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Creo que el nacionalismo, que Einstein consideró una enfermedad de la infancia, existe porque sólo algunos nos atrevemos a proclamar nuestro orgullo individual. El nacionalismo es el aullido de todos para crear la ilusión del orgullo de cada uno. Pero el verdadero orgullo no se comparte, porque al hacerlo sólo alcanza a convertirse en simulacro pueril y primario. Enfatizado por los ritos, los himnos y las ceremonias, el nacionalismo es el desgañitado vociferío de las hordas sin identidad. Aunque sentirse español no está del todo mal, teniendo en cuenta que supone pertenecer a un incierto país cuyo mayor personaje literario es un loco lector que decide aventurarse a salir con su caballo y su escudero por el mundo… Sentirse miembro de una comunidad religiosa me parece algo todavía mucho más grave y peligroso. El hombre de fe se hace en la medida en que decrece en él su sentido común. Cualquier persona un poco perspicaz y observadora podría darse cuenta del innegable parecido entre el pithecantropus erectus y un gorila. Ello debería considerarse una prueba definitiva en favor del evolucionismo y en contra de cualquier tipo de creacionismo genesiaco. Pero la inconsistencia de las religiones es también de índole moraclass="underline" ¿qué sentido ético tiene que una lujuriosa pareja, una tarde en un jardín, condene a todo el género humano, y que el sufrimiento de un judío clavado en una cruz baste para salvarlo? ¿Qué responsabilidad tengo yo en un acto o en el otro si ni siquiera había nacido cuando ocurrieron? Sólo una ética de la humillación y del resentimiento puede inventar semejantes culpabilidades y salvaciones absurdas. Y con el hinduismo, pasa tres cuartos de lo mismo: tener que penar en el fango de las castas inferiores por algo que hicieron otros en encarnaciones anteriores a la mía es una disparatada hipótesis absolutamente inaceptable para cualquiera que conserve un mínimo orgullo individual. Por su parte, Nietzsche, que personalmente debía de ser un tipo al que sin duda yo habría abofeteado a los diez minutos de conocerle, creó, con el superhombre, la utopía más ingenua de la historia de la humanidad: ¿a qué viene, después de haberse mostrado lúcido hablando del cristianismo, esa profecía en la que sólo debió de creer en una noche de borrachera y vómito?

De repente, en este día gris en el que me encuentro muy deprimido y pesimista, ha resurgido en mí, con la hostilidad de una bala certera en el pecho, una inquietante pregunta: ¿quiero escribir mi novela -como dicen tópicamente algunos escritores- para responder a una necesidad compulsiva parecida a la sexual? Desde luego, si he de ser sincero conmigo mismo (y tengo que serlo: si no, ¿qué sentido tendrían estas reflexiones preparatorias que escribo para mí?) creo que no pienso en mi novela como en algo placentero; por el contrario, me produce más bien un sentimiento doloroso que tal vez se incremente cuando comience (si algún día comienzo) a escribirla de verdad. Es posible que este sentimiento negativo hacia el acto mismo de escribir sea ya una prueba suficiente para saber que no soy un escritor. Pero ¿realmente habrá escritores que escriban con el mismo placer inmediato del sexo? ¡Qué dilatado polvazo hubiera pegado entonces Tolstoi con Ana Karenina! ¡Qué ignoradas noches sodomitas hubieran entrelazado al gran Manco con la tosca cadera del gobernador de la ínsula de Barataria! No, desgraciadamente, no creo que los dioses tengan reservados para mí ese tipo de felicidades onanistas… Por otra parte, pienso que hay mucha hipocresía entre los escritores que comparan el acto de la escritura con el sexual, porque, mientras que el único destinatario inmediato del sexo es uno mismo, no hay escritor que escriba sin la mínima pretensión de ser leído, y, eso, ya de por sí, equivale a otras aspiraciones más mundanas como las de ser publicitado, comprado, aplaudido o premiado. De hecho, hasta en el sexo (aparentemente tan íntimo, tan sincero, tan antimetafísico, tan en sí y para sí), encontramos constantes casos de donjuanes que darían la vida para que sus conquistas fueran convertidas en seriales televisivos…

Muchas noches sueño que me conceden el premio Nobel de literatura, pero cuando estoy en Estocolmo, en el mismísimo momento de mi discurso, veo entre el público al psiquiatra que se mató en las costas de Garraf y me despierto otra vez en esta cruda realidad a la que me condena mi anonimato. Abatido, me desplazo hasta llegar al espejo y ensayo posibles fotos de mi cara. Me dilato entonces en muecas favorecedoras tras las que imagino un estadio abarrotado por una multitud enfervorecida que me aplaude, que aplaude mi cara multiplicada hasta el vértigo en inmensas pantallas luminosas, que aplaude mi carisma apabullante, mi mensaje cifrado, mi heroicidad. Durante un rato soy un extraordinario jugador de fútbol. Luego me convierto en un bello actor de cine o en un cantante definitivo. Algunas veces, cuando me emociono hasta llorar, he llegado a ser un astronauta, un héroe que ha salvado a miles de niños o un enviado de Dios. Entonces tengo alucinaciones acústicas y escucho con claridad el himno nacional. También, organizando ritos que yo mismo invento como para jugar, he sabido que me encanta leer mi nombre, que me encanta ser el que Soy. Ello me hace fantasear con la imagen de una portada de diario en la que sobresalen esos dos grupos de letras que tanto se refieren a mí: Antonio López. El mero hecho de escribirlas -de pulsar las teclas precisas en mi ordenador- me produce ya una felicidad casi palpable. Algunas tardes enloquezco y me entrego a mi nombre con una devoción de jaculatoria: Antonio López, Antonio López, Antonio López, Antonio López, Antonio López, Antonio López, Antonio López, Antonio López, Antonio López, Antonio López, Antonio López, Antonio López, Antonio López.

Si algún día me envalentono y consigo domeñar el tenue pudor que sobrevive en mí, tal vez incluya en mi novela algún personaje que se llame como yo. Dante tuvo la osadía de alzarse a sí mismo como protagonista de su obra maestra, situándose, además, al lado de Virgilio, que era para él el dios de la poesía. Me pregunto en qué ignorada arena podría yo iniciar un periplo semejante de la mano del Gran Parodiador. Pero sería difícil hallar esa senda excelsa, porque nada puede alcanzar el refinamiento del florentino. Nadie ha sido capaz de crear, en toda la historia de la literatura, un personaje tan potente como el de Beatriz. Es una invención espectacular, un escándalo de la imaginación. Sólo el Yahvé de la Torah o el Cristo humanizado de Marcos consiguen ser representaciones tan insólitas de Dios. A diferencia de estos ejemplos, sin embargo, Dante consigue hacer de Beatriz una divinidad femenina y erótica al mismo tiempo, cuya última función es nada menos que la de salvarle (o lo que es muy parecido, conducirle hasta la visión inefable de Dios con la que termina el poema). En esto consiste precisamente el escándalo de Dante, en haber erotizado y parodiado las Confesiones de san Agustín. (Como Dante, el Gran Parodiador es también un teólogo que lee y escribe al servicio de la literatura; por ello, la Beatriz Viterbo de El Aleph es un guiño que le envía un parodiador al otro.) Creo que el segundo gran escándalo de Dante es haberse autoproclamado el gran héroe del amor; porque si la Divina Comedia es un viaje que tiene mucho de épico (parecido al que se emprende en la Odisea) su héroe no tiene nada que ver con un guerrero como Ulises. El móvil de Dante no es la violencia y el valor sino la poesía, la poesía que conduce al amor. Por eso veo a Dante como una mezcla de hippie y don Juan. De hecho, de no ser porque es muy cursi -ya se sabe la mariconería del italiano moderno-, él podría haber dicho perfectamente aquello de fare l'amore e non la guerra.