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Personalmente, a Brandon le habría encantado ver cómo las bebidas caían sobre la cabeza de Roger, a su pesar, se interpuso entre ellos, agarró a Roger de los hombros y le dio la vuelta.

– Ya ha bebido suficiente, amigo.

– Tú otra vez -balbuceó Roger-. Aparta, ¿vale? Ella me desea.

– Estoy seguro -dijo Brandon, rodeando a Roger con un brazo y conduciéndole en otra dirección-. Pero hago esto por su bien. Tiene un gancho de derecha pernicioso, y un marido enorme y con poco sentido del humor. Es peligroso.

– Pero noto que le gusto. Y está muy buena.

– Sí, amigo, seguro que les gustas a todas -masculló Brandon, guiándolo hacia la puerta-. Venga, es hora de dejarlo por hoy.

De repente, la reina del hielo apareció al otro lado de Roger y lo agarró por la cintura.

– Yo me ocuparé de él -dijo.

– Eh, tú -exclamó Roger señalándola con un dedo-. Te conozco.

– Sí, y yo a ti -le dio una palmadita en el pecho.

– ¿Seguro que podrá? -preguntó Brandon, temiendo que Roger pudiera derribar a la delgada mujer con un simple movimiento del brazo.

– No sería la primera vez -dijo ella.

– ¿Qué te parece si vamos a mi habitación? -Roger pasó un brazo por los hombros de la mujer y la miró a la cara-. Tengo un jacuzzi.

– Suena irresistible -contestó ella, y se alejaron.

Brandon movió la cabeza con disgusto. El hombre era un auténtico imbécil, pero a la mujer parecía no importarle. Había gente de todo tipo.

Roger creía que podía hacer lo que le diera la gana, con quien él eligiera y cuando quisiera. Podía beber en exceso y ser desconsiderado con impunidad porque era rico y poderoso. Había nacido siéndolo y lo utilizaba como arma.

Brandon había conocido a muchos como él en su época de futbolista.

El padre de Brandon también había sido así, pero sin dinero. Un hombre enorme que intimidaba a los demás con su fuerza. Para él era un juego, y Brandon y su madre habían sido sus juguetes favoritos. Lo demostraba con los puños.

Brandon imaginaba el daño que un hombre como ese podía infligir a alguien tan gentil y dulce como Kelly. Apretó los puños al pensar que Kelly iba a cenar con él la noche siguiente.

Brandon sabía que ella le había dado largas los últimos días, con el efecto de que el tipo la deseara más que nunca. Lo sabía porque había vigilado cada paso que daba Kelly. Y si él no podía, lo hacían otros que luego le informaban. Roger no le gustaba y no le merecía la menor confianza.

Le había prometido a Kelly que no interferiría en sus planes de cenar con su exnovio, pero no tenía la menor intención de dejarla a solas con él. Estaría cerca esperando, observando, asegurándose de que Roger no volvía a hacerle daño.

Al día siguiente llegó la gran noche de Kelly. Para cenar con Roger se puso un seductor vestido negro que había reservado para la ocasión. Se ajustaba a su cuerpo como un guante, acentuando sus curvas. Apenas tenía mangas y el escote, en forma de corazón, le realzaba el pecho.

Se miró en el espejo mientras se ponía un collar de diamantes de imitación y pendientes a juego. Le gustó lo que veía. El esfuerzo había valido la pena.

Había decidido cenar con Roger en su elegante suite, en vez de en el restaurante del hotel. Así su conversación sería privada. Brandon no podría escuchar e interrumpirles sin razón justificada.

Aunque Kelly conocía a Roger desde hacía años y se sentía segura con él, había comprobado con la cocina que había encargado cena. No quería que pensara que podía invitarla a su habitación e intentar seducirla sin más. Fue un gran alivio saber que había pedido una deliciosa cena para dos.

Iniciarían la velada con una botella de champán y una bandeja de aperitivos, seguirían con carne de primera y suflé de chocolate de postre. Cuando salían juntos Roger había sido tacaño cuando cenaban fuera, pero esa noche había dado el do de pecho. Kelly suponía que pretendía impresionarla, justo como ella había esperado.

Si conseguía que le suplicara que volviese con él, su plan habría triunfado. Le rechazaría, por supuesto. Y si le preguntaba el porqué, se lo diría. Él protestaría y posiblemente acabara insultándola. Pero no le importaba. Solo quería la satisfacción de saber que la encontraba atractiva y quería recuperarla. Entonces ella saldría de su vida para siempre e iniciaría un futuro de color de rosa.

Una parte de ella sabía que el plan era algo mezquino, pero también sabía que necesitaba hacerlo. Tenía que poner fin a esa parte de su vida.

Y ya en plano egoísta, apenas había almorzado, así que si conseguía dejarlo plantado después del suflé de chocolate, el éxito de la velada sería total.

No tendría que haber ido. Las tres últimas horas eran tiempo perdido que nunca recuperaría.

La buena noticia era que la carne había superado la perfección y que el suflé de chocolate era gloria divina; la mala noticia era que ambas cosas le pesaban en el estómago como piedras.

Roger la había recibido guapo y elegante, con chaqueta de Armani y una camisa de raya fina de Brooks Brothers. Había sido un perfecto caballero toda la velada. La había piropeado y preguntado por su vida en California. Le había hablado de amigos mutuos y le había contado cosas sobre la gente que trabajaba para él.

Estaba muerta de aburrimiento.

Habían bebido champán, degustado canapés y disfrutado de la cena y el postre. Y él no se había insinuado. Tenía que pasarle algo raro. Desde su llegada el lunes, se había insinuado, buscándola al menos dos veces al día, con una urgencia que ella, obviamente, había confundido con deseo. Porque esa noche, nada. Solo educación y cortesía.

Tal vez fuera mejor así. Al fin y al cabo, Roger era agua pasada, no sentía absolutamente nada por él. Y tenía que agradecérselo a Brandon.

– Ha sido fantástico ponernos al día, Roger -dijo, apartando la silla y poniéndose en pie-. La cena ha sido fantástica, pero debería irme ya.

– Kelly, espera -se levantó de un salto y le agarró una mano-. No te vayas. Tenemos que hablar.

– Llevamos toda la noche hablando, Roger -dijo ella mirando la mano y luego su rostro.

– Lo sé, pero no he dicho lo que necesitaba decir -se acercó más a ella-. Mira, Kelly, quiero pedirte disculpas.

– ¿De veras?

– Sí. Dios, estás preciosa -deslizó los dedos por su hombro. Ella sintió un desagradable escalofrío.

– ¿A qué viene todo esto, Roger?

– Llevo toda la noche intentando… -apretó los dientes con aspecto avergonzado-, bueno, verás, sé que dije cosas que no debí decir cuando estábamos juntos. Me equivoqué. Fui… estúpido. Pero al verte esta semana y recordar lo que tuvimos, lo echo de menos. Te echo de menos a ti. Quiero otra oportunidad. Vuelve conmigo, Kelly.

Kelly lo miró. Ahora que por fin decía lo que había esperado, no se creía una sola palabra.

– Yo… Roger, no sé qué decir.

– Di que sí. Haz las maletas y vuelve conmigo.

– Roger, yo…

– Espera, no digas nada. Solo… siente -inclinó la cabeza para besarla. De hecho, más bien estrelló los labios contra los de ella.

Ella lo permitió. Y cuando volvió a besarla con un poco más de delicadeza, Kelly intentó sentir anhelo, algo. Pero no había nada. Y comprendió que nunca había sentido atracción por Roger, pero había creído que era problema de ella, no de él.

¿Dónde estaban los relámpagos? ¿Dónde los fuegos artificiales? ¿Los rayos de sol? Siempre los sentía cuando Brandon la besaba.

Roger la atrajo y le besó el cuello.

– Oh, Kelly, estábamos tan bien juntos.