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– Por diez mil pesetas alquilas un yate con capitán, camarero y con dos tíos que te ponen la sardina en el anzuelo y que te ayudan a sacar las piezas.

Luego ha puesto una ópera italiana y ya no he podido seguir curioseando sobre la playa de Venezuela ni sobre los cócteles ni sobre los tíos que te ponen la sardina para sacar las piezas, porque sus palabras han sido eclipsadas por Puccini y por la Caballé. Sólo a lo lejos, en uno de los momentos de mayor exaltación melodramática de la diva, me ha parecido escuchar los entrecortados jadeos del placer. Después, cuando el disco ha terminado, he vuelto a escuchar la voz de la mujer preguntando a Bernardo:

– ¿Te has enamorado alguna vez?

– Sí, sólo una, pero fue hace muchos años.

– ¿Cómo se llamaba?

– Beatriz.

– Y ¿qué pasó?

– Me dejó por un profesor de literatura mucho más guapo e interesante que yo.

– ¿Por qué dices eso?

– Porque es verdad.

He sonreído al pensar en las irónicas coincidencias que existen entre esta conversación de mis vecinos y mis personajes imaginados (imaginados pero no escritos). Sus palabras me han hecho pensar que Beatriz Lobato podría ser una mujer enamorada de una especie de gigoló y que, en las conversaciones con su jefe, podría irle narrando una historia de amor que Gilabert incluyera en su novela. Gigoló, Play Boy, latin lover, don Juan, Casanova, caballero galante, ¡cuántos nombres para los distintos personajes del amor! Recuerdo que uno de los libros que siempre me leía mi abuela se titulaba El caballero galante. Consistía en las diferentes actitudes cívicas y corteses que un caballero debía adoptar en distintas ocasiones con las mujeres. Por ejemplo, el caballero galante al subir a un taxi debía pasar primero, porque le ahorraba a ella el corrimiento de culo hasta el fondo del asiento. También, el caballero galante, al entrar en un restaurante, debía adelantarse por si dentro se había producido una batalla campal y los platos y los vasos volaban por los aires. Asimismo, si pasaba junto a alguien que estuviera comiendo, el caballero galante no debía decir «que aproveche» ni mucho menos, de ser él el comensal, «si gusta», porque eso denotaba inmediatamente una cuna muy provinciana. No aparecía nada, sin embargo, acerca de cómo debía comportarse el caballero galante en las relaciones eróticas. ¿Qué anticipación o postergación debería cumplimentar en cada postura para no ser tachado de patán o zafio? ¿Qué preciso culeo sería el aceptado por Oxford? ¿Cuál la forma perfecta y más elegante de palpar el monte de Venus? ¿Debería acaso pedir por favor algunos servicios? ¿Satisfacer algunas urgencias ajenas antes que las propias? Me fatiga la sucesión de ideas inconexas que infructuosamente me llevan cada día más lejos de Gilabert. Pero no debo desalentarme, porque este texto que voy ampliando en mi ordenador terminará por formar algún día un mosaico con el que podré articular la trama que tanto se resiste.

Yo creo que este Lloverás es un poco tonto. Anoche le conté un sueño que tuve anteayer y me dio una explicación tan estúpida que estoy por cambiar de cocólogo mañana mismo. Sí, creo que voy a buscarme un psicoanalista argentino; uno de estos judíos porteños tan espabilados, de estos que se enrollan como una persiana sobre cualquier atisbo onírico que se les cuente. Lloverás es un tipo muy soso, no le saca punta a nada de lo que le digo. En el sueño yo estaba en una ventanilla de la Caixa de Cataluña con un palo de golf en la mano. Una cola de individuos detrás de mí esperaban impacientes a que yo jugara una bola situada justo debajo de la ventanilla. Los clavos de mis zapatos repicaban al mínimo movimiento sobre el brillante pavimento de mármol. Alguien protestaba por mi prolongada indecisión.

– Venga, hombre, juegue o retírese, los demás estamos esperando.

– ¿Pero dónde está la bandera? No veo la bandera -decía yo, resistiéndome a ensayar mi swing en aquel contexto financiero-. ¿Seguro que no estoy fuera de límites? ¿Seguro que no puedo cogerla con la mano y droparla en otro sitio? Es que darle sin nada de césped, sobre este suelo tan duro, y sin ver la bandera…

– El campo es el mismo para todos; o juega o nos deja jugar a los demás -me increpaba un hombre muy menudo.

– Tiene razón este joven -dijo una señora gorda solidarizándose conmigo-, con lo que pagamos y ya no queda césped ni en el banco. Hay que hablar con Eduardito; es que no hay derecho, hombre, no hay derecho; esto que pasa aquí no lo he visto en ningún otro club del mundo.

Acabo de descubrir un método para aproximarme a Gilabert. Lo voy a llamar «introspecciones fructíferas». Cierro los ojos y me quedo inmóvil imaginándomelo frente a mí. Estamos en una masía del Ampurdán, junto a una chimenea que él ha avivado en silencio. Hipnotizado, mientras el fuego ondea entre nosotros, siento el calor de las llamas en la cara y en las manos. El fuego sube, se disipa, vuelve a aparecer, baila, iluminando el rostro inclinado de Gilabert y haciendo mover las sombras. Veo su cara brillante y enrojecida, moldeada por la luz, hasta que puedo sentir la forma de sus pómulos, de sus manos, de su nariz, casi tan claramente como si las viera en un espejo, pero de una forma mucho más profunda. Palpando y saboreando cada recoveco de su alma minuciosa, le miro y él me mira. Me sonríe, me sirve café, y yo no le digo que no a pesar de que imagino el insomnio que esta taza me provocará. Lentamente, con el mismo paso cauteloso con el que me acerco a la tarima el primer día de clase, le sigo ahora por un pasadizo que baja y se estrecha hasta un sótano húmedo. Sigue castigándome con su silencio y, al llegar a la bodega, me muestra unas botellas cubiertas de telarañas. Con expresión burlona, me obliga a decidir entre un Antonio V tempranillo o un López Gran Reserva del 75. Opto por el que lleva mi apellido y él, sin que yo apenas me dé cuenta, lo descorcha con habilidad y lo sirve en dos vasos opacos. Bebemos y brindamos junto a la luz vacilante de la vela. Veo entonces su cara llenándose de sangre y las innumerables gotitas de sudor que le brillan en la frente. Escucho su voz, que trata de decirme algo. Finjo haberle entendido y hasta me animo a responderle con una frase que ironiza sobre nuestra situación. Luego tensa la cara, se desabrocha los pantalones y me muestra unas piernas cubiertas de lepra. No puedo volver a mirarle y me esfuerzo por interrumpir esta parodia contra mí. Abro los ojos y recompongo con alivio mi rutina. Las inútiles cajas de mi libro inútil, las cortinas de siempre, el murmullo imborrable de la calle… El ordenador sigue encendido, como esperándome…

Esta mañana, cuando he pasado por la facultad para recoger el correo, una estudiante llamada Teresa Gálvez me ha dicho que me había estado buscando para hablar conmigo. Hemos pasado a mi despacho y me ha dicho que quiere comenzar una tesis doctoral sobre el concepto de la máscara en Borges y en Pessoa. Me ha contado que leyó mi libro en la biblioteca (por lo que ella tampoco es una de las 116 personas que lo compraron) y que le pareció muy interesante. He debido de adoptar entonces el tono grave y vanidoso que tanto detesto en otros. Hemos estado hablando más de dos horas de mi libro y del tema de su tesis. A lo largo de nuestra conversación, Teresa Gálvez me ha parecido extraordinariamente inteligente y atractiva. Tiene unos ojos algo achinados, o, mejor, que se achinan haciendo juego con una sonrisa que pone en ella un toque mágico y sensual de colegiala traviesa. Al cabo de un tiempo de estar escuchándola, he sentido algo que no sentía hacía mucho tiempo con ninguna mujer: una sutil excitación, una pululación en la sangre que me ha hecho inmediatamente fantasear. Por un momento, cuando estaba hablando del ensayo «Borges y yo» y de los heterónimos de Pessoa, he notado un impulso animal que me arrastraba hacia ella, que me impedía concentrarme en sus palabras y me inducía a un erotismo animal en el que las palabras estaban de más. Todo el encanto de su cuerpo parecía condensarse en el eje que media entre sus ojos y sus labios. Ese pequeño espacio ambiguo, a la altura de su nariz, era como el desagüe de una bañera en la que yo era el agua que ella absorbía. Cuando Teresa Gálvez, después de mirar su reloj, me ha dicho que tenía que irse a una clase de doctorado con Llorens, he debido despertar de lo que ya era una hipnosis hacia el amor -en la que ella era una cascada y yo un agua torrencial y burbujeante- y he debido mirarla con la cara de idiota absoluto que ahora imagino y me avergüenza. Luego he odiado a Llorens y he sentido celos de él. También me ha dado rabia el hecho de no ofrecer este año un curso de doctorado en el que ella se podría haber matriculado. Pero tal vez sea mejor así, porque podremos vernos en mi despacho o incluso aquí, en este apartamento de mi abuela en el que paso tantas horas con mi ordenador.