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Ahora, cuando estaba escuchando otra vez ese sonido atenuado por los cristales, he notado la presencia de una mosca que se ha detenido justo encima de la pantalla de mi ordenador. Es casi un moscardón, de esos que tienen un color entre verde y azul oscuro. Parece mirarme mientras escribo. Pienso en su vida y en este instante preciso de su vida. ¿Cómo me verá desde su ojo poliédrico? ¿Me verá multiplicado en cada uno de los hexágonos que lo componen? Entonces nunca sabrá cuál es mi imagen original y cuáles las quiméricas duplicaciones. El Gran Parodiador relacionaba los paralelogramos con el conocimiento, porque éstos nos posibilitan la abstracción de la simetría. Por eso, en «La biblioteca de Babel», todas las galerías son hexagonales.

La mosca sigue aquí parada. ¿Quién sabe para qué deidad superior seré yo una mosca como ésta? Compararme con la mosca me hace un poco mosca. Miro el techo y pienso en la gigantesca suela de zapato de alguien que podría aplastarme como yo podría aplastar ahora mismo a este insecto, a este repugnante bichito que me mira con impertinente inocencia. Pienso en Teresa Gálvez, pienso en el amor y decido concederle el indulto. Si yo me convirtiera milagrosamente en un gran escritor y estas mismas páginas pertenecieran a una obra que me consagrara, la mosca recibiría una pequeña fracción de mi universalidad. Se convertiría en un sujeto paciente, en un animal irracional que se eterniza en la especie; sería como el ruiseñor de Keats que tanto impresionó al Gran Parodiador. No puedo evitar acordarme ahora de su magnífico gato en «El sur». Son palabras que nunca me abandonan en la soledad de mi memoria: «Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante».

Nueva «introspección fructífera». Cierro los ojos y me concentro en Gilabert durante un rato. De repente, me siento corriendo por las arenas de un desierto lluvioso. Él también corre junto a mí, mojado y risueño como los pájaros negros que cubren el flanco violento del oasis próximo a Alzamán. Me dice que hemos estado bebiendo té verde en la tienda de un tuareg, pero yo ya no me acuerdo ni del té verde ni del tuareg, ni del té verde ni del tuareg ni de nada. Con misteriosa expresión alevosa, Gilabert me cuenta que tiene un instinto infalible para guiarse entre los infinitos laberintos del desierto. Me sorprende que no estemos cansados, que no tengamos sed, que sigamos corriendo sin cuestionar la situación. Me asegura que nos dirigimos a buen puerto y que pronto podrá entrever los rasgos esenciales de un poema afortunado. Veo su lengua reseca moviéndose dentro de su boca para recitar ese poema. Cuando consigo entender el título, pienso para mis adentros que se está mofando de mí: ¡Oh López!, quién te ha visto y quién te ve. Comienza el poema y me pierdo en ese estado de dicha que sólo puede dar la amistad. Recita de memoria, sin pensar. No entiendo lo que significan sus versos, pero reconozco una musicalidad que me hace sentir libre y feliz. Ahora canta con ardor un brillante alejandrino que festejamos con una sonrisa cómplice. Seguimos corriendo. Nos cruzamos con una caravana de camellos y un hombre nos ofrece agua en un cántaro que tiene el color de la encía de los leopardos. Sin contemplaciones, lo rechazamos desde nuestra vanidad inquebrantable, con unas palabras del Eclesiastés que dejan al hombre tendido en la arena. En ningún momento hemos aminorado nuestras zancadas. Seguros de comprendernos y hasta de querernos, proseguimos recitando el poema al unísono. No entiendo mi capacidad para recitar el poema con él, pero no me importa no entenderlo. Nuestras palabras rebotan entre las dunas y se pierden agigantadas en un horizonte ondulado. Sin ceder a la vacilación o al desánimo, cantamos entusiasmados el estribillo con el que concluye cada estrofa: ¡Oh López!, de luna cobriza en la frente y perfil aindiado. Con nuestros versos (que ahora ya son sólo nuestros) hemos conseguido desdibujar las curvas de arena y borrar atrás la caravana de camellos, convertida en un gusanito oscuro que desaparece. Seguimos cantando el poema y nos parece que el poema es el desierto y que el desierto es el poema, de forma que ya no sabemos por dónde nos hallamos corriendo, si por el poema o por el desierto. Llegamos a un pozo cegado y nos detenemos un instante para escuchar algunas de nuestras resonancias anteriores. Cosas sin nombre, cosas que se esfuerzan en ser reconocidas en un nombre. Hechos, hechos huecos que anhelan ser llenados de sentimientos, que brotan incansablemente de nuestras voces hasta perderse en cualquier espacio remoto. Abro los ojos. El ordenador se ha animado a dar vida a unas imágenes del desierto que yo no he tecleado en él. ¿Será que el piadoso Gilabert se empeña en corregir mi soledad? ¿Será que escribe por mí unas palabras que yo no soy capaz de escribir? ¿O será que ha sentido celos al ver a Teresa como un barco de vela que viniera hacia mí desde la noche? Sonrío…

Gustavo Horacio Gilabert le pregunta al portero cuál es el piso de Radio Nacional de España y éste no vacila en indicárselo. Sube en uno de los cuatro grandes ascensores y al salir se encuentra con un largo corredor al final del cual halla a un hombre que registra las entradas en un anacrónico libretón.

– Vengo a una entrevista con Mauricio García Campos, para el programa «Usted es la estrella».

El hombre le pide el carnet de identidad y copia lentamente el número y su nombre con una caligrafía esmerada pero un poco infantil. Luego le acompaña a una sala en la que pronto aparece una azafata que le pregunta si desea tomar algo. Le informa que estarán en antena dentro de quince minutos y que el señor García Campos no tardará en venir a saludarle. Al poco tiempo llega el presentador, quien, después de dedicarle unas sonrisas histriónicas, le acompaña al locutorio donde transcurrirá la entrevista. Es una habitación cuadrada, forrada con un corcho oscuro y granulado que permite una atmósfera en la que voces y sonidos se propagan con una claridad especial. En el centro hay una gran mesa circular de cuya periferia surgen, como cuellos de cisnes, unos micrófonos adaptables. Le indican que ocupe una de las sillas giratorias y, cuando lo hace, observa el cristal rectangular tras el que se encuentra un joven barbudo con unos cascos de cuero negro. Por unos altavoces, se escucha el informativo que precede al programa para el que le han convocado. Cuando García Campos se sienta y ajusta sus cascos, le dice a Gilabert que, como se emite todo en directo, tendrán que hacer unas pausas para la publicidad. Luego le comunica algunas de las preguntas que le va a plantear. Gilabert asiente con la cabeza y añade «muy bien, muy bien». Llegan unos anuncios y García Campos agrava su mirada hacia el técnico que, detrás del cristal, le indica con un dedo que queda un minuto. Llega la sintonía que anuncia el programa y la voz grabada de un anónimo locutor: «Usted es la estrella, dirige y presenta Mauricio García Campos». Después de una breve pausa, el joven barbudo señala al presentador y éste comienza a hablar con impecable dicción radiofónica.