– Queridos amigos del programa «Usted es la estrella»; buenas tardes, ¿cómo están? Si en esta tarde de febrero les ha pillado la lluvia sin un paraguas que abrir en las manos, entonces estarán como yo, algo mojados y, quién sabe si también, como yo, algo resfriados. Bueno, no tiene demasiada importancia, ya saben aquello que dice que al mal tiempo buena cara… ¿Recuerdan?; la semana pasada anunciábamos que hoy íbamos a tener con nosotros al escritor Gustavo Horacio Gilabert, para hablarnos de muchas cosas, pero sobre todo de su última novela López y yo, cuya aparición en el mercado se ha visto envuelta por la polémica y hasta por un cierto desconcierto entre los lectores y la propia crítica, debido sobre todo a que su autor, que hoy nos acompaña, no sólo firmó su obra con el seudónimo de su personaje y protagonista, Antonio López, sino que durante un tiempo nos hizo creer a todos que éste era una persona real. Pues bien, como habíamos prometido, hoy tenemos aquí al verdadero autor de López y yo, que no es otro, como muchos sospechamos desde un principio, que este gran escritor que se llama Gustavo Horacio Gilabert y que es autor también de novelas tan memorables como El poeta Aquiles o La mujer dentro del texto. Buenos días, señor Gilabert. ¿Cómo surgió esta idea de hacerse pasar por otro?
– Bueno, fue una ocurrencia que tuve un día con un amigo cuando estaba terminando la novela. Como ésta trata de plantear o jugar con la idea del autor, pensé, ¿por qué no omitir oficialmente que soy yo quien la escribió?, ¿por qué no buscar a alguien que se haga pasar por mi protagonista? Ya que yo estoy dentro de la novela como personaje, ¿por qué no sacar a mi pequeño héroe fuera de ella? Y entonces hablé con mi amigo Enrique Montoya, que no es una persona conocida a pesar de ser un buen actor de teatro, y le propuse que se hiciera pasar por López, por este apócrifo autor de la novela, para ver si así conseguíamos convencer a los periodistas y al público en general de su existencia.
De nuevo la entonación perfecta del locutor:
– Parece que, al menos inicialmente, su amigo se negó a hacerse pasar por López.
– Sí, porque, al principio, tenía miedo de no saber qué decir ante los periodistas; pero luego, cuando leyó la novela y vio con claridad el juego que en ésta se propone, entonces hablamos de nuevo, y yo le expliqué el tipo de contestaciones que consideraba más oportunas y ello le pareció divertido y finalmente aceptó.
– Y de todo esto, ¿estaba enterado el editor?
– Sí, claro, aunque fue muy difícil convencerle porque la cosa suponía convertir mi nombre en el nombre de un desconocido, y eso le pareció comercialmente peligroso. Es decir, yo firmaba el contrato, yo cobraba el anticipo, pero era López (Enrique Montoya, el actor y amigo que se hizo pasar por él), un supuesto escritor enteramente desconocido, el que daba la cara apareciendo públicamente como el autor.
– ¿Y cómo logró convencer a su editor?
– Bueno, le tranquilicé diciéndole que pronto se sabría la verdad y que se trataba de una propuesta metaliteraria que terminaría potenciando el éxito de la novela. Además, le dije también que yo aparecía dentro de mi obra convertido en un viejo editor que está intentando, por primera vez, escribir una novela; y esto le enterneció porque sabía que en cierta medida ese personaje era él.
– Pero ahora quedará para siempre López como autor, porque su nombre es el que figura en las portadas de los libros.
– El juego consiste en que, con el tiempo, todos sabrán que López soy yo, y por ello tal vez pueda incluso firmar otras de mis futuras novelas con su nombre, como hacía Pessoa con sus heterónimos.
– ¿Y qué pensó Enrique Montoya, su amigo que se hizo pasar por López, al verse fotografiado y comentado en la prensa como un nuevo valor literario?
– Demostró ser un grandísimo actor al conseguir convencer a los periodistas y a todos los demás de que él era un joven escritor. La verdad es que nos divertimos mucho; era muy gracioso oírle decir a Enrique en la radio, con absoluta seriedad, que el hecho de que apareciera yo como personaje en su novela era un homenaje que él me hacía a mí.
– ¿Y cómo se descubrieron todas esas vertiginosas imposturas?
– Bueno, no era tan difícil conociendo el tipo de propuesta que yo hago habitualmente en mis novelas. Además, no resultaba del todo verosímil que alguien escribiera una novela en la que uno de los protagonistas lleva mi nombre.
– ¿Y cuál es el sentido filosófico de toda esta pequeña farsa?
Aquí Gilabert cambia su rostro y compone una expresión pedante de filósofo francés, deja transcurrir una pausa en la que parece concentrarse en profundidad, y dice:
– Bueno, la propuesta que planteo está en la línea de Marcel Duchamp al pretender señalar la decadencia del mercado occidental. Como ha puntualizado Jean Pierre Anzieu, desde que Balzac rechazó la forma habitual de trabajo del artista (el encargo, bien fuera del mecenas, del comerciante o de una institución) y puso su tenderete con sus obras a la venta, hemos venido asistiendo al nacimiento de una producción cultural especialmente destinada al mercado. El mercado ha creado dos valores: el simbólico, que corresponde a la producción de obras puras destinadas a apropiarse simbólicamente de lo cultural, y el comercial, que opera en función del éxito de ventas. De alguna forma, inventando a López como autor de mi novela, he intentado conseguir un efecto similar al de Duchamp cuando enviaba a los museos sus readymades. Porque a la impostura del dadaísta firmando botellas y titulándolas, corresponde mi eventual problematización discursivo-ficcional como autor de un texto que ya no me pertenece.
Después de poner cara de imbécil, García Campos pregunta:
– ¿Por qué no le pertenece?
– Porque, como sugiere Ulises en el momento en que le destroza el ojo al Cíclope, el verdadero autor es el que es capaz de convertirse en cada uno de sus personajes sin llegar a hacerlo realmente en ninguno. Así, de alguna manera, yo, Gustavo Horacio Gilabert, me he atrevido a decir, con el descaro de mi protagonista, que también soy Nadie.
Después de más de dos meses de ininterrumpida relación amorosa con Teresa Gálvez -en los que sólo he escrito unas débiles líneas-, esta mañana, mi siempre erecto y jovial miembro sexual se ha visto aquejado por una tristeza inconsolable que lo ha reducido a un tamaño ridículo. A pesar de los incansables esfuerzos de Teresa (que ha recurrido al francés, al griego y al argentino), mi pene ha renunciado a dilatarse hasta los mínimos exigibles y, viendo que todo era inútil, nos hemos ido vistiendo con una sensación de derrota. Inmediatamente he llamado a mi nuevo psicoanalista argentino y le he contado el caso esperando que me diera una solución que me permitiese proseguir esta nueva vida amorosa a la que me había entregado con pasión, pero él me ha dicho que trate de tranquilizarme y que lo intente de nuevo dentro de unos días. Después de unos momentos de asfixiante intranquilidad, he vuelto a llamarle y él me ha sugerido que fuera a verle a su despacho. Allí le he confesado que no puedo esperar esos días y, entonces, me ha recetado unas pastillas (como es psicoanalista y no psiquiatra, me ha tenido que extender una receta con membrete falsificado por el Ilustre Colegio de Psicoanalistas Porteños) que al parecer me van a solucionar el problema de forma casi inmediata.
Han pasado cinco días en los que mi vida se ha visto presidida por la angustia de la impotencia sexual. No hay forma; ni las pastillas, ni la abstinencia temporal, ni nada. Teresa Gálvez se disfraza de enfermera (fingiendo manejar inyecciones y clavándome dolorosos alfileres en el culo) y de azafata de avión; me da las noticias imitando el tono de voz de la presentadora del telediario de las tres y se desnuda y se viste con la música de strip-tease que compramos en el sex shop. Luego vuelve a darme las noticias vestida con su lencería negra y, cuando llegan los deportes, me miente y me dice que el Barcelona ha ganado al Madrid por cinco goles a cero, mostrándome sus cinco deditos y su lengua y su lujuria de guaira. Pero todo resulta inútil, ya que nada consigue avivar en lo más mínimo este aletargado miembro que me aflige, que me hace llorar, que me humilla con una fría hostilidad de coche viejo en la chatarra. Apesadumbrado, de la mano de ella, recorro el apartamento y doy vueltas y círculos hasta fatigar las geometrías del salón. Después, Teresa me dice que el problema es que nunca salimos a la calle, y que cuando lo hacemos me emparanoio y comienzo a imaginar falaces detectives enviados por Silvia, y a presentir familiares o amigos que van a comer precisamente al mismo restaurante que nosotros. La verdad es que este adulterio ha horadado en mí un sentimiento de angustia que me vence. No sé explicarlo en términos racionales. Es posible que mi inconsciente (también mi irreconocible miembro sexual) perciba mi adúltera relación con Teresa como una profanación atávica y actúe en contra de mis impulsos inmediatos, retardándolos y filtrándolos en una red de inextricables mecanismos sociales y culturales. Seguramente me convendría que Silvia me pescara con las manos en la masa; esto aceleraría la separación y me obligaría a ser enteramente libre y feliz junto a Teresa. Sin embargo, algo me impide decidir, actuar en alguna dirección en concreto. Mi situación se parece cada día más a la novela que no escribo: es un sinfín de posibilidades que no se deciden a tomar cuerpo, que me paralizan y me retienen, que me anonadan y desesperan. Es como si este apartamento fuera el único recoveco del mundo en el que me siento tranquilo junto a Teresa. Estar con ella más allá del umbral de la puerta me produce ya un desasosiego irresistible. Creo que se está hartando de mis miedos y de esta absurda clandestinidad entre paredes a la que la someto. Una y otra vez, insiste en que salgamos al campo, en que nos marchemos de fin de semana a algún lugar lejano de la ciudad, pero a mí eso me da terror porque sé que entonces Silvia nos descubriría. ¿Qué excusa podría resultar creíble para ausentarme un fin de semana? Sería muy raro que yo, que casi no tengo amigos, de repente decidiera pasar un fin de semana con Llorens en Salamanca, para recitar poesías juntos y para darnos el abrazo fraternal que consolidara nuestra amistad… Tal vez podría inventarme una tesis doctoral en Huelva a la que he de asistir como miembro de un quimérico tribunal. Pero Silvia es muy lista y yo no sé mentir: llamaría al hotel de Huelva y le sacaría al recepcionista (con pelos y señales) si el señor López está solo o con una mujer; o, quién sabe si, incluso, contrataría a un detective privado que viajaría con nosotros en el avión y nos tomaría fotos -desde todos los ángulos posibles- paseando de la manita como idiotas por las calles de Huelva.