Los días se hacían cada vez más largos. Cuando salía por las tardes de mi oficina, las calles estaban todavía bañadas en luz natural. Una de aquellas tardes, mientras andaba lentamente, disfrutando de ese alargamiento de los días, deteniéndome ante los escaparates y observando a la gente que se cruzaba conmigo, vi a mi hermana Raquel. Venía sola y parecía ensimismada. Hacía tiempo que no nos veíamos. Solía venir a comer a casa un día a la semana, pero últimamente no habíamos coincidido. Cuando la llamé por su nombre, me miró un poco asombrada, como si nunca hubiera esperado encontrarme por la calle. Le expliqué que mi oficina estaba muy cerca. Ella me dijo que había salido de compras. Me llevaba doce años y su vida había quedado siempre fuera del alcance de la mía, no sabíamos mucho la una de la otra y, repentinamente, allí estábamos, hablando en medio de la calle, en medio de una corriente de personas que pasaban a nuestro lado, en las dos direcciones, empujándonos.
– Iba a tomarme un café -dijo-. ¿Me acompañas?
Señaló una cafetería mientras yo asentía. Empujó la puerta giratoria y se dirigió a una mesa.
– Qué casualidad, ¿verdad? -dijo, mientras colocaba sobre el asiento las bolsas de cartón brillante de sus compras-. Nunca salgo de compras y cuando salgo nunca vengo por este barrio, pero hay muchas tiendas, es muy animado.
Pasamos revista a los problemas familiares. Hablamos del tío Jorge, de su mujer, Sofía, y de ese muchacho a quien yo había dejado en El Saúco hacía un mes escaso. Y, también, de la reacción de nuestra madre, que había transformado radicalmente su veneración por su hermano en un continuo reproche.
Pidió un café con leche y una tostada, y cuando llegaron, extendió despacio la mantequilla y la mermelada sobre la tostada y, antes de llevarse un pedazo a la boca, lo empapó bien en el café con leche.
– Ya sé que es de mala educación -dijo-, pero no puedo tomarme el pan sin mojarlo en el café con leche. ¿Qué tal con tu novio? -me preguntó repentinamente.
– Le llevo seis años -dije.
– Y yo te llevo doce -rió-. Eso son cosas que un buen día dejan de tener importancia. Además, no significan tanto. Aunque supongo que tú has tenido más experiencias que yo. Al fin y al cabo, yo me casé muy joven. He vivido siempre con Alfonso. En cambio, tú, cada vez que te veo, tienes un novio distinto. Ni siquiera se llaman novios ya.
– No tengo ninguna intención de casarme -dije.
Se encogió de hombros.
– Haces bien -murmuró, llevándose otro pedazo de tostada a la boca. Luego, me miró con curiosidad-. ¿Sabes una cosa? No pensaba decírtelo, pero tampoco tiene sentido callármelo. Me enteré de lo de Fernando Urruti. Ya sabes que fue compañero de colegio de Alfonso, pero no me enteré por Alfonso, él no lo sabe. En fin, me alegro de que eso se haya acabado. No me gustaba mucho.
– A mí tampoco -dije.
– ¿Y qué fue de ese otro chico, Mario, ese con el que te fuiste de viaje el verano pasado? A mamá le gustaba mucho.
– A mamá le gustan siempre mis novios, los que llega a conocer. A Mario le veo de vez en cuando. Somos buenos amigos.
– ¿Sólo amigos? ¿Crees que se puede tener sólo amistad con un hombre?
– No es exactamente como con una mujer, es otra clase de amistad, tiene otros matices.
Lo cierto era que entre Mario y yo, hacía años, había habido un episodio que no debía de haber sido ni perfecto ni estimulante, sino que había señalado un camino cerrado, infructuoso, y que se había ido envolviendo en brumas, hasta ser olvidado, estoy segura, por los dos. Y tal vez por eso, por ese común acuerdo tácito que implicaba una falta de tensión entre nosotros, la clase de tensión que se supone existe entre un hombre y una mujer, podíamos ser amigos. Nos habíamos dedicado a fomentar nuestras afinidades, dejándonos llevar por el instinto, sin seguir ningún plan, y los dos sabíamos que al pertenecer a diferentes sexos nuestra amistad significaba cierto dominio de lo desconocido; recibíamos apoyo de fuerzas no del todo controladas, y eso hacía que nuestra amistad tuviera todavía un matiz de riesgo.
Raquel miraba, pensativa, la servilleta de papel que tenía entre sus dedos.
– De todos modos -dijo-, aunque Fernando no me gustaba, la historia resultaba atractiva. Casi me daba envidia. Un amor clandestino -suspiró-.Mi vida es tan vulgar. El mes pasado hizo veinte años del día de mi boda. Es absurdo dar un significado a los aniversarios, pero no pude evitar pensar un poco. Me sorprendí haciendo un recuento y un recuento algo negativo -sonrió, disculpándose-. Me siento atrapada. Tengo cuarenta y cuatro años y mi vida está completamente encauzada. Dejé de trabajar cuando el primer embarazo y ya no encontraría ningún trabajo. Si quisiera cambiar mi vida no tendría fuerzas, ni la suficiente convicción. Realmente, no quiero cambiar mi vida porque no creo que haya nada mucho mejor, pero esto cada vez me gusta menos.
Me miraba interrogante y puede que un poco temerosa de no ser comprendida, pero ella tenía que saber que yo nunca había sentido demasiada simpatía por Alfonso.
– Supongo que te casaste demasiado joven -dije.
– Por aquella época, casarse era la única forma de marcharse de casa. Fui yo la que se empeñó en casarse. Estaba harta de tener que dar explicaciones en casa, de tener que decir adónde iba y con quién, a qué hora iba a llegar. Para ti las cosas han sido más fáciles. Te ha tocado otra época y en cierto modo yo te allané el camino. Lo curioso -siguió-es que no he dejado de dar cuentas de mi vida. Cambié a los padres por Alfonso. Él opina sobre mi vida constantemente. Está siempre allí, exigiendo y controlando. La realidad resulta ser muy distinta a lo que habíamos imaginado, por tópico que sea decirlo. Estaba enamorada de Alfonso cuando me casé y pensaba que nuestra vida sería muy distinta a la de muchas parejas aburridas que conocía. Supongo que eso es lo que piensa todo el mundo. ¿Sabes ahora cuándo soy más feliz? -me miró, expectante, aunque no esperaba ninguna respuesta-. Cuando Alfonso se va de viaje. Cenamos a la hora que nos apetece. Cada cual se prepara lo que quiere. Nos llevamos la comida al cuarto de estar y cenamos mientras vemos la televisión.
Sonrió, contemplando en su interior esa escena de desorden en la que no era probable que hubiera soñado en su juventud y que había ido cobrando un carácter simbólico hasta constituir la mayor de sus satisfacciones.
– El otro día fui al médico -siguió-. Recuerdo que tú, de pequeña, ibas mucho al médico. En realidad, siempre has sido pequeña para mí, siempre te he conocido pequeña. Quiero decir que cuando yo vivía en casa, eras pequeña. Recuerdo que ibas, o te llevaban, al médico con mucha frecuencia. Siempre estabas yendo al médico, por una cosa o por otra. Recuerdo perfectamente a mamá preparada para salir y llevarte a las consultas. Siempre te pasaba algo. Pero a mí nunca me pasaba nada. He estado siempre perfectamente sana. Y la verdad es que te envidiaba por esas enfermedades que hacían que todos vivieran pendientes de ti. En tu mesilla siempre había muchas medicinas y en la mesa te ponían una comida especial y había que tener cuidado de no despertarte cuando al fin te quedabas dormida a la hora de la siesta -hizo una pausa, miró al fondo de la taza-. El caso es que me decidí a ir al médico, porque me sentía muy mal, deprimida, baja de moral, esas cosas. Un psiquiatra – precisó-. Tuve una entrevista con él. Me sorprendió que fuera tan joven, más joven que yo o de mi misma edad. Me hizo una serie de preguntas y empecé a hablar, a contarle mi vida, como nunca lo había hecho. Era media tarde y desde su piso, muy alto, se veían los tejados de las casas, la cúpula de una iglesia, algún que otro templete de esos que rematan algunos edificios.Una luz dorada caía sobre las casas y sobre el lejano pinar de la Casa de Campo. No sé cómo sucedió, pero me emocioné. Pensé que la vida era estupenda y que yo no sabía apreciarla ni disfrutarla, que no tenía la capacidad para eso, aunque recordaba que alguna vez la había tenido. Tuve que contener las lágrimas tragando mucha saliva. Te va a parecer absurdo, pero la idea de marcharme de allí me parecía insoportable. Naturalmente, él se dio cuenta de mi decaimiento y trató de darme ánimos. Me dijo que yo estaba en una edad perfecta, la mejor de la vida, porque ya tenía perspectiva suficiente para desechar lo malo y quedarme con lo bueno y que no había nada raro en lo que le había contado, y que mi personalidad, la estructura de mi carácter y mis razonamientos eran fundamentalmente equilibrados. Podía verle a él siempre que quisiera, podíamos hablar si eso me ayudaba, pero no le parecía necesario someterme a un tratamiento o una medicación especial. Lo que me sucedía era natural.