Hoy, cuando la angustia y la desesperación causadas por mi impotencia parecían llegar al límite de lo humanamente resistible, me ha reconfortado una frase de Cioran: «Puedo comprender y justificar todas las anomalías, tanto en el amor como en todo; pero que haya impotentes entre los imbéciles, eso es algo que no me cabe en la cabeza». Claro, la impotencia implica un proceso intelectual ajeno al imbécil. Toda impotencia es el resultado de una comida de coco, de un giro excesivo de la cabeza sobre sí misma, hasta que uno ya no sabe ni quién es ni dónde vive, hasta que ese uno cuestiona su propia naturaleza y mira a los animales y se da cuenta de que éstos nunca pueden padecer este tipo de problema, porque no hay nada que se cruce en sus impulsos puramente instintivos, porque no hay nada que les distraiga de su finalidad corpórea y testicular. Por eso hay pocos imbéciles impotentes, porque los imbéciles no se meten en esos circuitos cerrados del cacumen, porque su imbecilidad les tiene atareados y no les deja tiempo para pensar en nada que rice un poco el ya de por sí rizado rizo de la realidad (yo sí que estoy rizado, me hicieron la permanente y me quemaron el pelo para siempre…). Sin embargo, cabe la posibilidad de que yo mismo sea uno de esos pocos casos de imbéciles impotentes y, sin darme cuenta, a mi preocupante condición psicosomática le acompañe un invisible proceso hacia la imbecilidad. Calderón y Descartes debieron de pensar algo parecido cuando relacionaron su mundo interior con su propia existencia. No me cabe ninguna duda de que Calderón y Descartes eran impotentes. ¿Acaso estaré yo próximo a algún entreverado cogito parecido al del francés? ¿Podré merecer pronto esa caprichosa articulación de signos que me permita alcanzar mi anhelada consagración? Para entonces, mi impotencia ya no tendrá remedio…
Circunscrita a este apartamento de mi abuela, la relación (en la medida en que podemos llamar así a esta impotencia mía) con Teresa se ha convertido en el reverso de la que mantengo con Silvia. Si con la estudiante acompaño estas inquietantes jornadas de reflexión asexuada con interminables monólogos autoacusatorios, al lado de mi mujer oficial me convierto en un sonámbulo que se acuesta sin mediar casi palabra (afortunadamente para mí y para mi impotencia, las proposiciones sexuales de Silvia parecen haber desaparecido por completo). Cuando cada noche nos metemos en la cama y nos quedamos en silencio, con la luz apagada, pienso en que Teresa nos está imaginando y viendo. Entonces me siento el actor ridículo de una farsa inacabable.
Otra «introspección fructífera». De nuevo cierro los ojos y me esfuerzo por imaginarme a Gilabert. Al poco tiempo lo intuyo jugando a esconderse entre las frescas galerías de la biblioteca del Clementinum. Bruscamente, tendido en el suelo de un pasadizo húmedo y musgoso, me lo encuentro hojeando un gran atlas. Cuando me reconoce, me abraza con exagerada efusión, y luego me muestra dónde estamos en un mapa minucioso de Europa que reproduce cada uno de los matices de Praga y de la biblioteca del Clementinum. Con algo de vértigo, puedo distinguir en el mapa el ventanuco de la segunda galería hexagonal en la que nos hallamos. Veo la representación de mis manos, en nada menos precisas que las mías. Entre grandes reverencias, Gilabert me indica que le siga para mostrarme «Nuestro Escritorio». Pasamos por un patio en el que abundan cisternas llenas de arena y cruzamos un extenso corredor en el que se amontonan manuscritos antiguos. Gilabert me precede andando despacio. Algunas veces se da la vuelta y me sonríe en silencio. Nos introducimos en un pasadizo y nos cansamos subiendo unas interminables escaleras de caracol que conducen a una gran sala blanca y amarilla. Es una habitación con menos libros, ventanas y puertas que las anteriores. Iluminado por una excesiva luz cenital, distingo en el centro de la sala un inmenso escritorio de piedra. Llegamos a él y nos sentamos en unas pesadas sillas que movemos con dificultad. Gilabert abre el libro que reposa sobre la mesa. Cuando trato de leerlo, las letras se desplazan a un lado y a otro en una mareante y caprichosa oscilación. Hago un esfuerzo por retener alguna palabra, pero los signos se juntan y se funden entre sí tan pronto los miro. Agresivamente, una gran «Y» se acerca hasta mi nariz, para luego alejarse hacia las líneas más altas. Una «O» se coloca detrás de la «Y», y luego viene también para agigantarse ante mis ojos. Gilabert la increpa y la aleja escupiéndole en el centro mismo de su aro. Se trata de una Biblia Original, me dice en un solemne susurro, acercándose a mi oreja. Luego me anima a combinar letras con él, a desordenarlas, a adivinar viejas metáforas con otras voces. Pero siempre se corrigen y se recomponen invariablemente hacia un mismo Nombre: YAVÉ. Escuchamos una voz ronca que viene de Arriba: la colaboración del azar es Aquí calculable en cero. Miro un momento los ojos de Gilabert y él me da la mano y me hace saltar sobre el Texto. Comenzamos a caminar en sentido inverso, desde las letras del Libro de Daniel, cuya tipografía reproduce ahora un no sé qué del perfil de nuestras caras. Sin detenernos, proseguimos durante tres fatigosas lunas y, al llegar a los sombríos campos del Pentateuco, encontramos, junto a una fuente, a una ramera preciosa. Con inconcebible indecencia, Gilabert comienza a desnudarse. Me dice que si fornica delante de mí no sentiré celos. Yo le respondo que lo que dice es absurdo, pero él me inquieta con una sonrisa no exenta de ironía. Vuelvo a mirar a la ramera, que tiene ahora la cara de Teresa. Gilabert insiste en que no sentiré celos, pero yo me abalanzo furiosamente contra él para partirle la cara. En el forcejeo violento junto a la piel desnuda de la ramera Teresa, nos precipitamos sobre unas letras y rompemos una tilde. Escuchamos entonces unos rugidos graves y ensordecedores, tras los cuales todos los signos comienzan a girar a gran velocidad. Contra un cielo rojizo, vemos derrumbarse un gran templo y una esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor, ascendiendo lentamente a las alturas (es el Aleph). Un ángel negro viene a reprendernos por lo de la tilde y, con expresión infantil, Gilabert le dice que fue la ramera Teresa la que comenzó todo. Cuando nos giramos, ella se ha convertido en una serpiente y el ángel en una manzana. Esto me recuerda algo, dice Gilabert frunciendo el ceño. Proseguimos. Vemos el tiempo en el Texto, desde la primera palabra del Creador hasta la última trompeta; vemos los odios y los engranajes del amor, las muchedumbres desamparadas de Babilonia, las palabras incomprensibles de la torre de Babel, el oro, los camellos, los fieles llorando en El Cairo, las innumerables estrellas que comporta el camino entre Amr y Damasco, las silenciosas caravanas siguiendo en ese camino a un Moisés ebrio e irresponsable. Vemos mi infancia y mi adolescencia, las cartas de amor que escribí a Silvia, los textos obscenos que se quedaron en el cajón del viejo escritorio y que ella no leyó, las humedades de Teresa y la lengua alargada de la serpiente. Me asusto y abro los ojos. Ya no está Gilabert,-ni Teresa, ni el ángel negro, ni la biblioteca del Clementinum. Tampoco estoy yo…