nocturno de su edificio, había sido asesinado cuando sorprendió a unos intrusos que buscaban pruebas del asesinato de Boom Boom. Bobby seguía sin estar convencido. Por lo que a él le concernía, Boom Boom se había caído accidentalmente, yo había sido víctima de unos gamberros y Kelvin había interrumpido un asalto rutinario. En aquel punto me dominó una decisión inquebrantable de guardarme toda la información que tenía. Si iban a ser tan cabezas cuadradas, yo lo sería también.

Cuando Bobby volvió sobre lo de mis huellas en el despacho de Phillips, me fui por otro lado.

– ¿Por qué estabais tomando las huellas de la oficina de ese hombre?

– Le asesinaron, Vicki -dijo Bobby sarcásticamente-. Tomábamos huellas de su oficina y hacíamos todo lo que podíamos por averiguar si lo asesinaron allí.

– ¿Y?

Mallory dibujó un garabato en su cuaderno.

– Murió ahogado en la bodega del barco. No sabemos dónde le hicieron la herida de la cabeza. Habría muerto de eso de todas formas si no se hubiese asfixiado.

Se me revolvió el estómago. ¡Qué muerte más horrible! No me gustaba Phillips, pero no le hubiera deseado un final así. Aunque si era él el que empujó a Boom Boom…

– ¿Cuándo creen que ocurrió?

– A eso de las seis de la mañana del domingo. Unas horas más o menos. Y ahora, Vicki, quiero saber lo que estabas haciendo en la oficina de ese hombre. Y cuándo lo estabas haciendo.

– A eso de las seis de la mañana del domingo fui allí a hablar con él de la muerte de mi primo. Cuando se negó a contestar a mis preguntas, me enfurecí y le pegué en la cabeza con un objeto de bronce que tenía en el escritorio.

Bobby me echó una mirada tan furiosa que volví a sentir el estómago revuelto. Llamó a McGonnigal, que esperaba fuera.

– Toma nota de todo lo que diga. Si vuelve a hacerse la lista, enciérrala como testigo presencial. Me estoy hartando de todo esto. -Se volvió hacia mí-. ¿Cuándo estuviste allí?

Me miré las uñas de la mano derecha. Tenía que hacerme la manicura. La izquierda no estaba mucho mejor.

– El sábado por la noche.

– ¿Y qué estabas haciendo allí?

– Si hubiera ido a robar, habría sido lo bastante espabilada como para ponerme guantes. No fui a robar. Buscaba información que pudiera demostrarme que Phillips llevaba una vida delictiva.

Hablamos de ello durante un rato. Seguía pensando en Boom Boom como mi cliente, pero no pensaba decírselo a Bobby por nada del mundo. Antes me dejaba encerrar.

– No puedes llevar un cuerpo a rastras al puerto sin que nadie se dé cuenta -dije en un momento dado-. Hay un policía de guardia en la verja. ¿Le habéis preguntado los nombres de las personas que fueron al puerto el domingo por la mañana temprano?

Mallory me echó una mirada fulminante.

– Las cosas facilitas también se nos ocurren a nosotros. En este momento estamos interrogando a esas personas.

– ¿Es Niels Grafalk uno de ellos?

Bobby me miró con agudeza.

– No. Nuestro hombre no le vio. ¿Por qué?

– Sólo por curiosidad.

Bobby siguió preguntándome qué hacía en la oficina de Phillips, qué información esperaba encontrar, etc.

Al final dije:

– Bobby, tú crees que la muerte de Boom Boom fue un accidente. Yo creo que fue un asesinato. Estaba buscando algo que relacionase a la Compañía Eudora con su muerte, porque tuvo lugar en su silo después de que él hubiera discutido con Phillips.

Mallory hizo un ordenado montón con los papeles de su escritorio. Se quitó las gafas y las colocó encima. Aquélla era la señal de que el interrogatorio había acabado.

– Vicki, sé lo mucho que querías a Boom Boom. Creo que eso te hace darle demasiada importancia a su muerte. Vemos muchos casos como ése aquí, ¿sabes? Alguien pierde a su hijo, a su mujer o a su padre en un accidente terrible. No pueden creer que haya ocurrido y dicen que fue un asesinato. Les resulta más fácil enfrentarse a su muerte si ha habido una conspiración. Su ser amado era lo bastante importante como para que alguien quisiera matarlo. Lo has pasado muy mal últimamente, Vicki. Tu primo murió y tú casi te matas en un accidente. Vete a pasar unas semanas fuera, a algún sitio cálido, y túmbate al sol durante un tiempo. Necesitas darte la oportunidad de recobrarte de todo esto.

Después de aquello, naturalmente, no le dije nada de lo de los documentos de Boom Boom ni de que Mattingly volase a Chicago en el avión de Bledsoe. McGonnigal se ofreció a llevarme a casa, pero, siguiendo con mi espíritu de perversidad, le dije que podía ir yo sola. Me levanté entumecida; habíamos estado, hablando durante más de dos horas. Eran cerca de las diez cuando me subí al metro en Roosevelt Road. Llegué hasta la esquina de Clark y División y allí cogí el autobús 22, que me acercó a Belmont con Broadway. Podía caminar la última media milla hasta casa.

Estaba muy cansada. Me volvía a doler el hombro, quizá por haber estado tanto tiempo sentada en la misma postura. Caminé tan rápido como pude por Belmont hasta llegar a Halsted. Lincoln Avenue la atraviesa en diagonal allí, y en un gran triángulo que queda en la parte sur de la calle hay un descampado pedregoso. Agarré las llaves entre los dedos, acechando las sombras de los arbustos. En la puerta de mi edificio miré a mi alrededor por si veía algo fuera de lo normal. No quería ser la cuarta víctima de un asesino tan eficiente.

Tres estudiantes de DePaul comparten el apartamento del segúndo piso. Mientras subía por las escaleras, una de ellas sacó la cabeza por la puerta.

– Oh, eres tú -dijo.

Salió a la escalera seguida por sus dos compañeros, un chico y una chica. En excitado trío me contaron que alguien había intentado asaltar mi apartamento más o menos una hora antes. Un hombre había llamado a su timbre en el portero automático. Cuando le abrieron, pasó de largo ante su puerta y subió al tercer piso.

– Le dijimos que no estabas en casa -dijo una de las chicas-, pero subió de todos modos. Después de un rato oímos cómo intentaba apalancar la puerta. Así que cogimos el cuchillo del pan y subimos a por él.

– ¡Dios mío! -dije-. Podía haberos matado. ¿Por qué no llamasteis a la policía?

La que había hablado primero encogió los delgados hombros cubiertos por una camiseta de Blue Demon.

– Éramos tres contra uno. Además, ya sabes cómo es la policía. Nunca llegan a tiempo en este vecindario.