En López y yo, el autor parece querer llevar este ludismo metaliterario hasta sus últimas consecuencias. Aquí se nos aparece el mismo Gilabert, convertido en personaje de ficción, encarnando a un viejo editor que intenta por primera vez escribir una novela cuyo protagonista es un profesor de literatura llamado Antonio López Daneri que, a su vez, da vida al editor. En un doble reconocimiento semejante al que se da entre don Quijote y Montesinos (dos caracteres que necesitan una validación de su identidad para existir como caballeros andantes), López y Gilabert se confieren de esta forma realidad vital el uno al otro.
Con López, Gilabert jugará incluso hasta convertirle en el seudónimo con el que ha firmado su obra -es decir, ésta que ahora nos ocupa-, lo que ha acarreado no poca confusión entre sus seguidores, que tardaron en advertir que López (el supuesto autor) era un personaje más de Gilabert. Hasta la prensa necesitó un tiempo de varios meses para darse cuenta de este premeditado equívoco que Gilabert ha sabido justificar inteligentemente con argumentos estéticos y filosóficos. Pero la inquietante anomalía que suele caracterizar los planteamientos de Gustavo Horacio Gilabert, la tensión que los recorre, también -conviene subrayarlo- su notable comicidad, son producto de la habilidosisima articulación ficcional a la que somete un mismo discurso narrativo tan paradójico como verosímil (la anunciada versión de la novela en CD ROM está siendo esperada ya por distintas editoriales internacionales). Y es que para ahondar en este tipo de realidades virtuales, López y yo nos ofrece dos elementos formales que el atento lector no va a pasar por alto: por un lado, Gilabert ha escrito su novela con un lenguaje deliberadamente primario y mediocre -que puede recordar al que aparece al comienzo de El ruido y la furia, de Faulkner, en la voz del subnormal-, como para evidenciar con el mayor realismo posible el hecho de que tanto López como Gilabert, los dos personajes que escriben la novela, son autores bisoños (qué magníficas resultan, por cierto, «las introspecciones fructíferas» del final, cuando Gilabert y López han conseguido romper el espejo que los separaba y se lanzan a vivir aventuras juntos). Por otro lado, la novela está plagada de textos que, desde un punto de vista lógico, nadie podría incluir en ella: notas a pie de página de un supuesto prologuista que comenta la obra de Gilabert basándose en las polémicas que suscitó en el mundo académico, críticas en periódicos que están incluidas en la propia novela (de no haber sido escritas por esta humilde servidora, estas mismas líneas podrían pertenecer al texto de Gilabert). A todo ello se añade la ruptura lógica que el autor introduce al simultanear elementos existencial y cronológicamente incompatibles entre personas y personajes, es decir, entre figuras o categorías que no podrían convivir en un mismo plano de realidad. Como Dante y Cervantes al incorporarse ellos mismos en La divina comedia y en El Quijote, Gilabert parece, con su presencia dentro de esta brillante novela, querer advertirnos de una sorprendente simetría: si los personajes de una ficción pueden ser escritores de esa misma ficción, nosotros, los lectores, podemos ser también ficticios…
Patricia Lacasa
Es la una de la madrugada. Hace tan sólo unos minutos he acompañado con un taxi a Teresa hasta su casa y me han entrado ganas de venir aquí a escribir todos los detalles de nuestra primera noche juntos. Ha sido mágica como un sueño.
Se ha presentado puntual, con un vestido muy ajustado que terminaba en una minifalda y en unas medias negras que no he podido dejar de mirar o intuir a lo largo y ancho de toda la velada. Me he fijado en que no llevaba sujetador y en que los senos y los pezones se evidenciaban a través del tejido. ¿Se habrá vestido de esta forma tan provocadora para mí? Sólo tiene veintitrés años. Es una monada. ¡Ah!, y no tiene novio ni nada que se le parezca (además, me ha parecido intuir con alegría que detesta a Llorens).
La he recibido con un disco de Bill Evans y Toni Bennett que ha reconocido al momento.
– Mi padre es cirujano, pero su pasión es el jazz. Toca el piano muy bien y tiene más de dos mil discos. Te encantaría conocerle.
Nos hemos sentado y con mucha naturalidad le he preguntado si le importaba que liara un canuto.
– Con tal de que me lo pases -me ha respondido con una sonrisa cómplice-. Yo fumo siempre… mi padre también.
Su padre debe de tener aproximadamente mi edad, lo que hace que la vea todavía más joven.
– La otra pasión de mi padre es la literatura, sobre todo la poesía. Es por su influencia por lo que yo estudié literatura y me he metido en esto de la tesis.
– Es un poco raro que te guste Borges, ya sabes que él opinaba que nunca conseguía interesar a las mujeres.
– Eso no es verdad -ha contestado ella-, Borges siempre estaba rodeado de mujeres.
– Sin embargo, no hay muchas mujeres que se interesen por su obra. Yo no he conocido a ninguna y, si te fijas en las bibliografías, hay pocas que hayan escrito sobre él.
– Porque es muy abstracto y porque las mujeres tendemos más a lo inmediato, a lo intuitivo. Sí, es un poco frío, pero a mí me gusta esa frialdad, me divierte la imaginación que desprende al jugar con el tiempo y con la literatura. En tu libro lo explicas muy bien cuando dices que su gran metáfora es la propia idea del lector.
He aprovechado ese momento para levantarme y darle mi libro firmado. Ha sonreído al leer la dedicatoria. Luego le he preguntado qué quería beber y ella me ha dicho que se dejaba recomendar. Le he sugerido un dry martini de Bombay, que ha aceptado de inmediato, ayudándome incluso a prepararlo en la cocina.
– Mi padre siempre dice que el dry martini tiene dos secretos, el primero consiste en servirlo muy frío, y el segundo, en no pasarse con el vermouth, sólo tiene que tener una gota de vermouth.
Con las copas en la mano, hemos vuelto al salón y he cambiado el disco de Bill Evans por uno de Chet Baker.
– ¿A ti te gusta Chet Baker más como cantante o como trompetista? -me ha preguntado después de brindar.
– No sé, porque creo que toca la trompeta igual que canta.
– Pues a mi padre…
La referencia constante a su padre me ha parecido algo reiterativa, como si entre nosotros se estuviera interponiendo un hombre inseparable de ella. He preferido cambiar de tema.
– Sabes, estoy comenzando a escribir una novela.
– Ah, sí, no me digas. ¿Y de qué va?
– Bueno, es un poco difícil de explicar; trata de un viejo editor que quiere escribir una novela sobre un tipo parecido a mí.
Se ha entusiasmado tanto con mi proyecto que no me ha costado nada convencerla (sólo habíamos quedado en charlar un rato) para que cenáramos juntos. Como yo había reservado una mesa en Carballeira (entre otras cosas por aquello de que el marisco es afrodisíaco), hemos cogido un taxi que nos ha llevado hasta el puerto. Durante la cena, en algunos momentos, he sufrido imaginándome la aparición de alguien conocido. Creo que la próxima vez (seguro que habrá una próxima vez) será mejor cenar en el apartamento una Pizza World que nos traiga uno de esos jóvenes y temerosos motoristas. No he querido forzar en esta primera noche una posible relación sexual, por lo que la he acompañado a su casa en lugar de volver aquí. Al despedirnos me ha dicho que se lo ha pasado muy bien conmigo y luego nos hemos besado prudentemente en la mejilla. He quedado con ella para el viernes. Ante Silvia me tendré que inventar una cena con algún profesor del departamento. Espero que al decírselo no me note extraño.
Ha sido una noche infinitamente superior a como la había imaginado. No voy a poder dejar de pensar en Teresa ni un solo momento. Tal vez el viernes pueda atreverme a poseerla, tal vez lo consiga. Sólo de pensarlo me tiemblan las piernas…