– Gracias -dijo ella.
– ¿Puedo darte un beso de despedida? ¿Por los viejos tiempos?
– Por los viejos tiempos.
Nick se inclinó para besarla en la mejilla, pero ella se movió un poco y sus labios se encontraron. Y eso bastó.
Después se preguntó cómo había podido. Se sentía frágil, desorientada, totalmente confundida, y un minuto más tarde estaba llena de una energía en ebullición, poderosa y segura. Nick estaba frente a ella, y le deseaba, y tenía que tenerlo. Y él lo sintió, Jocasta vio que lo sentía, le vio sonreír, le vio reconocerlo, le vio seguro, también.
Estaban desnudos antes de llegar al dormitorio. Ella se echó de espaldas en la cama, alargando los brazos hacia él, repitiendo su nombre una y otra vez, oyendo cómo él decía el suyo, los dos hablando deprisa, febrilmente. «Te quiero, te echo de menos, te deseo.» La boca de Nick estaba en todas partes: su cuello, sus pechos, su vientre, sus muslos, y la de Jocasta en él, moviéndose por encima de él, frenética de deseo, un remolino de deseo creciendo y creciendo dentro de él, derritiéndose, ablandándose, endulzándose por él, gritando con el aumento de las sensaciones, sentada sobre él, montándolo, revolviéndose, guiándolo a través de un lugar oscuro y maravillosamente complejo, alcanzando la luz al final, sintiendo que crecía, se encogía, ascendía y se resistía, y entonces, sí, sí, ya está, la altura, la cima y ella estaba allí, gritando, aullando triunfal y entonces vio que él también llegaba y ella repitió, en círculos fabulosamente cálidos, fáciles, ensanchados, hasta que por fin se sumió en una paz profunda y dulce.
– ¿Ahora qué? -dijo él, y sus ojos marrones le sonreían y eran muy dulces y tiernos.
– Quién sabe -dijo ella, y se durmió sin más, feliz.
Clio finalmente le había hablado a Fergus de Josh. De Josh y de Kate, en realidad. Al acabar, él había dicho:
– Por supuesto. Qué lista eres. Era tan evidente. Lo hemos tenido delante de nuestras narices todo el tiempo.
– Tan evidente. Pero, Fergus, yo no sé qué hacer. No tengo ni idea. Haga lo que haga, será un lío para Josh.
– Yo no me preocuparía mucho por ese niño mimado de Josh.
– ¡Fergus, no digas eso! Será un niño mimado, pero es muy buen chico. Piensa en lo que representará para la pobre Beatrice. Su matrimonio ya se aguanta por los pelos.
– Ya.
– Sin embargo Kate necesita saberlo. Creo que a ella la ayudaría. Sigue estando muy perdida. La muerte de Martha no ha hecho más que empeorarlo. Tú mismo has dicho que estaba deprimida. ¿Qué hago? Me siento como si tuviera una bomba con temporizador. Y encima Jocasta a punto de…, bueno, no sé a punto de qué. Está en un estado de lo más extraordinario. Ya no está deprimida. Ahora está excitada, increíblemente sentimental. Tan pronto dice que se quiere divorciar, como que no, que todavía no, al menos.
– Nosotros no podemos hacer nada por ellos -dijo Fergus-, y con lo de Josh creo que deberías esperar. Hace muchos años que es un secreto y puede serlo unas semanas más. Aunque estoy de acuerdo contigo en lo de que podría ayudar a Kate. Ya llegará el momento. Siempre llega.
– Espero que sí -dijo Clio con tristeza-. Ya no puedo soportarlo más.
Jocasta se había despedido de Nick y se había ido a casa. Él no había discutido ni había intentado detenerla. Era todo muy desconcertante.
La tarde en el piso había adquirido la categoría de sueño, había momentos en los que Jocasta creía que se lo había imaginado. Nick se comportaba de forma esquiva, tan irritante como siempre: si se esperaba alguna demostración de compromiso, se había llevado una gran decepción.
Sólo le dijo que siempre la amaría, que siempre estaría a su lado, sería su mejor amigo como le había dicho: y después decidieron que lo mejor para los dos era que Nick fuera a casa de sus padres como tenía pensado y que ella volviera con Gideon.
– ¿A la Casa Grande?
– Por supuesto. Te mandaré una postal -dijo Nick-. Sé que te encanta recibir postales.
– Gracias -dijo Jocasta.
– Y no veo ninguna necesidad de hacer confesiones absurdas, ni nada por el estilo.
– Claro que no -dijo Jocasta, con todo el ánimo que pudo-. Sólo ha sido un poco de diversión, traviesa y maravillosa.
Pero cuando llegó a Clapham, digirió lo ocurrido, reflexionó sobre lo que Nick había dicho y sintió una decepción tan abrumadora que casi no pudo soportarlo.
Le habría consolado y asombrado sobremanera oír cómo, durante los días que siguieron, Nick no dejó de hablar con su hermano favorito, diciéndole lo mucho que aún adoraba a Jocasta, que la quería más que nunca, pero que ella le había dejado muy claro que todavía esperaba salvar su matrimonio y que él no quería de ninguna manera estropeárselo.
– Grace, cielo, deberías comer algo. -Peter Hartley miró una bandeja intacta más. Tenía que dejarla sola aquella mañana para hacer visitas por la parroquia, pero había preparado un desayuno tentador, con muesli, yogur, fruta, todo lo que le gustaba, en pequeñas porciones.
– No me entra nada. Has sido muy amable, pero no me apetece. Llévatelo, por favor.
Apartó el desayuno con impaciencia y volvió a echarse, tapándose la cabeza con la sábana. Peter se llevó la bandeja.
Janet Frean tampoco comía mucho, pero era suficiente, según el médico que informó a Bob aquella mañana.
– No necesita comer mucho, y no se preocupe, la vigilamos de cerca.
Estaba haciendo progresos, dijo, había tenido varias sesiones con el psiquiatra residente, que le había recetado un tratamiento farmacológico, sesiones con él u otro psiquiatra, y posiblemente, cuando empezara a mejorar, terapia de grupo.
– Suele ayudar oír a otras personas describir sus tormentos -dijo el psiquiatra a Bob.
Bob le dijo que no creía que nadie pudiera tener tormentos más angustiosos y complejos que Janet, pero el psiquiatra le desengañó.
– Se asombraría -dijo.
– ¿Ya ha hablado con ustedes?
– Un poco. Ahora no tengo tiempo de hablar con usted, lo siento, pero no se preocupe, no es un caso perdido, ni mucho menos. Créame e intente no pensar demasiado en ello.
Ellos no lo comprendían, pensaba Janet, apoyada en las almohadas tras un ataque de ira especialmente agotador con su terapeuta. No debería haberla atacado físicamente, se daba cuenta, pero la había sacado de quicio, con sus estupideces para calmarla. No entendían nada de nada.
Nadie podía entenderlo. Todos creían que Martha Hartley había provocado su crisis nerviosa. Y no era así en absoluto. Evidentemente lamentaba su muerte, y se sentía culpable hasta cierto punto, pero no tanto como los otros creían. El secreto de Martha habría salido a la luz. Era demasiado grande, demasiado peligroso. No podía esperar que los círculos concéntricos que había construido tan cuidadosamente alrededor de su vida para protegerse resistieran para siempre. Tarde o temprano otro suceso los habría hecho explotar, los habría unido, forzando una confesión. Y entonces, una vez se supiera, ¿qué final feliz podía esperarse para ella? Su carrera, su vida personal, sin duda su vida política quedarían fatalmente perjudicadas. Hasta se podría decir que le había hecho un favor.
No, la razón por la que había querido poner fin a su vida era que todo por lo que había trabajado, todo lo que había esperado, y por lo que había asumido tantos riesgos, se había esfumado para siempre. Sin remedio. Nunca podría recuperarlo. Y si el Partido Progresista de Centro sobrevivía, Jack sería su líder, y probablemente Chad su mano derecha.
Y si no sobrevivía, ¿cómo podía volver con los conservadores? Aunque hubiera otro líder mejor que la valorara como es debido, Theresa May era en ese momento la reina de la colmena. Ella tenía el puesto, o uno de los puestos que Janet había codiciado. Ahora sería para siempre uno de los soldados rasos, etiquetada como desleal, alguien de quien no podías fiarte.