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¿Un lema que sintonice realmente con la naturaleza humana? «Inactividad, inactividad, e inactividad.» Sólo el inactivo puede ver las cosas tal como son. Todo proyecto laborioso tiene algo de enajenación, de distracción. Mientras que el atareado se sumerge en la concreción de su trabajo, ningún objetivo limita el amplio horizonte del verdadero desocupado. Los escritores y los filósofos dejarían de serlo si no se les permitieran esos tiempos libres de auténtico ocio, esos paseítos por la nada, esas tardes enteras rascándose la barriga sin tener que dar cuenta de nada a ningún jefe…

Desde la horizontalidad de mi existencia contemplo el mundo. Y mi mundo es inevitablemente lo que pienso y siento, las ilusiones y los miedos que me asaltan sin que pueda controlarlos ni dirigirlos, como si yo fuera un mero espectador sufriente de las circularidades mentales que un perturbado programa en mi cerebro. Pero ¿soy acaso lo que pienso? No, no puedo ser lo que pienso porque pienso muchas cosas y yo no podría ser todas esas cosas. ¿Tal vez la síntesis de ellas? De nuevo una abstracción. Estos circuitos de mi cabeza terminan agotándome, desesperándome. Con frecuencia, esta descontrolada sucesión de imágenes dispersas se apodera de mí en situaciones en las que debería prestar máxima atención. Por ello, para hablar con la mayoría de mis interlocutores, he tenido que desarrollar técnicas faciales con las que consigo simular un alto nivel de concentración. Un día, en un pasillo de la facultad, Llorens me asaltó durante más de una hora sin que yo apenas acertara a escucharle medio minuto. De vez en cuando le decía «sí, desde luego» o «claro, la cosa ya no tiene remedio», y eso bastaba para que animosamente siguiera articulando unas palabras del todo incomprensibles para mí. Yo estaba pensando en Gilabert y en su penoso viaje a la realidad y Llorens me hablaba de las becas de un banco de Sabadell. Esta progresiva desconexión con el mundo, sin embargo, no me preocupa demasiado. Pienso que debe de ser un estado de catarsis por el que tengo que pasar antes de comenzar mi novela. Incluso he llegado a pensar que las interminables reuniones del departamento de literatura son una especie de impuesto que tengo que pagar al ayuntamiento de la gloria; y los violentos silencios con los que nos castigamos cada noche Silvia y yo, un peaje a la inmortalidad. Si mi ordenador me permitiera escribir en posición horizontal comenzaría la novela ahora mismo, y, si fuera ministro de Cultura, propondría el reposo absoluto como deporte nacional (en una reunión a la que yo mismo acudiría con riguroso pijama de hilo finísimo).

Ayer por la tarde, como hago cuando ya no soporto por más tiempo la abstinencia sexual a la que me condena la vida, me puse a leer los anuncios que, bajo el epígrafe «relax», aparecen en los periódicos que casi nunca leo. Con un lápiz comencé a señalar las ofertas más tentadoras: Jacqueline, aniñadas señoritas, sexo de arriba abajo, fetichismo, transformismo, humillación, bondage, spanking, aberraciones. Tenista, mis pechos son de verdad, francés a pelo, beso negro, lluvia dorada, me gusta hacer amigos, Visa, 24 h. Silvia, sumisa, me inicio, sí a todo. Diana, gordita muy picara, labios calientes, pecho 105, rasurada S.D., copro, jacuzzi, precios especiales enero. Ama Marlene, sadomaso a todos los niveles, la mejor luchadora, hab. preparada.

Después de varias llamadas de teléfono y de verificar otros servicios personales que yo considero imprescindibles, al final me decidí por Jacqueline, sobre todo porque me dijeron que habría ocho chicas entre las que yo podría elegir. Tomé un taxi que me acercó a la plaza Narciso Oller. Cuando entré en el coche, me llamó la atención que no hubiera una radio (acostumbrado al populismo altisonante de «Directamente García», aquel silencio resultaba casi intimidatorio). Al comunicarle mi sorpresa por la ausencia del «aparato de compañía», el taxista me dijo que en treinta años de profesión nunca se había sentido atraído por comprar uno. De forma absurda, sus razones me recordaron a Funes el memorioso.

– La realidad que veo en las calles es tan rica en matices, ¿para qué quiero más distracciones?

Al llegar al número 14, subí al entresuelo y pulsé un botón de color verde. Me abrió una mujer bien entradita en años con pinta de ser la dueña. Me condujo a una minúscula habitación, casi un armario, y me indicó que esperara allí. Desapareció al correr una cortina de plástico y se alejó sobre sus pasos hasta el fondo del pasillo. Entonces escuché el sonido de una puerta y otros pasos que siguieron a la mujer hasta la salida. Al pasar junto a mí, pude ver, debajo de la cortina, los zapatos Lotuse de un hombre, y, luego, escuchar su voz cortés y grave diciendo «buenas tardes». Traté de imaginar al hombre de la voz y los zapatos Lotuse, de ajustarle una cara conocida, pero el rostro que me sugería la mente me resultó impracticable, disparatado e incómodo. ¿Cómo iba a ser el psiquiatra que se mató en las costas de Garraf si, efectivamente, se mató en las costas de Garraf? Comenzaba a distraerme en la delirante tarea de inventarle un hermano gemelo, una prodigiosa duplicación de la naturaleza, cuando los pasos de la madame volvieron a mí y la cortina de plástico se transformó en su cara.

– ¿Conoce usted ya nuestros diferentes servicios? -preguntó con solicitud, al tiempo que introducía las manos en los bolsillos de su batín.

– No.

– Pues mire, le cuento un poco cómo funcionamos. Son siete mil por media hora y doce por una. También tenemos la oferta de quince mil por hora y media y, en ese caso, lo puede hacer dos veces.

– ¿Y si no me gusta ninguna chica?

– No hay compromiso, no pasa nada.

– Muy bien.

Me condujo a una habitación más amplia y, cuando se retiró, me detuve a observar la decoración. Sobre una mesa camilla había una figura de porcelana de un mal gusto parecido al que irradiaban unas cortinas de tonos anaranjados y verdes. Un cuadro reproducía un ambiente bucólico en el que bailaban querubines al lado de un manantial liliáceo y cristalino. Era cursi hasta lo irritante. Imaginé al pintor de ese cuadro pintando durante toda su vida cientos de horteradas parecidas, que luego reposarían en paredes de lugares tan horribles como aquél. En las marisquerías baratas y en los prostíbulos es donde he visto las estridencias cromáticas más vomitivas, las combinaciones más incompatibles, los barroquismos más disparatados y mareantes. Sobre un alegre sillón de color verde loro, me llamó la atención otro cuadro que representaba algo que creí reconocer. Era el escudo forjado por Vulcano que admira Eneas en el canto VIII de la Eneida. Allí estaba el círculo de brillantes delfines argénteos barriendo las aguas con sus colas, el mar holgado de las naos herradas y la naumaquia de Accio. También, encaramado en la alta popa, bajo un cielo negro custodiado por la estrella de su padre, Augusto César parecía un bañista de la Costa del Azahar, y los penates que se dirigen a la nao principal, un colegio de subnormales subiendo a un autocar. En tierra, un Agripa parecido a Pinocho no mostraba en absoluto su soberbia insignia de la victoria: la brillante frente ceñida de espolones con la corona naval, era más bien un sombrero de fin de año en un hotel de carretera de Nevada. Por su parte, Antonio, que retorna vencedor de los pueblos de la Aurora y del litoral bermejo, era allí un irreconocible monigote fallero.