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– De hecho, la novela estuvo a punto de no publicarse -dijo ella cuando dejó de evocar ese epistolario de imágenes-. Ojalá no se hubiera publicado, ojalá no me viera yo ahora convertida en esta pieza apetitosa para la prensa del corazón.

– La verdad es que como novela -dijo Luis bajando un poco la voz- yo no entiendo qué le vieron los del jurado del premio. Me parece un texto literariamente malísimo; de haberse muerto Antonio un día antes, todo el mundo hubiera creído que el tribunal, presionado por la editorial, aprovechaba la muerte de uno de los concursantes para premiar y lanzar una novela insólita. Esto es lo que decía el que escribió la crítica en La Vanguardia. Yo creo que el único interés de ese texto, que para nada es una novela, está en el hecho de que se trata de un testimonio de una autenticidad angustiante en el que se puede apreciar un gradual proceso de enloquecimiento.

– Yo lo notaba cada vez más angustiado -dijo Silvia-, más abstraído, más indiferente conmigo, más abatido; algunas noches nos metíamos en la cama sin apenas haber intercambiado unas palabras de cortesía… Un día le hablé y le dije que ya no podíamos seguir así; me contestó que no pasaba nada, que sólo estaba muy concentrado en un artículo sobre Borges que pronto terminaría. Claro…, luego hemos visto en qué estaba tan concentrado… (el soniquete irónico de Silvia empezaba a instalarse en su forma de hablar de Antonio).

Cuando trajeron la cuenta, Luis reparó en que el restaurante se había ido llenando. Pagó con tarjeta de crédito y, después de firmar y dejar la propina en metálico, pasó primero, abriéndose camino entre las mesas repletas de hombres y mujeres cuya única voz se había convertido en un murmullo animoso y compacto. Fuera, en las Ramblas, el viento de mar hacía vibrar las hojas de los plátanos y sobre la estatua de Colón se cernían unas nubes oscuras que amenazaban lluvia. A la desdentada prostituta de antes se le habían añadido otras de aspecto no menos lamentable: recostadas contra la pared y pintarrajeadas hasta lo grotesco de sus escotes, amedrentaban a los turistas con fellinianas provocaciones. Un vendedor de rosas de tez muy morena hizo el gesto de ofrecer una a Silvia, y Luis, sin pensarlo, la pagó y se la entregó con una sonrisa.

– Gracias -dijo, algo desconcertada-, me encantan las rosas.

Silvia había venido en taxi, por lo que él la acompañaría (una vez consiguiera sacar su coche del cavernoso aparcamiento de enfrente) hasta la misma puerta de su casa. En el trayecto -como para liberarse de conversaciones más trascendentes- ambos se sintieron cómodos hablando de trivialidades; de la lluvia inminente, del tráfico de Barcelona, de Valencia.

– ¿Qué vas a hacer esta tarde? -preguntó Luis, mirándola, cuando el coche se detuvo en un semáforo rojo.

– No lo sé; a lo mejor voy al cine, me gustaría distraerme un poco, ¿y tú?

– Creo que voy a ir a ver a mi madre -improvisó él como alejando una absurda tentación.

Ángel María González Villanueva

Departamento de Veterinaria

Universidad de Barcelona.

14 de enero de 1996

Andrés Miguel Esteve Puig

Facultad de Filología Clásica

Universidad de Barcelona.

Querido Andrés:

Tu secretaria me ha dicho que estarás tres semanas de viaje y que intentará enviarte esta carta -que yo mismo le he entregado en mano- por fax. Verás, el pasado 14 de diciembre te envié un paquete abierto que contenía unas páginas que, como te decía en otra carta adjunta, parecían una novela. Movido por la curiosidad, te confieso ahora que cometí la indiscreción de leerlas. También te confieso que esta curiosidad se desató en mí al leer en la prensa que el argumento de la novela que ganó el pasado premio Gracián correspondía a las partes que, dentro de la novela que te envié, escribe supuestamente Antonio López en forma de diario personal. Pero esta curiosidad de la que te hablo, se convirtió en estupefacción cuando leí, también en la prensa, que López no es un personaje sino la persona real que murió en la noche del premio (ya sabes, este pobre chico, filólogo como tú, que no pudo resistir la emoción que le causó saberse ganador). Al leer con ansiedad la novela de este pobre chico, comprobé que, efectivamente, algunas partes de ella estaban en las páginas que te envié. Es decir, que fragmentos del diario que ganó el premio forman parte de «nuestra» novela, la que tú tienes o deberías tener ahora. Allí aparecen intercaladas entre unas conversaciones que mantiene el personaje Gilabert con el personaje de su directora literaria. Lo raro es que, en estas conversaciones, Gilabert parece estar creando al personaje de López, como si éste hubiera sido tanteado y corregido hasta dar con la persona real, con la que murió en la ceremonia del premio. Para aclarar este dilema, pensé en volver a leer «nuestras» páginas, pero como te las envié sin hacer copia, no pude hacerlo. Aquí, en el laboratorio, la vida parece fluir con una desesperante lentitud; el silencio y la rutina rigen la investigación de las nuevas generaciones -tan ajenas a las efusiones de antes-, por lo que estas cosas que se salen de lo cotidiano, por un lado me estimulan y por otro me inquietan. Tal vez deberíamos dar cuenta a la prensa o a la policía de la existencia de «nuestra» novela (ya sabes la confusión que reinó aquella noche sobre la verdadera autoría del ganador, al decir éste que no se había presentado al certamen). He llegado a pensar que todo podría tratarse de un montaje -con crimen incluido- y que ese hombre que murió podría haber sido víctima de un complot. No intuyo ahora el sentido de ese incierto complot, pero es posible que las páginas que te envié alberguen alguna pista que nos lleve al verdadero autor de la novela. He hecho algunas investigaciones y he averiguado, por ejemplo, que no existe un editor en Barcelona que se llame Gustavo Horacio Gilabert, lo que me hace pensar que lo que te envié, sí era una novela con personajes imaginarios, en la que alguien habría intercalado fragmentos del diario real de López. Como ves, es todo un lío…

Andrés, creo que algo muy serio se podría estar cociendo detrás de todo esto. Esperando que me digas algo lo antes posible, me despido con un saludo cordial,

Ángel María

– Yo había pensado que la secuencia de ideas que le viene a la cabeza a partir de conocer a Teresa fuera eclipsando su propósito inicial de escribir la novela. Su texto se vería así transformado en otro en el que apenas se habla ya de Gilabert, en el que todo parece orientado a hablar de Teresa y del amor que siente por ella.

– No sé, creo que entonces la historia perdería la escasa coherencia que tiene.

– Pero no pretendo coherencia en ella. La novela que se propone López es sólo un pretexto para que yo pueda escribir su diario, un diario que no ha de ser necesariamente coherente.

– Pero sí ha de ser obsesivo, ¿no?, y lo obsesivo suele tener coherencia, la coherencia reiterativa que supone la propia obsesión. Creo que un cambio de objetivos tan drástico, es decir, que López dejara de escribir pensando en Gilabert y lo hiciera pensando en Teresa, desorientaría demasiado al lector; equivaldría a una transformación excesiva del personaje de López: de un hombre que está intentando convertirse en escritor pasaríamos a una especie de Romeo inverosímil.

– Bueno, pero no está mal que López sea progresivamente inverosímil.