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Distraído con aquellos pensamientos, llegó a la armería que visitaba de tarde en tarde para probar los puñales y escuchar poesías, y volvió a detenerse. Ahora todo estaba claro. Esta vez te ha tocado a ti, mi buen padre Gauk…

La muchedumbre se iba disolviendo. La puerta de la armería había sido arrancada de los goznes, y los escaparates estaban destrozados. En el umbral, y con un pie apoyado en el quicio, se hallaba un enorme miliciano. Otro, canijo, estaba de cuclillas, pegado a la pared. El viento arrastraba a lo largo de la calle arrugadas hojas de papel llenas de una apretada escritura.

El gigantesco miliciano se metió un dedo en la boca, lo chupó amorosamente, volvió a sacarlo, y lo contempló con atención. Había sangre en él. Entonces se dio cuenta de que Rumata lo estaba mirando y dijo apaciblemente:

— El muy infame me mordió. Igual que un hurón…

Su compañero soltó una rápida y aguda carcajada. Era un hombre de apariencia débil, pálido, indeciso y con la cara llena de granos. Se apreciaba inmediatamente que era un novato, una pequeña víbora, un cachorro.

— ¿Qué ha pasado aquí? — preguntó Rumata.

— Nada de importancia: vinimos a coger a uno de esos sabihondos camuflados — dijo nerviosamente el cachorro.

El gigante volvió a chuparse el dedo, sin cambiar de postura.

— ¡Fir… més! — ordenó Rumata en voz baja.

El cachorro se cuadró inmediatamente, sosteniendo el hacha. El otro se lo pensó, pero finalmente bajó el pie y se cuadró ligeramente.

— ¿Quién era ese ilustrado? — interrogó Rumata.

— No lo sé — dijo el pequeño -. Nos dio la orden el padre Tsupik.

— ¿Y lo prendisteis?

— Por supuesto, noble Don. Lo prendimos.

— Eso está bien — dijo Rumata.

Efectivamente, no era malo, pues al menos daba tiempo para hacer algo. No hay nada que valga tanto como el tiempo, pensó. Una hora puede valer toda una vida, un día no tiene precio.

— ¿Dónde lo llevaron? ¿A la Torre?

— ¿Eh? — murmuró el pequeño, sin comprender.

— Pregunto si ahora estará en la Torre.

El rostro lleno de granos del cachorro se iluminó con una vacilante sonrisa. El otro emitió una especie de relincho. Ambos miraron al otro lado de la calle. Rumata se giró rápidamente.

Allí, colgando como un saco de trapos del montante de una puerta, se mecía el cadáver del padre Gauk. Un grupo de chiquillos desharrapados lo contemplaban desde lejos, con las bocas abiertas.

— Ahora no todos van a la Torre — dijo tranquilamente el gigante -. Las cosas se hacen más deprisa. Se les echa el lazo al cuello y… ¡arriba!

El cachorro volvió a soltar una risita. Rumata lo miró sin verlo, y cruzó despacio la calle. El triste rostro del poeta estaba negro e irreconocible. Lo único aún identificable eran sus manos, con los largos y débiles dedos manchados de tinta.

Nadie se va ahora de esta vida, es la propia vida la que nos es robada. Y si alguno por ventura intenta poner fin a tantas amarguras, cansará inútilmente su mano, puesto que nadie sabe todavía dónde tiene el corazón el pulpo, si es que el pulpo tiene corazón.

Rumata se giró y se alejó de allí. Pobre padre Gauk. Sí, el pulpo tiene corazón, y sabemos dónde. Pero esto es lo más horrible, amigo mío. Sabemos dónde lo tiene, pero para arrancárselo tendremos que derramar la sangre de millares de personas aterrorizadas, idiotizadas, cegadas, que no conocen la duda. Estas personas son muchas y tan ignorantes, tan distanciadas, tan irritadas por el eterno trabajo ingrato, y tan humilladas, que son incapaces de elevar el pensamiento por encima de sus pequeñas monedas de cobre. Y por ahora no hay modo de enseñarlas, de unirlas, de dirigirlas, de hacer que se liberen de sí mismas. Pronto, demasiado pronto, siglos antes del tiempo previsto, se ha presentado en Arkanar este cenagal Gris, y no hay quien se le oponga. Lo único que podemos hacer es salvar a los pocos que aún tengamos tiempo: a Budaj, a Tarra, a Nanín, a una o dos docenas más.

Pero la simple idea de que millares de personas (quizá de menos talento, pero también honradas y nobles) están condenadas fatalmente, produce un frío de muerte en el pecho y una horrible sensación de propia vileza. Algunas veces esta sensación se hacía tan fuerte que a Rumata se le nublaba el sentido, e imaginaba ver las espaldas de las hordas Grises iluminadas por los fogonazos de los disparos, y a Don Reba crisparse de terror bestial, y a la Torre de la Alegría derrumbarse lentamente sobre sí misma. Esto sería estupendo. Sería una verdadera acción. Una auténtica macrointervención. Pero, ¿y después? En el Instituto tenían razón. Después sobrevendría lo inevitable. Un sangriento caos se adueñaría del país. El ejército nocturno de Vaga, con sus diez mil bandidos excomulgados por todas las iglesias, violadores, criminales, estupradores, emergería a la superficie; las hordas de los bronceados bárbaros bajarían de las montañas y pasarían a cuchillo a todos, desde los niños de pecho hasta los ancianos; enormes multitudes de campesinos y ciudadanos, ciegos de horror, huirían a los bosques, a los montes y a los desiertos. Y mientras, tus partidarios, gentes alegres y decididas, se rajarían mutuamente la barriga luchando cruelmente por el poder y por la posesión de la única ametralladora, tras tu inevitable muerte violenta. Una muerte absurda que podría llegar en el vaso de vino que te ofreciera tu mejor amigo, o en la flecha disparada por un ballestero oculto tras una cortina. Y ante Rumata aparecía el rostro petrificado del que vendría de la Tierra a sustituirle, que se encontraría con un país despoblado, ensangrentado, humeante aún por los incendios, donde habría que empezarlo todo, absolutamente todo, de nuevo.

Cuando Rumata abrió la puerta de su casa y entró en el magnífico vestíbulo, sus pensamientos eran tan negros como una presagiante nube tormentosa. Muga, su viejo criado, un hombre cargado de espaldas y pelo blanco que llevaba más de cuarenta años sirviendo de lacayo, se encogió ligeramente al verlo y, con la cabeza hundida entre los hombros, contempló cómo su joven amo se quitaba furiosamente el sombrero, la capa y los guantes, arrojaba el tahalí con la espada sobre el banco, y subía las escaleras hacia sus habitaciones particulares. Arriba en la sala le esperaba Uno.