Выбрать главу

– Qué secante sos -dijo Traveler, bufando-. En qué líos nos metés.

Oliveira vio su oportunidad.

– Callate, miriápodo de diez a doce centímetros de largo, con un par de patas en cada uno de los veintiún anillos en que tiene dividido el cuerpo, cuatro ojos y en la boca mandibulillas córneas y ganchudas que al morder sueltan un veneno muy activo -dijo de un tirón.

– Mandibulillas -comentó Traveler-. Vos fijate las palabras que profiere. Che, si sigo sacando el tablón por la ventana va a llegar un momento en que la fuerza de gravedad nos va a mandar al diablo a Talita y a mí:

– Ya veo -dijo Oliveira- pero considerá que la punta del tablón está demasiado lejos para que yo pueda agarrarlo.

– Estirá un poco las mandibulillas -dijo Traveler.

– No me da el cuero, che. Además sabés muy bien que sufro de horror vacuis. Soy una caña pensante de buena ley.

– La única caña que te conozco es paraguaya -dijo Traveler furioso-. Yo realmente no sé qué vamos a hacer, este tablón empieza a pesar demasiado, ya sabés que el peso es una cosa relativa. Cuando lo trajimos era livianísimo, claro que no le daba el sol como ahora.

– Volvé a meterlo en la pieza -dijo Oliveira, suspirando-. Lo mejor va a ser esto: Yo tengo otro tablón, no tan largo pero en cambio más ancho. Le pasamos una soga haciendo un lazo, y atamos los dos tablones por la mitad. El mío yo lo sujeto a la cama, vos hacés como te parezca.

– El nuestro va a ser mejor calzarlo en un cajón de la cómoda -dijo Talita-. Mientras traés el tuyo, nosotros nos preparamos.

«Qué complicados son», pensó Oliveira yendo a buscar el tablón que estaba parado en el zaguán, entre la puerta de su pieza y la de un turco curandero. Era un tablón de cedro, muy bien cepillado pero con dos o tres nudos que se le habían salido. Oliveira pasó un dedo por un agujero, observó cómo salía por el otro lado, y se preguntó si los agujeros servirían para pasar la soga. El zaguán estaba casi a oscuras (pero era más bien la diferencia entre la pieza asoleada y la sombra) y en la puerta del turco había una silla donde se desbordaba una señora de negro. Oliveira la saludó desde detrás del tablón, que había enderezado y sostenía como un inmenso (e ineficaz) escudo.

– Buenas tardes, don -dijo la señora de negro-. Qué calor que hace.

– Al contrario, señora -dijo Oliveira-. Hace mas bien un frío horrible.

– No sea chistoso, señor -dijo la señora-. Más respeto con los enfermos.

– Pero si usted no tiene nada, señora.

– ¿Nada? ¿Cómo se atreve?

«Esto es la realidad», pensó Oliveira, sujetando el tablón y mirando a la señora de negro. «Esto que acepto a cada momento como la realidad y que no puede ser, no puede ser.»

– No puede ser -dijo Oliveira.

– Retírese, atrevido -dijo la señora-. Le debía dar vergüenza salir a esta hora en camiseta.

– Es Masllorens, señora -dijo Oliveira.

– Asqueroso -dijo la señora.

«Esto que creo la realidad», pensó Oliveira, acariciando el tablón, apoyándose en él. «Esta vitrina arreglada, iluminada por cincuenta o sesenta siglos de manos, de imaginaciones, de compromisos, de pactos, de secretas libertades.»

– Parece mentira que peine canas -decía la señora de negro.

«Pretender que uno es el centro», pensó Oliveira, apoyándose más cómodamente en el tablón. «Pero es incalculablemente idiota. Un centro tan ilusorio como lo sería pretender la ubicuidad. No hay centro, hay una especie de confluencia continua, de ondulación de la materia. A lo largo de la noche yo soy un cuerpo inmóvil, y del otro lado de la ciudad un rollo de papel se está convirtiendo en el diario de la mañana, y a las ocho y cuarenta yo saldré de casa y a las ocho y veinte el diario habrá llegado al kiosko de la esquina, y a las ocho y cuarenta y cinco mi mano y el diario se unirán y empezarán a moverse juntos en el aire, a un metro del suelo, camino del tranvía…»

– Y don Bunche que no la termina más con el otro enfermo -dijo la señora de negro.

Oliveira levantó el tablón y lo metió en su pieza. Traveler le hacía señas para que se apurara, y para tranquilizarlo le contestó con dos silbidos estridentes. La soga estaba encima del ropero, había que arrimar una silla y subirse.

– Si te apuraras un poco -dijo Traveler.

– Ya está, ya está -dijo Oliveira, asomándose a la ventana-. ¿Tu tablón está bien sujeto, che?

– Lo calzamos en un cajón de la cómoda, y Talita le metió encima la Enciclopedia Autodidáctica Quillet.

– No está mal -dijo Oliveira-. Yo al mío le voy a poner la memoria anual del Statens Psykologisk-Pedagogiska Institut, que le mandan a Gekrepten no se sabe por qué.

– Lo que no veo es cómo los vamos a ensamblar -dijo Traveler, empezando a mover la cómoda para que el tablón saliera poco a poco por la ventana.

– Parecen dos jefes asirios con los arietes que derribaban las murallas -dijo Talita que no en vano era dueña de la enciclopedia-. ¿Es alemán ese libro que dijiste?

– Sueco, burra -dijo Oliveira-. Trata de cosas tales como la Mentalhygieniska synpunkter i Förskoleundervisning. Son palabras espléndidas, dignas de este mozo Snorri Sturlusson tan mencionado en la literatura argentina. Verdaderos pectorales de bronce, con la imagen talismánica del halcón.

– Los raudos torbellinos de Noruega -dijo Traveler.

– ¿Vos realmente sos un tipo culto o solamente la embocás? -preguntó Oliveira con cierto asombro.

– No te voy a decir que el circo no me lleve tiempo -dijo Traveler- pero siempre queda un rato para abrocharse una estrella en la frente. Esta frase de la estrella me sale siempre que hablo del circo, por pura contaminación. ¿De dónde la habré sacado? ¿Vos tenés alguna idea, Talita? -No -dijo Talita, probando la solidez del tablón-. Probablemente de alguna novela portorriqueña.

– Lo que más me molesta es que en el fondo yo sé dónde he leído eso.

– ¿Algún clásico? -insinuó Oliveira.

– Ya no me acuerdo de qué trataba -dijo Traveler pero era un libro inolvidable.

– Se nota -dijo Oliveira.

– El tablón nuestro está perfecto -dijo Talita-. Ahora que no sé cómo vas a hacer para sujetarlo al tuyo.

Oliveira acabó de desenredar la soga, la cortó en dos, y con una mitad ató el tablón al elástico de la cama. Apoyando el extremo del tablón en el borde de la ventana, corrió la cama y el tablón empezó a hacer palanca en el antepecho, bajando poco a poco hasta posarse sobre el de Traveler, mientras los pies de la cama subían unos cincuenta centímetros. «Lo malo es que va a seguir subiendo en cuanto alguien quiera pasar por el puente», pensó Oliveira preocupado. Se acercó al ropero y empezó a empujarlo en dirección a la cama.

– ¿No tenés bastante apoyo? -preguntó Talita, que se había sentado en el borde de su ventana, y miraba hacia la pieza de Oliveira.

– Extrememos las precauciones -dijo Oliveira- para evitar algún sensible accidente.

Empujó el ropero hasta dejarlo al lado de la cama, y lo tumbó poco a poco. Talita admiraba la fuerza de Oliveira casi tanto como la astucia y las invenciones de Traveler. «Son realmente dos gliptodontes», pensaba enternecida. Los períodos antediluvianos siempre le habían parecido refugio de sapiencia.

El ropero tomó velocidad y cayó violentamente sobre la cama, haciendo temblar el piso. Desde abajo subieron gritos, y Oliveira pensó que el turco de al lado debía estar juntando una violenta presión shamánica. Acabó de acomodar el ropero y montó a caballo en el tablón, naturalmente que del lado de adentro de la ventana.