– Teresa, te entiendo… Supongo que además lo habrás pasado fatal por haber sido presentada como la mala de la película.
– Sí, eso es lo que pensé cuando Silvia me envió a la porra y me colgó el teléfono. Yo sólo quería compartir mis penas con vosotros, con la familia; contaros mi desconcierto por todo lo ocurrido. Necesitaba hacerlo desesperadamente, necesitaba sacarme esta espina que me ahogaba. Yo era cómplice de su adulterio, de su desgracia… Entiendo que eso fuera un motivo más que suficiente para no querer hablar conmigo; pero… caramba, había pasado algo mucho más grave… Yo también quería a tu hermano, estaba enamorada de él; sólo quería ayudarle, te lo juro…
Su respiración se hizo entrecortada y acercó la servilleta a los ojos y a la nariz. Luis se sentía confuso al ver cómo, a la versión que se había formado a través de la novela, de Silvia y de la prensa, a la versión que había caracterizado a Teresa Gálvez con un tinte misterioso y manipulador, se estaba superponiendo otra que la convertía en una mujer mucho más próxima y entrañable. Ella seguía hablando sin parar, y esto reafirmaba a Luis en el papel de confesor, de psiquiatra o incluso de juez. Escuchaba pacientemente el monólogo con una mezcla de severidad y comprensión, y pensaba que ese monólogo parecía contestar al escrito por su hermano. Por un momento se vio comprometido en esa duplicación y pensó que lo que ella estaba diciendo podría haber sido incluido también en la novela, para crear una voz desde la que se contaran las mismas cosas de otra forma, desde otra perspectiva. Se sintió fugazmente llamado a escribir esa novela en la que él sería un cuarto personaje, junto a Antonio, Gilabert y Teresa. Era como si, de repente, ella le estuviera iniciando en el juego, como si le estuviera animando a escribir un texto que hilvanase definitivamente los hechos.
– Luego llegó un periodista y me puso un micrófono ante el que yo sentí que tenía la posibilidad de desahogarme, y empecé a largarlo todo porque pensé que era una forma de exculparme, de aclarar mis intenciones… Sí, lo he pasado muy mal. He tenido que ir a un psiquiatra porque me he contagiado de los miedos de Antonio; yo también siento ahora las mismas angustias que él sentía. Estoy en un estado de ansiedad permanente y no puedo pensar en otra cosa que en lo que ha pasado, y en las implicaciones que yo tengo en todo ello. A veces me siento culpable y entonces bebo y me pongo peor. He sufrido mucho… Ser amante clandestino de alguien es algo que no desearía ni para mi peor enemigo; nunca puedes llamar cuando te apetece o cuando lo necesitas, todo tiene un aire de culpabilidad que lo hace insoportable; tampoco podíamos irnos los fines de semana porque él los dedicaba a Silvia; siempre me hablaba de ella…
– ¿Qué imagen te daba de Silvia? -preguntó Luis, dando una calada al cigarrillo y echando luego un trago de su Habana 7 con Coca Cola.
– Me decía lo mismo que escribe en la novela; me hablaba muy mal, aunque yo creo, insisto, que en el fondo la quería; a veces sentía miedo casi físico de estar conmigo, un doble sentimiento de atracción y desprotección. Otras se bloqueaba en lo que llamaba «la situación» y yo tenía que hacerle masajes en las sienes, con colonia, para que se le pasara. La música le relajaba mucho: un día le regalé un disco de Meredith d'Ambrosio en el que hay una canción titulada How is your wife, cuya letra describe una relación desde la perspectiva de la amante, desde la perspectiva de una mujer que se ve visitada un día a la semana por un hombre que siempre le habla de su mujer, de sus hijas, de sus flores, y yo le dije que esa mujer era como yo y entonces él me pidió por favor que no le exigiera nada en este momento de su vida, que todo le pasaría pronto y que entonces podríamos tomar decisiones. Pero cada día estaba peor y lo único que conseguíamos en el apartamento era que se angustiara por no poder escribir, por no poder hacer nada; con frecuencia decía que se sentía inspirado y me pedía que me fuera a dar una vuelta para poder trabajar, pero luego se deprimía mucho más porque sólo escribía su diario y no la novela, y entonces fue cuando yo comencé a tener esa extraña curiosidad por enterarme de lo que escribía, por saber si podían tener sentido o no sus reflexiones sobre la novela; entonces fue cuando cometí el error de llevarme el disco del ordenador y…
Guardó silencio durante unos segundos; bebió el último sorbo que le quedaba en la copita de cristal y buscó en los ojos de su interlocutor el mínimo relevo que le permitiera proseguir.
– ¿Y por qué crees que no quería mostrarte lo que escribía?
– Por pudor, por temor a que yo le juzgase como escritor por algo que él no había h echo nada más que para ordenar sus ideas; también, por otra parte, supongo, aunque eso no lo supe hasta leer el diario, está el hecho de que yo sea el objeto de más de un tercio de su novela, bueno, otra vez… novela o lo que sea… Es lógico que no quisiera dejarme leer lo que escribía sobre mí.
Sus ojos se habían humedecido y su voz se vio repentinamente afectada por una confusa emotividad. Sacó un pañuelo del bolso y se lo llevó a los ojos.
– Pero tranquila, mujer, que tú no tienes ninguna culpa, no seas tonta. Estaba escrito que tenía que pasar así y así pasó -dijo Luis, echando mano a una frase tópica. Ella siguió hablando.
– Fue una gamberrada de niña, como cuando de pequeña tiraba bolsas de agua a la calle desde el ático del balcón de la casa de mis padres… Pero no sé, en cualquier caso, a mí me pareció que lo que leí tenía una cierta gracia, tenía una cierta autenticidad que podría ser valorada en un premio; aunque lo presenté sin pensar que ganaría…; y no se lo dije a él porque, bueno, creí que si realmente ganaba, entonces se pondría muy contento… y lo malo es que ganó y…
La Gaceta Ilustrada, 23 de marzo de 1997
López y yo
Antonio López (seudónimo de Gustavo Horacio Gilabert)
El triunfo de la simetría
Gustavo Horacio Gilabert agrega con López y yo otra brillante novela que participa de un tema que ya comienza a ser enteramente suyo: el de la relación entre literatura y realidad. Si bien es cierto que este mismo tema había sido desarrollado en algunas de sus novelas precedentes, en López y yo ocupa un espacio y un protagonismo mucho mayor. Ya en El poeta Aquiles (1975) encontrábamos a un grupo de escritores llamado Homero, afanados en redactar el canto XXII de la Ilíada (aquél tan sobrecogedor que narra el aniquilamiento de Héctor por Aquiles). La versión de Gilamero, el más joven de esos poetas, conseguía imponerse sobre las de los demás, a pesar de que éstos querían substituirla por una en la que era Aquiles quien moría al ser atravesado su carcaj y su pecho por la certera lanza de Héctor. Finalmente, era Aquiles mismo quien aparecía y destrozaba con sus propias manos las páginas de todos esos poetas, abarrotadas de rústicas rimas y torpes desarrollos. También, en La mujer dentro del texto (1977) aparece un argumento metaliterario: un escritor recibe cartas de una bella mujer que ha leído su última novela y cree ser idéntica a la protagonista. El vanidoso escritor lo toma al principio como un intento de la joven para acercarse a él, pero cuando la conoce y habla con ella en profundidad, desfallece y muere de la emoción que le provoca un sinfín de coincidencias. Efectivamente, la bella mujer resulta ser idéntica al personaje de su novela: ambas -persona y personaje- son hijas de un polaco y una iraní, ambas tuvieron un accidente jugando al polo que las dejó algo cojas de la pierna izquierda, ambas comparten el mismo carácter díscolo por las mañanas, cuando aún no se han tomado un café sin azúcar.