Aliide seguía despierta, escuchando los gruñidos de Hiisu, y cuando el perro se hubo tranquilizado un poco, esperó a que amaneciese para preparar café. No se levantaría en plena noche por culpa de aquellos rapaces. ¡Ni hablar! No se marcharía de allí; aunque el establo estuviese vacío y ella sola en la casa, no se iría a Finlandia con Talvi, ni a ningún otro sitio. Aquél era su hogar y había pagado un alto precio por él, así que una pandilla de mocosos lanzapiedras no conseguiría echarla. No se había marchado antes ni se marcharía ahora, ni siquiera después de muerta. Aunque le prendiesen fuego a la casa, se quedaría sentada en su silla favorita de la cocina y tomaría un café endulzado con miel de su propio huerto. Encima, los saludaría con la mano desde la ventana y llevaría bollos de leche caseros a la entrada, y volvería dentro cuando la cubierta ardiese en llamas. Cuanto antes pasara, mejor. Y de repente sintió una esperanza clara como un arroyo de primavera. Ojalá lo hiciesen. Que le prendiesen fuego a la casa entera. La dueña de un establo vacío no le teme al fuego. Estaba preparada para marcharse y aquél era el momento adecuado. ¡Que arda todo! La boca se le secó de rabia y se humedeció los labios con la lengua, saltó de la cama y fue hasta la ventana. La abrió con estrépito y gritó:
– ¡Vosotros también mereceríais que os mandasen a Siberia! ¡Os estaría bien empleado!
Después de las primeras piedras vinieron las canciones. Las piedras y las canciones. O sólo piedras, o sólo canciones. Después se fue Hiisu y más tarde las gallinas y la sauna. Las noches sin dormir desfilaban al lado de la cama de Aliide, los días de cansancio la acechaban desde más lejos. La paz que había conseguido en la década anterior se había convertido en un montón de trapos hechos jirones que sólo servían para hacer alfombras, y desde ese montón de trapos viejos había que salir adelante, reunir fuerzas una vez más.
«Ya es hora de enderezar la espalda y deshacernos de la esclavitud», cantaban ante la ventana de su dormitorio. Ella seguía acostada sin moverse, con la espalda recta sobre el lecho de paja, mirando fijamente el tapiz que colgaba de la pared, sin volverse hacia la ventana ni echar las cortinas. ¡Que canten lo que les dé la gana, que tarareen sus canciones de mierda, que bailen encima del tejado si quieren! ¡Pronto vendrán los tanques y les cerrarán el pico a todos esos cantores listillos!
«Nuestra madre patria, esta tierra sagrada, ahora es libre. La canción, nuestra canción de triunfo, sigue resonando. Pronto verás una Estonia libre.»
Unos años antes, tal vez en 1988, un grupo de jóvenes había cruzado la aldea entonando en voz alta «Somos estonios, orgullosos de serlo, igual que nuestros antepasados». La voz de algún adolescente se había alzado con el «Estonio soy, estonio seré, ya que me concibieron estonio», y los otros se habían reído. Algún melenudo había levantado la cabeza con orgullo. Aliide acababa de salir de la tienda, aún se oía el repicar óseo del ábaco y las bisagras chirriaban como un estómago hambriento cuando, dejando la bolsa del pan en los escalones, se había detenido para atarse mejor el pañuelo. Al oír las primeras estrofas, se había apartado para ocultarse tras la esquina de la tienda y dejar que el grupo pasara. Los había observado alejarse, experimentando tal irritación que se había olvidado la bolsa del pan allí mismo, junto a la tienda, y no se había dado cuenta hasta encontrarse a medio camino de su casa. ¿Cómo se atrevían? ¡Qué vergüenza! ¿Qué tenían en la cabeza? ¿O acaso era sólo envidia lo que había tras su ceño y en su pecho, donde el corazón le palpitaba con fuerza?
La voz que cantaba al lado de la ventana era joven, parecida a la de su cuñado Hans en los tiempos de la República de Estonia, cuando lo había visto por primera vez. Antes de que Hans dejase de cantar. Antes de que su cuerpo de dos metros y distinguido porte se encorvase, y sus huesos, que no habían querido doblegarse, se vieran obligados a hacerlo. Antes de que se le hundieran las mejillas y su portentosa voz se acallase. ¡Que cante más el mocoso ese! A Aliide le gustaría escucharlo. Y pensaría en Hans, en el guapo Hans. Sonrió en la oscuridad. Hans incluso había cantado en el coro. ¡Y qué bien lo hacía! Cuando trabajaba en el campo, durante las fiestas de verano, su canto siempre llegaba antes que él cuando venía de regreso, y hacía que los sauces blancos del camino que llevaba a casa resonasen de pura alegría y que los troncos de los manzanos canturreasen a compás. Su hermana Ingel estaba muy orgullosa de él, ¡claro, era su marido! Y también de que a Hans lo hubieran enviado al cuartel de Riigikogu durante el servicio militar. Para aquel destino sólo cogían a buenos deportistas y hombres de cierta estatura. Y Hans también había presumido de ello. Él, un simple campesino de una aldea, ¡asignado a la defensa del cuartel de Riigikogu!
1991, oeste de Estonia
Aliide encuentra el broche de Ingel y se queda consternada
Un par de meses después de la declaración de independencia llegó de visita Valdemar, un viejo amigo de Martin, el marido de Aliide. Hiisu empezó a ladrar antes de que apareciese. Aliide salió al jardín, el perro corrió hacia el sendero, y entre los postes grises de la valla divisó a un hombre, también gris y consumido, que empujaba su bicicleta hacia la casa. En su boca encogida brillaba el oro robado tiempo atrás. Las arrugas le habían hundido las mejillas, como si le hubiesen cosido la cara para hacérsela más pequeña. En el pasado, Volli siempre había estado en vanguardia, siempre había querido ser el primero en todo. Aliide se acordaba bien de cómo se colaba en las filas, con su barriga grande y su gruesa papada, hinchando muy orgulloso su pecho de veterano. En los ojos de los que llevaban haciendo cola desde la madrugada brillaba el odio e intentaban ponerle la zancadilla, aunque nunca lo conseguían, por muy larga que fuese la cola, ya que las piernas de Volli por aquel entonces aún no estaban débiles, más bien al contrario, eran gruesas y fuertes, y en un santiamén conseguía cruzar el umbral de cualquier tienda dejando tras de sí una corriente de odio que jamás lo alcanzaba. Después de que entraran Volli y sus compañeros, apenas quedaban las migajas sobre el mostrador. Aquellas veces, si Aliide por casualidad aguardaba su turno y Volli se había colado a todo el mundo, siempre se escabullía entre la muchedumbre para que él no la viese y no la saludase, pues no quería que nadie supiera que lo conocía. Aliide nunca había querido que aquellas colas de gente de ojos hundidos dirigiesen su mirada hacia ella. Estaba segura de que, si Volli la saludaba, la echarían de la cola y le darían codazos en las costillas, no en las bien alimentadas costillas de Volli.