– ¿Qué tal se está vendiendo éste? -preguntó Gilabert a la cajera.
– Bastante bien, lo compran para regalar.
Al encaminarse a llamar por teléfono vio a Sandra cómodamente instalada en uno de los sillones de la sala en la que no tardarían en embarcar para San Juan de Puerto Rico. Llevaba unas gafas oscuras y una falda verde loro que le daban un aspecto algo comprometedor. Para sus adentros, Gilabert pensó que algunas mujeres están mejor desnudas, en su estado natural. Abrió la bolsa de mano y comprobó, una vez más, que llevaba el pasaporte, los billetes y los traveller checks. También estaba allí La vida breve, la novela de Juan Carlos Onetti que volvería a leer más de veinte años después. Recordó el argumento de esa novela y se preguntó cuál sería su impresión al volver a leerla. Tal vez le sugeriría algunas ideas para la suya. Pensó que el alcohólico Brausen, recostado en la cama junto a Gertrudis, soñando e inventando personajes a partir de las voces que escucha en el apartamento de la prostituta, no se hallaba muy lejos de él ni de este viaje que ahora emprendía junto a Sandra.
Descolgó el teléfono y marcó. Primero habló con su secretaria y después con Flores. En el despacho también había contado lo del congreso de editores, sabiendo a ciencia cierta que Flores no se lo creería. Pero le daba igual, total, era un empleado con el que a partir de ahora guardaría más las formas (ni siquiera le transmitió su entusiasmo por haber visto el libro de los castillos de Cataluña tan bien situado en la mesa central del quiosco). Luego llamó a su mujer. La niña ya llevaba varios días con su madre y la fiebre y lo de la faringitis obstrusiva era ya un episodio pretérito sin importancia. En el bar, frente a la repentina inspiración provocada por un segundo café, extrajo de la bolsa de mano su libreta de notas y escribió: «La novela podría comenzar en el aeropuerto, con el viaje a Puerto Rico de Luis y Teresa. En una sucesión de flash backs, la narración podría progresar hasta mostrar la relación precedente que existió entre Antonio y Teresa. Cronológicamente, el final coincidiría con el momento en que Antonio muere en el acto de concesión del premio y el lector no conocería la verdadera trama hasta leer ese final, que podría dar a la novela un tono de thriller». De esta enrevesada alternativa estructural, le distrajo la voz excesiva de la megafonía: «La compañía Iberia anuncia la salida de su vuelo 3856 con destino a Roma…». Consultó su reloj. Todavía faltaban más de cuarenta minutos para su embarque en la puerta 23. Guardó la libreta y se incorporó para ver a su clandestina compañera de viaje. Con sus colores estridentes y sus tacones demasiado altos, seguía llamando la atención mientras leía la revista Pronto.
Ayer por la noche, Silvia me planteó que no podemos continuar en esta incomunicación absoluta en la que vivimos. Se acercó con un café con leche y se sentó muy seria junto al sofá en el que yo me hallaba tendido (debajo de la humedad del techo, aprendida de memoria) pensando en la Gálvez y en el inexistente Gilabert. Enteramente desprovisto de argumentos -y hasta de palabras-, tuve que improvisar unas desconsoladas llantinas que no tardaron en enternecerla y en conseguir que se acercara a acariciar mi escaso bagaje capilar. Entonces me dijo que ha pensado en irse a vivir unos días con Ana, como para probar. Con dramatismo, de rodillas y abrazándola con fuerza, le pedí que tuviera un poco de paciencia, que no me dejara en esta situación de soledad y desamparo, de fobias reiteradas «que me podrían llevar incluso al suicidio». Llorando, me contestó que ella también tiene que pensar en sí misma, que ya le ha dado muchas oportunidades a nuestra relación y que se encuentra inmersa en un desequilibrio emocional que casi le impide trabajar. Sin otros recursos, le sugerí visitar al terapeuta de parejas al que me había negado a ir anteriormente, le dije que podríamos replantear en serio la posibilidad de adoptar un niño, le hablé de organizar un viaje a la India, pero ella se mantuvo en su firme decisión de separarse unos días de mí. Al no encontrar otra salida, abrí la ventana para encaramarme y ensayar unos inverosímiles ademanes suicidas que ella, sin embargo, no tardó en creer. Con el miedo en los ojos, corrió hacia la ventana y me tiró de la mano. Me desplomé entonces en sus brazos y nos besamos con desesperación. Luego nos desvestimos y, después de hacer el amor (la cuarta vez en un mismo día para mi convaleciente y heroico pene), nos dormimos abrazados en una intensa efusión de lágrimas y suspiros.
Vuelve otra vez el piadoso Gilabert para tratar de aliviar mi soledad. Me recibe en medio de la noche con un farol de papel chino que tiene el color de la luna. El chisporroteo de luciérnagas voladoras se confunde con las estrellas de un firmamento íntimo e infinito. Erramos durante horas sobre una vasta llanura que no nos concede un solo objeto referencial. La sed y el temor de la sed hacen que esa dilación nos resulte más insoportable en la garganta y en la piel. Una luz siempre lejana se transforma por fin en una ciudad pródiga en simetrías, muros y frontispicios. Sin contemplaciones, mendigamos y luego robamos el agua y la comida a una sin par Dulcinea tosca, ebria y maloliente que nos increpa guarecida bajo una ridícula celada. Comemos y bebemos como comen y abrevan las bestias, y luego exhalamos unos pedos y unos eructos descomunales que resuenan escandalosamente en el silencio de la noche. En nuestra rudeza, nos sentimos mucho más valerosos y convencidos que antes. Nos hallamos en la primera parte de la novela, Sancho, me dice Gilabert súbitamente convertido en un hombre de complexión recia, seco de carnes y enjuto de rostro. Con entusiasmo, me invita a ascender a un asno que ilustra al acercarle la luz marfilosa del farol. Junto al asno hay un flaco rocín rumiando unas hierbas secas. Cuando trato de moverme, me doy cuenta de que mi cuerpo se ha multiplicado en kilos de grasa. Sin pensarlo, amparado por el cariño que me dispensa ahora Gilabert, consigo subir al jumento y, tras azuzarle con una cuerda mojada, comienzo a trotar por la llanura. Saciado de gloria, Gilabert me precede erguido a unos pocos metros, montado en su rocín. En silencio, dejamos el camino al arbitrio de los animales, que parecen conducirnos hacia un lucero que brilla frente a nosotros cada vez más cerca. Descendemos por un camino que se abre entre un bosque de altos espinos y, cuando comienza a amanecer, veo lágrimas en los ojos de mi amo.
– ¿Qué sucede, por qué está usted llorando?
– Sancho, presiento que ésta será la última jornada que pasaremos juntos. Me produce una tristeza infinita el pensar que seguramente ya no nos volveremos a ver nunca más.
– Pero no diga tonterías -exclamo alzando los brazos-, seguro que nos volveremos a ver, tal vez en otra obra de nuestro autor, o quizá en la segunda parte de esta misma novela en la que nos hallamos. Además, piense que es posible que vivamos más allá de nuestros días, pues cada lector que abra nuestro libro y nos lea, nos estará confiriendo una forma de inmortalidad.
– Sancho, amigo, agradezco tus esfuerzos por hacerme creer que mi vida no ha sido ilusoria, pero la verdad es que me encuentro muy viejo y fatigado. Presiento que hoy mismo moriré.
Llorando, descabalgamos de los animales y nos damos un fuerte abrazo. Entonces, un dios me inspira para recordar estas imborrables palabras de Cervantes: