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López.- Y claro, cuando se ha vivido allí más de un ano, uno sabe muy bien que el nivel de los estudios deja mucho que desear.

Pérez.- Es un hijo de Paco García, que fue ministro de Comercio, y que criaba toros.

López.- Una vergüenza, créame usted, una verdadera vergüenza.

Pérez.-Sí, hombre, ni qué hablar. Pues este doctor García…

Oliveira estaba ya un poco aburrido del diálogo, y cerró el cuaderno. «Shiva», pensó bruscamente. «Oh bailarín cósmico, cómo brillarías, bronce infinito, bajo este sol. ¿Por qué pienso en Shiva? Buenos Aires. Uno vive. Manera tan rara. Se acaba por tener una enciclopedia. De qué te sirvió el verano, oh ruiseñor. Claro que peor sería especializarse y pasar cinco años estudiando el comportamiento del acridio. Pero mirá qué lista increíble, pibe, mirame un poco esto…»

Era un papelito amarillo, recortado de un documento de carácter vagamente internacional. Alguna publicación de la Unesco o cosa así, con los nombres de los integrantes de cierto Consejo de Birmania. Oliveira empezó a regodearse con la lista y no pudo resistir a la tentación de sacar un lápiz y escribir la jitanjáfora siguiente:

U Nu,

U Tin,

Mya Bu,

Thado Thiri Thudama U E Maung,

Sithu U Cho,

Wunna Kyaw Htin U Khin Zaw,

Wunna Kyaw Htin U Thein Han,

Wunna Kyaw Htin U Myo Min,

Thiri Pyanchi U Thant,

Thado Maba Thray Sithu U Chan Htoon.

«Los tres Wunna Kyaw Htin son un poco monótonos», se dijo mirando los versos. «Debe significar algo como ‘Su excelencia el Honorabilísimo’. Che, qué bueno es lo de Thiri Pyanchi U Thant, es lo que suena mejor. ¿Y cómo se pronunciará Htoon?»

– Salú -dijo Traveler.

– Salú -dijo Oliveira-. Qué frío hace, che.

– Disculpa si te hice esperar. Vos sabés, los clavos…

– Seguro -dijo Oliveira-. Un clavo es un clavo, sobre todo si está derecho. ¿Hiciste un paquete?

– No -dijo Traveler, rascándose una tetilla-. Qué barbaridad de día, che, es como fuego.

– Avisa -dijo Oliveira tocándose la camiseta completamente seca-. Vos sos como la salamandra, vivís en un mundo de perpetua piromanía. ¿Trajiste la yerba?

– No -dijo Traveler-. Me olvidé completamente de la yerba. Tengo nada más que los clavos.

– Bueno, andá buscala, me hacés un paquete y me lo revoleás.

Traveler miró su ventana, después la calle, y por último la ventana de Oliveira.

– Va a ser peliagudo -dijo-. Vos sabés que yo nunca emboco un tiro, aunque sea a dos metros. En el circo me han tomado el pelo veinte veces.

– Pero si es casi como si me lo alcanzaras -dijo Oliveira.

– Vos decís, vos decís, y después los clavos le caen en la cabeza a uno de abajo y se arma un lío.

– Tirame el paquete y después hacemos juegos en el cementerio -dijo Oliveira.

– Sería mejor que vinieras a buscarlo.

– ¿Pero vos estás loco, pibe? Bajar tres pisos, cruzar por entre el hielo y subir otros tres pisos, eso no se hace ni en la cabaña del tío Tom.

– No vas a pretender que sea yo el que practique ese andinismo vespertino.

– Lejos de mí tal intención -dijo virtuosamente Oliveira.

– Ni que vaya a buscar un tablón a la antecocina para fabricar un puente.

– Esa idea -dijo Oliveira- no es mala del todo, aparte de que nos serviría para ir usando los clavos, vos de tu lado y yo del mío.

– Bueno, esperá -dijo Traveler, y desapareció.

Oliveira se quedó pensando en un buen insulto para aplastar a Traveler en la primera oportunidad. Después de consultar el cementerio y echarse un jarro de agua en la camiseta se apostó a pleno sol en la ventana. Traveler no tardó en llegar arrastrando un enorme tablón, que sacó poco a poco por la ventana. Recién entonces Oliveira se dio cuenta de que Talita sostenía también el tablón, y la saludó con un silbido. Talita tenía puesta una salida de baño verde, lo bastante ajustada como para dejar ver que estaba desnuda.

– Qué secante sos -dijo Traveler, bufando-. En qué líos nos metés.

Oliveira vio su oportunidad.

– Callate, miriápodo de diez a doce centímetros de largo, con un par de patas en cada uno de los veintiún anillos en que tiene dividido el cuerpo, cuatro ojos y en la boca mandibulillas córneas y ganchudas que al morder sueltan un veneno muy activo -dijo de un tirón.

– Mandibulillas -comentó Traveler-. Vos fijate las palabras que profiere. Che, si sigo sacando el tablón por la ventana va a llegar un momento en que la fuerza de gravedad nos va a mandar al diablo a Talita y a mí:

– Ya veo -dijo Oliveira- pero considerá que la punta del tablón está demasiado lejos para que yo pueda agarrarlo.

– Estirá un poco las mandibulillas -dijo Traveler.

– No me da el cuero, che. Además sabés muy bien que sufro de horror vacuis. Soy una caña pensante de buena ley.

– La única caña que te conozco es paraguaya -dijo Traveler furioso-. Yo realmente no sé qué vamos a hacer, este tablón empieza a pesar demasiado, ya sabés que el peso es una cosa relativa. Cuando lo trajimos era livianísimo, claro que no le daba el sol como ahora.

– Volvé a meterlo en la pieza -dijo Oliveira, suspirando-. Lo mejor va a ser esto: Yo tengo otro tablón, no tan largo pero en cambio más ancho. Le pasamos una soga haciendo un lazo, y atamos los dos tablones por la mitad. El mío yo lo sujeto a la cama, vos hacés como te parezca.

– El nuestro va a ser mejor calzarlo en un cajón de la cómoda -dijo Talita-. Mientras traés el tuyo, nosotros nos preparamos.

«Qué complicados son», pensó Oliveira yendo a buscar el tablón que estaba parado en el zaguán, entre la puerta de su pieza y la de un turco curandero. Era un tablón de cedro, muy bien cepillado pero con dos o tres nudos que se le habían salido. Oliveira pasó un dedo por un agujero, observó cómo salía por el otro lado, y se preguntó si los agujeros servirían para pasar la soga. El zaguán estaba casi a oscuras (pero era más bien la diferencia entre la pieza asoleada y la sombra) y en la puerta del turco había una silla donde se desbordaba una señora de negro. Oliveira la saludó desde detrás del tablón, que había enderezado y sostenía como un inmenso (e ineficaz) escudo.

– Buenas tardes, don -dijo la señora de negro-. Qué calor que hace.

– Al contrario, señora -dijo Oliveira-. Hace mas bien un frío horrible.

– No sea chistoso, señor -dijo la señora-. Más respeto con los enfermos.

– Pero si usted no tiene nada, señora.

– ¿Nada? ¿Cómo se atreve?

«Esto es la realidad», pensó Oliveira, sujetando el tablón y mirando a la señora de negro. «Esto que acepto a cada momento como la realidad y que no puede ser, no puede ser.»

– No puede ser -dijo Oliveira.

– Retírese, atrevido -dijo la señora-. Le debía dar vergüenza salir a esta hora en camiseta.

– Es Masllorens, señora -dijo Oliveira.

– Asqueroso -dijo la señora.

«Esto que creo la realidad», pensó Oliveira, acariciando el tablón, apoyándose en él. «Esta vitrina arreglada, iluminada por cincuenta o sesenta siglos de manos, de imaginaciones, de compromisos, de pactos, de secretas libertades.»

– Parece mentira que peine canas -decía la señora de negro.

«Pretender que uno es el centro», pensó Oliveira, apoyándose más cómodamente en el tablón. «Pero es incalculablemente idiota. Un centro tan ilusorio como lo sería pretender la ubicuidad. No hay centro, hay una especie de confluencia continua, de ondulación de la materia. A lo largo de la noche yo soy un cuerpo inmóvil, y del otro lado de la ciudad un rollo de papel se está convirtiendo en el diario de la mañana, y a las ocho y cuarenta yo saldré de casa y a las ocho y veinte el diario habrá llegado al kiosko de la esquina, y a las ocho y cuarenta y cinco mi mano y el diario se unirán y empezarán a moverse juntos en el aire, a un metro del suelo, camino del tranvía…»

– Y don Bunche que no la termina más con el otro enfermo -dijo la señora de negro.

Oliveira levantó el tablón y lo metió en su pieza. Traveler le hacía señas para que se apurara, y para tranquilizarlo le contestó con dos silbidos estridentes. La soga estaba encima del ropero, había que arrimar una silla y subirse.