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– Pero ¿consigue progresar López en su novela, consigue definir y tramar una historia para su personaje, o todo se queda en el simple delirio circular al que le somete su febril y estéril imaginación?

– A duras penas, porque nunca llega a encontrar una estructura narrativa capaz de articular, con mínima coherencia, la inevitable dispersión de sus pensamientos; una estructura narrativa que le lleve a la definición de su personaje. Por ello, las supuestas reflexiones que escribe para acercarse a la novela, no dejan de ser una empanada mental, un aleatorio mosaico de sentimientos y anécdotas que nunca adquirirán demasiado sentido.

– ¿En qué consiste esa tendencia dispersiva de López?

– En creerse capaz de escribir una novela tan extraordinaria, imaginativa y compleja, tan universal, enrevesada y sorprendente, que la epopeya del protagonista coincida finalmente con la del heroico lector que consiga recorrerla sin desfallecer.

– Me está usted hablando de un verdadero delirio.

– Así es. De hecho, López se trastornó hace algunos años al tener que terminar su tesis doctoral a plazo fijo; ya sabes, esas deadlines que la administración impone a los doctorandos que se resisten a crecer… Entonces se encerró con los personajes de Borges (especialmente con Funes, Hladik y Dalhmann) y creó un mundo propio del que, obviamente, ya no conseguiría salir. Es decir, que el muy imbécil se pasó seis meses con una fecha límite marcada en rojo en el calendario. No te parezca extraño; sin ir más lejos, mi sobrinita Cuca invirtió diez años en terminar su master de enfermería. Pero déjame volver a López: el muy infeliz apenas comía, ni paseaba, ni hablaba. Se imaginó miles de veces frente al implacable tribunal, profiriendo un monólogo indeciso sobre el símbolo del laberinto y las manchas del tigre. Sentía entonces en su piel la recriminación severa de los profesores, el escándalo de convocarles para eso… (Para un acto ritual en el que un candidato alterado, realmente un enfermo, se somete a las humillaciones públicas de un grupo de supuestas eminencias de indiscutible carácter sádico.) Antonio se pasó esos seis últimos meses tomando anfetaminas para no dormir y, cuando caía rendido, soñaba invariablemente que se encontraba desnudo frente a los cinco expectantes catedráticos, y que su madre se esforzaba en hacerle llegar una manta y una taza de café con leche desde la ventana de un aula tan gélida como inhóspita.

Llovía ahora con intensidad y el ritmo acompasado del limpiaparabrisas sonaba, en su mecánica oscilación, como un metrónomo que dividiera el tiempo en perfectas partes iguales. Las mismas líneas paralelas, las mismas simetrías prolongadas hasta perderse en la luz blanca de los faros, agravaban de algún modo los sentimientos de opresión y soledad. Prendió un cigarrillo que castigó todavía más sus ojos dañados por el sueño y el llanto. No podía creer la noticia de que Antonio hubiera fallecido. Como cada viernes, había salido de copas hasta muy tarde y al volver se había encontrado las tres insistentes llamadas de Víctor en el contestador. Repetían casi con las mismas palabras el mismo mensaje: «Luis, soy Víctor, llámame inmediatamente a casa aunque llegues tarde; tengo que darte una mala noticia». Cuando le llamó, Víctor le dijo que Antonio había fallecido -de lo que parecía un ataque al corazón- justo después de habérsele concedido el premio Gracián de novela. Luis había notado un vuelco en el estómago y las piernas le flaquearon obligándole a sentarse. Lloró y sintió la necesidad de abrazar a alguien que no encontró. Víctor le había dicho que su madre y Silvia estaban en el Hospital Clínico; que la pobre señora estaba destrozada y que le habían tenido que suministrar un potente sedante.

Todavía llevaba en la sangre el alcohol de los bares nocturnos de Valencia, y el sabor del café que se había tomado antes de salir le subía a la boca en una amargura espesa y sin límites. Quería abandonar esa noche. Por un momento le pareció que conducía en el interior de una pesadilla, pero la conciencia de una realidad enteramente física le repetía, con la misma insistencia de la lluvia en la chapa del coche, que ya nunca podría despertar, que ya nunca más volvería a sentir la vida junto a su hermano. Puso la radio en el momento en que emitían las señales horarias del boletín informativo de las cuatro de la madrugada. La primera noticia hablaba de Antonio. Escuchó perplejo el tono y la voz del locutor de siempre; le parecía increíble que estuviera hablando de él y cada vez que lo nombraba con sus dos apellidos sentía una desconcertante extrañeza interior: «La vigesimoquinta edición del premio Gracián de novela se ha visto envuelta por la tragedia y por la insólita y lamentable muerte de su ganador, Antonio López Daneri, quien con la novela titulada Proyecto de monólogo para la soledad de G. H. Gilabert, se adjudicó el galardón minutos antes de sufrir lo que los médicos no dudan en considerar un infarto de miocardio. Los restos mortales de este joven profesor, titular de literatura en la Universidad de Barcelona, se encuentran en el Hospital Clínico a la espera de que mañana le sea realizada la autopsia. Desde Barcelona, Mireia Colomer nos amplía la noticia».

De nuevo le pareció insólita esa confluencia íntima y pública de su nombre: «Minutos después de cenar, cuando el jurado daba a conocer su veredicto por la megafonía del gran salón del hotel Lluna Palace, Antonio López Daneri le dijo a su mujer, Silvia Peroliu, que notaba un fuerte dolor en el pecho. Según testigos presenciales y su propia mujer, el ganador, instantes antes de caer al suelo fulminado, se mostró contrariado por la noticia que anunciaba públicamente su galardón, llegando incluso a decir que él no se había presentado al premio y que sin duda se trataba de una broma de mal gusto. Estas últimas y enigmáticas palabras del fallecido ganador han añadido todavía mayor confusión a lo que es ya una luctuosa y dramática edición del Gracián».

La noticia sobrepasaba su imaginación. No entendía nada. ¿Antonio? ¿Una novela? Estaba convencido de que a pesar del distanciamiento que habían mantenido durante los últimos años, éste le hubiera contado que andaba en eso. Además, con lo narcisista que era -se dijo-, no hubiera podido evitar sus fabulaciones con la fama.

Hablaban de vez en cuando por teléfono y, a veces, sus conversaciones eran breves y como de cortesía, pero cuando se veían en verano o en Navidad charlaban de sus proyectos, del lugar en donde iban a pasar las vacaciones o de la chica de turno que Luis no conseguía ligarse en Valencia. También se recomendaban novelas e incluso habían llegado a leer en voz alta algunos cuentos y poemas. Le parecía raro que la última vez que se vieron en Barcelona no le hubiera dicho nada de esa novela que, ya por entonces, debería de tener prácticamente terminada. Pensó que si la había escrito en secreto tal vez lo hizo por miedo a tener que compartir con los demás la frustración de un posible fracaso por no terminarla o no poder publicarla. Encendió otro cigarrillo. Pensó que apenas le separaban dos horas del momento de ver el cuerpo de Antonio sin vida. Estaría como dormido y muy pálido. Pero tenía demasiado cerca su expresión y su voz para imaginárselo realmente muerto. Esta noche sería histórica para él, se recordaría el resto de su vida conduciendo en esta autopista lluviosa e iluminada por los faros. Recordó algunos de los acontecimientos que siempre rememoraba al pensar en él. El día en que le golpeó hasta sangrarle la nariz, cuando Antonio apenas tenía diez años. Le había cogido la bicicleta sin permiso y, tras una caída, se la había devuelto con el manillar torcido. Luis, que era dos años mayor, se vengó de forma vergonzosa y cobarde. En la infancia y en la adolescencia, Luis había sido para Antonio la referencia incuestionable que son la mayoría de los hermanos mayores para los más jóvenes. Era uno de los líderes del colegio y gozaba de un innegable prestigio hasta entre los profesores. Jugaba al fútbol como nadie y, sin llegar a ser el más fuerte, sabía hacerse respetar por todos con su simpatía y su carisma personal. Luego, cuando Antonio entró en su mundo idealista de ensoñaciones, cuando comenzó a fumar hachís todo el día y a apasionarse por los primeros discos de rock sinfónico, fue marcando unas diferencias que terminarían convirtiéndose en críticas contra Luis. Su hermano mayor le pareció entonces un personaje insípido y sin interés, un burgués conservador «que le hacía el juego al sistema».