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Cuando ella se sienta bien fuerte y animosa y alegre, y papá esté de nuevo en casa y ningún guripa de la político-social nos vigile y todos seamos felices otra vez y nunca más nos acordemos de la pobreza ni del hambre ni del frío ni de nada…

No dices más que chorradas.

Bueno. Gracias por darme un poco de conversación.

Me divierte bastante tomarle el pelo a un embrión tan gilipollas.

De todos modos te agradezco mucho la compañía. A veces aquí me siento angustiado pensando en la mala salud de mamá y en sus problemas…

Culpa tuya, ¿sabes? Has conseguido que ella no piense más que en ti. Mírala.

Está sacando sábanas limpias del cajón inferior. Luego, abierto el cajón superior, sus manos se demoran amorosamente en la lana azul. David engulle el plátano casi deshecho y sigue farfullando: Mírala, ya está otra vez acariciando tu ropita de bebé, tu gorrito de lana y tus peuquitos, ya sólo piensa en eso, ya te está viendo crecidito, ya está echando agua de colonia en tu pelo y te peina bien peinadito, con la raya muy recta a un lado, ya está poniendo la bufanda alrededor de tu cuello y la merienda en tu cartera del colegio…

– ¿Qué estás murmurando, David? -dice mamá-. ¿Hablas con el perro?

– Nada, estaba pensando en voz alta.

– Pues algo le pasa a tu garganta.

– Estoy afónico. ¡Agggggssss…! Y me duele.

– A ver si me vas a coger unas anginas. Haz gárgaras con agua templada y bicarbonato… ¿Adonde vas ahora? Aún no has hecho los deberes.

– Luego. Voy a buscar espárragos al otro lado del torrente, con Pauli.

¡Serás trolero, hermano! No hay espárragos en esta época del año.

Quería decir moras, feto asqueroso, gruñe David (de pronto le llega la voz de pito de Paulino hundido en su butaca del cine: ¡Cáspita! ¡Se te ha puesto dura como una pastilla de chocolate del bueno!). Voy a coger moras en el barranco, eso quería decir. Moras.

Mentira. Te vas al Delicias con Paulino Bardolet y sus maracas.

Cállate ya, monicaco, o juro que te romperé los morros el día que te asomes a este mundo…

– ¿Qué te pasa, hijo, qué refunfuñas? No estarás haciendo gárgaras con el plátano.

– No, son payasadas para que te rías un poco… -se hurga los dientes con la uña y saca una fibra del plátano-. Es que casi nunca te vemos reír…

– Ay, gracias por la buena intención, tesoro. Ven, échame una mano.

– Con la ayuda de David, empujando a su lado, cierra el pesado cajón de la consola-. Este gordito amigo tuyo, Paulino, ¿todavía va al colegio?

– Qué va. Remoja barbas en la barbería ambulante de su padre. En Asturias cuidaba vacas con los abuelos, pero sabe muchas cosas, hizo dos cursos de bachillerato. Tiene un tío que es guardia urbano y le deja limpiar la pistola… Quiere meterlo en la Guardia Civil, pero a Paulino lo que le gustaría es tocar las maracas en una orquesta tropical. Toca las maracas la mar de bien. ¿Te gustaría oírle un día?

– ¿Por qué no?

– Oye, madre, ¿dónde vamos a poner la cunita del pequeño Víctor?

– No tenemos cuna todavía.

– ¿ Y la mía?

– La tuya dónde estará. Se la di a una vecina hace años. Anda, ayúdame a hacer la cama antes de irte.

Los sábados en el cine Delicias, si la platea está a tope y toca sentarse detrás de la columna, puedes acabar con tortícolis o con la cabeza apoyada en el hombro del vecino de butaca. No hay mal que por bien no venga, pensaría Paulino Bardolet, que alguna vez se había excusado en el estorbo de esa columna para arrimarse al acompañante. Pero con David no le vale el truco, pues David prefiere sentarse en las primeras filas y cerca de los urinarios.

Sabu es un embusterillo listísimo de piel cobriza, el technicolor es de ensueño y los labios rojos de la princesa, para comérselos. A su debido tiempo habría yo de enterarme de todo eso.

¿Quién sois vos?, dice la princesa en su jardín, y Paulino mueve los labios uniendo puntualmente su voz a la suya, calcando sus mismas palabras en la pantalla con la vocecita estrangulada:

Vuestro esclavo, dice el príncipe escapado de su reflejo en el lago.

¿De dónde habéis venido?

Del otro lado del tiempo, para encontraros.

¿Desde cuándo me buscáis?, susurran la princesa y Paulino al unísono.

Desde el principio de los tiempos.

Y ahora que me habéis encontrado, ¿hasta cuándo pensáis quedaros?

Hasta el fin del tiempo. Para mí ya no puede haber en el mundo más belleza que la vuestra.

– Qué emocionante, ¿verdad, David?

– Chorradas.

– ¿Te aburre la peli? ¿Qué te juegas que adivino lo que llevas en los bolsillos tocando sólo por encima del pantalón? -susurra Paulino mientras desliza la mano en la sombra.

– Ahora no, Pauli. Me silban los oídos.

– Venga, hombre.

Un débil gemido escapa de sus labios inflados. No es la primera vez que se presenta en el Delicias en ese estado, con la mirada bizca trabada en un espanto y un hilo de sangre saliendo de su nariz, deslizándose sobre el labio superior hasta alcanzar la comisura y meterse en la boca. Más adelante, mediada la película, el arrogante Conrad Veidt también sabe apreciar la belleza de la princesa con su mirada de hielo azul y con palabras emocionadas que, ahora sí, paralizan a David.

…sus ojos son ojos babilónicos, sus cejas rivalizan con la luna brillante del Ramadán, su cuerpo es recto y erguido como la letra A… Se pierde el resto porque Paulino tose tres veces y escupe en el pañuelo. Su respiración suena como un fuelle. David se sacude la cabeza febril y pelona apoyada en su hombro y le suelta un codazo en las costillas.

– ¡Ay, que me duele! -da un respingo Paulino.

– ¿Otra vez con esa gaita, mamoncete?

– ¡Ay ay ay, que me muero!

– No seas quejica, que ni te he tocado.

– Ponme la mano en el costado, aquí, por debajo de la camiseta. ¡Pero suave suave!

– Te veo venir.

– No es eso… ¿No tocas la costilla rota? ¿No la notas?

– Noto la piel de niña tan fina y preciosa que tienes, guercho puñetero.

– ¿Por qué te burlas de mí? También tengo un diente roto, ¿sabes?

– Entonces qué pasa, ¿otro puyazo del cafre de tu tío? -susurra David-. Pedazo de melón, te dije que no te acercaras más por su casa.

– ¡Y qué puedo hacer! Mi padre quiere que lo afeite cada sábado. Así vas aprendiendo, dice, y agradece que el tío se preste sin miedo a que lo desuelles vivo.

– Rebáñale el gaznate. Yo ya lo habría hecho.

– Si lo vieras como yo, no dirías eso. Con el paño atado debajo de la barbilla parece un muerto que se deja afeitar (su negra bocaza abriéndose ante el filo de la navaja al pinzar la nariz con los dedos: un diente de oro, un olor corrupto). Se queda con los ojos cerrados y muy quieto, y no protesta si le rebaño algún granito o le hago un corte sin querer. Se va al espejo y restaña las heriditas pacientemente con trocitos de papel de fumar, pero después cierra la puerta con llave, pone música en la gramola y venga a darme de hostias. Eso para empezar, porque luego me agarra del pelo y de los hue-vines, aquí y aquí, mira, y me dice que lo mío es una enfermedad, una maldición del demonio, pero que de todos modos nunca lo dirá en casa porque si mis padres lo supieran se sentirían muy desgraciados, dice -la voz de Paulino en la oscuridad se apelmaza con mocos y sangre-. Que esto tuyo es una vergüenza antinatura y te la sacaré del cuerpo a bastonazos y a patadas, dice, aunque tenga que matarte… Y entonces me obliga a besar la sirenita tatuada que sonríe como una furcia asquerosa, de esas que te clavan unas purgaciones con sólo mirarte…

– ¿Tatuada? -dice David-. ¿Dónde?

– Dónde crees. En el culo. Si lo vieras (y si vieras su polla, guapín, tiene más mierda que el palo de un gallinero), cada sábado se monta el mismo circo, y a veces el domingo también, si no está de servicio regulando el tráfico con su uniforme blanco y su salacot en el cruce Gran Vía-Rambla de Cataluña…

Las consabidas lamentaciones susurradas siempre tan de cerca, y el olor zorruno del miedo y el cálido aliento pegado a la mejilla, pero todo eso a David no le hace perder de vista la deslumbrante explosión de color y de música bajo el cielo azul de Bagdad. Ahora la princesa cierra los ojos ofreciendo sus labios rojos al beso traicionero de la negra boca de Conrad Veidt, y él siente una repentina dulzura en el espinazo, un gusanito de miel subiendo despacio desde el ojete hasta el cerebro, y no acierta a saber si esa dulzura rampante la provoca la hermosa boca de June Duprez abriéndose como una rosa de fuego o la mano juguetona y temblorosa del amigo, baldado una vez más por el bestia del ex legionario. Porque el tonto de Pauli, piensa, que ha visto la película tres veces y se la sabe de memoria, sólo presta atención a las escenas en las que aparece Sabu con su moreno torso lampiño y su taparrabos. Y, habiéndose aliviado un poco de su pena, ahora prefiere jugar:

– A que adivino lo que llevas en los bolsillos del pantalón.

– ¿Otra vez?

– A que sí. Anda, déjame -su mano empieza a palpar-. Esto es un pañuelo, esto la cajita de pastillas Juanola, esto el cortaplumas de mango verde -la voz se va haciendo un susurro pastoso-, esto un tronquito de regaliz… ¿Y esto? ¿Qué es esto, una salchichita, un gusanito…?

– ¡Que me haces cosquillas, cabrito!

– Aún tienes el arañazo de la Pili.

– Fue la pezuña de Chispa. Esto me pasa por llevar pantalón corto -se lamenta David, y lo mismo hace cada dos por tres ante la pelirroja y con las mismas palabras. ¿Hasta cuándo, mamá? Ya soy muy ganapia, tú misma lo dices siempre, y todavía me haces llevar pantalón corto.