Los tonteos y arrumacos de los dos tortolitos se extendieron por la casa con tal rapidez que, un año después, apareció sobre la mesa una botella del licor rojizo que solía traer el pretendiente para pedir la mano de la novia. Después empezaron los preparativos de la boda y el baúl del ajuar. El baúl con el ajuar de Ingel engordaba como un cerdito, y ella correteaba de un lado a otro entusiasmada. Hubo divertidos bailes al atardecer y muchas risas, y después llegó la luna nueva, la que trae suerte y salud a los novios. Boda por aquí y boda por allá, y los novios a la iglesia y luego de vuelta. Los invitados esperaban, el velo corto de la novia ondeaba al viento y Aliide, con sus medias negras de seda, bailó y les contó a todos lo feliz y contenta que se sentía por su hermana y por el hecho de que al fin tenían un joven amo de la casa. Los guantes blancos de Hans resplandecían, y aunque bailó alguna pieza con Aliide estuvo mirando a Ingel todo el tiempo, volviendo la cabeza hacia allí donde resplandeciera el velo de la novia.
Hans e Ingel juntos en el campo. Ingel que corre a su encuentro. Hans que le quita la paja del cabello. Hans que la coge por la cintura y le da vueltas por el jardín. Ingel que corre hacia el establo de los caballos, Hans tras ella, risas tontas y nerviosas. Un día, una semana, un año, otro más. Hans que se quita la camisa y las manos de Ingel ya están acariciando su piel. Ingel que le echa agua en la espalda. Los dedos de los pies de Hans retorciéndose de gusto cuando Ingel le lava el pelo. Susurros, suspiros, el sordo roce de la ropa de cama por las noches. El crujido del colchón de paja y el chirrido de la cama de hierro. Murmullos para que el otro se calle y risitas tontas. Suspiros. Gemidos ahogados en la almohada y grititos atenuados con la mano. El calor sudoroso atravesaba la pared hasta la cama atormentada de Aliide. Después el silencio, y luego Hans abría la ventana a la noche de verano, se apoyaba con el torso desnudo contra el marco y fumaba un cigarrillo, cuya ascua brillaba en la oscuridad. Si Aliide se pegaba a su ventana podía ver el cigarrillo y aquella mano de venas abultadas y dedos largos, la mano que aguantaba el cigarrillo y que luego dejaba caer la colilla en el parterre de los claveles.
1939, oeste de Estonia
Las cornejas de la vieja Kreeli se callan
Aliide fue a la casucha de María Kreeli. Los poderes de la vieja Kreeli para echar un mal de ojo y parar las hemorragias ya eran famosos cuando Aliide había nacido, y ella no los ponía en duda.
Lo que hacía embarazosa aquella visita era que María Kreeli fuera vidente, ya que Aliide no quería que ni siquiera ella supiese de su tormento interior, pero, cuando una no sabía qué hacer, no quedaba más remedio que ir a casa de los Kreeli.
La anciana estaba en el patio, sentada en un banco y rodeada de sus gatos. Declaró que había estado esperándola.
– Maria Kreeli, ¿sabe de qué se trata?
– De un chico rubio, joven y guapo. -Con su boca desdentada chupaba un trozo de pan.
Aliide dejó un bote de miel en los escalones. Al lado de la puerta colgaban ramilletes de hierbas medicinales, y había una corneja que la miraba fijamente. Aliide se asustó; cuando era niña, le decían que las cornejas eran personas embrujadas. En el patio de Maria Kreeli había una bandada y todas graznaban. También estaban allí cuando la había visitado por primera vez, después de que su padre se dañara un pie con el hacha. La vieja había mandado salir a todo el mundo y se había quedando sola con el hombre. Aquella cocina no era un lugar idóneo para los niños, pues olía raro, y Aliide se había tapado la nariz. En la mesa había un bote grande de larvas de mosca para curar las heridas.
La corneja alzó el vuelo hacia los árboles que silbaban al viento detrás del banco, y la vieja movió la cabeza como saludando. El sol brillaba, pero en aquel patio siempre hacía frío. Por la puerta entreabierta se veía la cocina en penumbra. En el recibidor había una pila de almohadones con fundas blancas. Los bordes adornados con puntillas se curvaban en un juego de luces y sombras. Almohadones de difunto. Maria Kreeli los coleccionaba.
– ¿Ha tenido visitas?
– Aquí siempre hay visitas, la casa siempre está llena.
Aliide se apartó de la puerta.
– Puede que venga mal tiempo para la siega -continuó la vieja, y se metió otro trozo de pan en la boca-, pero parece que eso no importa. ¿Acaso has oído lo que dicen las cornejas, Aliide?
La joven se asustó. La vieja soltó una risita y dijo que las cornejas habían estado calladas varios días, y tenía razón. Aliide buscó más pájaros con la mirada; había bastantes por todas partes, pero no emitían sonido alguno. Detrás de la casucha se oía el maullido de una gata en celo. La vieja la llamó y al cabo de un momento la gata ya estaba al lado de su bastón, frotándose contra él. La anciana la empujó hacia Aliide.
– No se cansa -dijo clavando sus ojos legañosos en la joven. Ésta se ruborizó-. Es así, qué remedio. En un día como éste, incluso las cornejas callan, pero no hay quien pueda con el celo de la gata.
¿Qué querría decir la vieja con «un día como éste»? ¿Acaso se avecinaba mal tiempo? ¿Una mala cosecha y una hambruna, o acaso se refería a Rusia? ¿O a la vida de Aliide? ¿Iba pasarle algo a Hans? La gata se frotaba contra la pierna de la muchacha, que se agachó para acariciarla. El animal se frotó el trasero contra el dorso de la mano y Aliide la retiró. La anciana rió. Era una risa desagradable, una risa que sabía y callaba. A Aliide le picó la mano. Le picó todo el cuerpo, como si dentro tuviese pajas secas que intentaban atravesarle la piel, y su mente torturada le susurró cómo había sido capaz de ir a aquella casa, cuando Hans estaba a solas con Ingel en casa. Sus padres habían ido a visitar a un vecino y ella allí. Cuando regresase a casa, Hans olería a hombre incluso el doble que antes, e Ingel a mujer, como ocurría después de sus momentos íntimos, y sólo de pensarlo aumentaban los picores de Aliide.
La muchacha iba cambiando su peso de una pierna a otra. Maria Kreeli se levantó y entró en la casa, cerrando tras ella. Aliide no sabía si tenía que marcharse o esperar, pero la vieja regresó pronto con una botellita de cristal marrón y una sonrisa sarcástica dibujada en su boca contraída. Aliide cogió la botellita. Cerrando la puerta a sus espaldas, la vieja le susurró:
– Ese chico tiene el pecho negro.
– Yo puedo…
– A veces se puede, a veces no.
– ¿Usted no ve nada más?
– Mira, chiquilla, de la tierra de la desesperación brotan flores podridas.
Aliide echó a correr alejándose de aquella casucha, sus zapatillas de cuero volaban en grandes zancadas y la botellita que le había dado la vieja se calentaba en su mano, pero sus dedos seguían fríos. ¿Acaso no había ningún poder que pudiese detener aquel doloroso latir de su corazón?