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Sonó el teléfono y Kelly contestó de inmediato.

– Quiero hablar con Brandon -exigió una imperiosa voz femenina.

Kelly torció los labios. Era Bianca Stephens otra vez. Le había pasado su mensaje a Brandon la semana anterior, pero no sabía si la había llamado.

– Un momento, por favor -murmuró. Puso la llamada en espera y anunció la llamada a Brandon por el intercomunicador.

– Dile que deje un mensaje, por favor. No tengo tiempo de hablar con ella ahora.

– De acuerdo -Kelly sabía que la mujer no se tomaría la noticia nada bien. Pulsó otro botón-. Lo siento, señorita Stephens, pero Brandon no puede hablar ahora. ¿Quiere dejarle un mensaje?

– Tienes que estar de broma.

– No, señora. No está disponible, así que tendré que pasarle un mensaje.

– Bien, tengo un mensaje. Dile que necesita despedir a su recepcionista, o lo que seas, porque es una incompetente.

– Eh… ¿disculpe? -Kelly se atragantó.

– ¿No me has oído? ¿También estás sorda?

– No, no estoy sorda, pero…

– Entonces, ponme con Brandon ahora mismo.

– Me temo que no -dijo Kelly, y desconectó la llamada. Temblando, se levantó y paseó de un lado a otro, atónita. ¡Había colgado el teléfono a una supuesta amiga de su jefe! Era una barbaridad pero, por otra parte, le costaba creer que Brandon fuera amigo de alguien tan horrible.

Se preguntó si era demasiado pronto para tomarse otras vacaciones. Tenía que estar muy estresada si era capaz de colgar el teléfono así.

Tendría que decírselo a Brandon. Antes o después, lo oiría de boca de su grosera amiga. Moviendo la cabeza, se sentó de nuevo a idear una explicación razonable.

* * *

Brandon respiró aliviado cuando vio la luz roja apagarse, indicando la desconexión de la llamada.

No le había devuelto a Bianca la llamada de la semana anterior y, encima, acababa de negarse a hablar con ella. Él nunca había sido de los que evitan las confrontaciones y, además, con Bianca lo pasaba bien. Se habían visto bastante, y ella siempre estaba dispuesta a un encuentro puramente sexual cuando coincidían. No entendía por qué no había hablado con ella. ¿Cuál era su problema?

Se revolvió el pelo, intentando descubrirlo. Bianca solo le llamaba cuando estaba en la costa oeste y le apetecía darse un revolcón con él.

Por desgracia, no era buen momento para verla. Brandon tenía que estar a disposición de Kelly y ayudarla mientras estuviera allí ese idiota de Roger. Esa era su excusa para no ver a Bianca.

– ¿Sí, Kelly? -contestó al intercomunicador.

– Quería decirte que corté la llamada de la señorita Stephens por accidente, y que puede que se haya enfadado conmigo. Sé que ahora no tienes tiempo de hablar con ella, pero ¿quieres que la llame y le explique lo ocurrido?

– No te molestes, lo superará -dijo él-. La llamaré la semana que viene.

– De acuerdo -sonó aliviada-. Gracias.

Brandon se recostó en la silla y miró por la ventana. Tal vez llamaría a Bianca la semana siguiente, tal vez no. En realidad, nunca le había parecido divertida. Su mundo giraba alrededor de su trabajo, sus problemas, sus triunfos y su propia importancia. Hablaba de sí misma todo el tiempo. Siempre estaba quejándose de algo.

No necesitaba ese tipo de irritación en ese momento. Tenía que concentrar su energía en observar, y posiblemente «ayudar», a Kelly a poner en acción su plan para recuperar a Roger.

También tenía que contener sus impulsos. Ella había dejado claro dos noches antes que no le estaba permitido volver a romper las normas básicas. Eso podía replantearse en un futuro cercano, pero no mientras Roger estuviera allí. Sin embargo, vigilaría a Kelly; no iba a permitir que se hiciera daño al poner en marcha su estúpido plan.

Brandon se frotó las manos al pensar que ese mismo día vería cara a cara al imbécil que había hecho sufrir a Kelly.

Comenzaba el juego.

Capítulo 7

– Tal vez no sepa con quién está tratando -dijo una mujer rubia a la recepcionista. Muy cerca, un hombre elegantemente vestido daba golpecitos en el suelo con el pie, impaciente.

Kelly habría reconocido el sonido en cualquier sitio. Era Roger, por supuesto. Al observarlo, recordó que el más mínimo inconveniente podía sacarlo de sus casillas. Y la primera señal de advertencia eran los golpecitos con el pie.

El resto del grupo de Roger también estaba en el vestíbulo, diez o doce hombres de negocios y varias mujeres, esperando para registrarse.

Sharon, la recepcionista, sonrió cálidamente.

– Somos muy conscientes de quién es el señor Hempstead. Es un honor darles la bienvenida. Nos complace que su empresa haya escogido nuestro hotel para su conferencia. Hemos instalado al señor Hempstead en Sauvignon, nuestra suite privada más exclusiva. Estoy finalizando la documentación; me ocuparé del resto de las reservas de inmediato.

– Eso espero.

Sharon, sin dejar de sonreír, metió dos tarjetas de plástico en un estuche de cartón y tocó una reluciente campanilla de latón.

– Uno de nuestros botones acompañará al señor Hempstead a su suite.

– Póngame en la habitación más cercana a la de él.

Kelly estudió a la fría y atractiva mujer y asumió que era la secretaria de Roger, o algún tipo de socia. El traje negro de raya fina y la blusa de seda gris parecían demasiados serios y fuera de lugar en la elegancia informal del vestíbulo, pero era indudable que el estilo favorecía a la mujer. Daba la impresión de ser formal de pies a cabeza.

De repente, Kelly pensó que tal vez Roger y la mujer se acostaban juntos. Eso supondría un inconveniente que ni siquiera había considerado.

Miró a Roger. Seguía siendo muy guapo, pero el cabello rubio oscuro empezaba a clarear en la coronilla. Estaba demasiado moreno. El traje marrón era impecable pero algo pasado de moda. La corbata era de rayas borgoña y oro, los colores de su universidad. Tenía aspecto de exactamente lo que era: el privilegiado y malcriado descendiente de una venerable familia de la costa este.

En ese momento, Sharon miró a su alrededor con expresión de ansiedad y Kelly supo que había que intervenir. Justo entonces, Brandon entró al vestíbulo por la puerta opuesta. Fue directo hacia Roger, para horror de Kelly.

– Hola, señor Hempstead -saludó Brandon, estrechando la mano de Roger-. Es un placer conocerlo. Esperábamos su llegada. Soy Brandon Duke. Bienvenido al Mansion Silverado Trail.

– Gracias -dijo Roger, impresionado porque el magnate y exjugador de fútbol fuera a saludarlo en persona-. Hemos oído buenas críticas sobre el hotel, pero hay un error con nuestras habitaciones…

– No es un error -intervino Brandon, agitando el dedo-. Una subida de categoría.

Kelly frunció el ceño, preguntándose qué tramaba su jefe. En ese momento las diferencias entre los dos hombres le parecían tan obvias que no sabía por qué le había dicho a Brandon que se parecían. Cierto que ambos eran ricos y ambiciosos. Sin embargo, aunque Brandon era mandón, y le gustaba salirse con la suya, no tenía ni un ápice de la altiva arrogancia que tenía su exnovio.

Mientras los hombres hablaban, la rubia se dio la vuelta y miró a Brandon de pies a cabeza, como si fuera un filete y ella una leona hambrienta.

Kelly, que ya había visto suficiente, cuadró los hombros y fue hacia el mostrador.

– Hola, Roger -dijo.

Él la miró sin mucho interés, pero de repente dio un respingo y abrió los ojos de par en par.

– ¿Kelly?

– Sí, Roger, soy yo -fue al otro lado del mostrador-. Vamos a terminar con el registro y podréis ir a vuestras habitaciones.