Fue Jocasta quien propuso que acompañaría a Josh a ver a Kate.
– Sé que parece que me entrometo en todas las ocasiones, pero a mí me conoce. Ni siquiera sé si debemos decírselo, de entrada. Creo que debemos invitarla a tomar algo, y charlar, hacer que se acostumbre a Josh, aunque esto parezca imposible, pero es evidente que le cayó bien el otro día, después del funeral, y cuando esté tranquila decidiremos si tenemos que decírselo ya o esperamos un poco. No hace falta una reunión solemne como cuando le hablamos de Martha. ¿Tú qué crees, Beatrice?
Beatrice dijo que creía que era buena idea, y con un poco de suerte sería menos doloroso para Kate.
– Bien -dijo Jocasta-, te estás portando de maravilla, Beatrice. No sabes lo que te admiro.
Beatrice sentía que no tenía muchas alternativas, pero sonrió educadamente y dijo que iría a dar una vuelta mientras Jocasta hablaba con Helen.
– Después, Jocasta, tal vez podríamos hablar de ti y de tus problemas.
Jocasta dijo animadamente que no tenía ningún problema, que el problema había sido el matrimonio, pero que ahora que se había acabado, estaría bien y podría seguir con su vida.
– Estoy bien, lo juro -dijo Jocasta-. No tienes que preocuparte por mí.
Beatrice, mirándola a los ojos, tan brillantes, la cara demacrada, oyendo su voz exageradamente animada, pensó que sí tenía que preocuparse por ella.
Helen se había tomado la noticia con una calma considerable. En las últimas semanas le habían ocurrido tantas cosas que no le habría sorprendido mucho que Jocasta le hubiera dicho que el padre de Kate era el príncipe Carlos, o Brad Pitt o David Beckham.
En realidad, ésa parecía una opción bastante buena. Al menos era alguien a quien conocían y que a Kate le gustaba.
– Supongo que eso explica el parecido entre tú y Kate -dijo.
– Sí.
Aceptó que Jocasta y Josh hablaran con Kate.
– Se lo tomará mejor que vosotros. Y Josh puede responder a muchas de sus preguntas. Incluso algunas cosas sobre… Martha.
Aún le costaba referirse a Martha como la madre de Kate.
Se lo dijo a Jim, que no se alegró tanto.
– Un chico de escuela privada -dijo, irritable-. Como su hermana.
– Sí, claro.
– ¿Sabes a cuál fue?
– Eton, creo.
– Lo que nos faltaba.
Helen abrió la boca para decirle que no dijera tonterías, pero se mordió la lengua. Sabía de qué se trataba, por lo que había pasado hacía unas semanas. Cuando Jim se había esforzado por consolarla, sin comprenderlo del todo. Ahora lo entendía. Temía el rechazo, la crítica, la comparación. Sobre todo la comparación.
También sabía que a pesar de su apasionado socialismo, su total compromiso con el ideal de la igualdad, y su hostilidad hacia la cultura de escuela privada, Jim se sentía amenazado por la seguridad innata que una educación cara proporcionaba. La idea de que su querida Kate fuera hija de un etoniano de toda la vida le ponía físicamente enfermo.
– ¿Lo conocimos? ¿En la fiesta?
– No, no lo creo. Pero lo vi. Jocasta me lo señaló.
– Ah, sí. ¿Cómo es?
– Bueno, es… alto, rubio. Unos kilos de más. Bailaba el charlestón, bastante bien por cierto, con una chica.
– ¿Su mujer?
– No, no lo creo. Ella es abogada. Esa chica parecía tener dieciocho años.
– Vaya por Dios, un ligón -dijo Jim-. Lo que faltaba.
– No seas tonto, querido -dijo Helen.
– No soy tonto. ¿Qué clase de hombre tontea con chicas jóvenes?
– Jim, no estaba tonteando. Sólo estaba bailando.
– Para mí es lo mismo. Bueno, no creo que eso le haga ninguna gracia a Kate. Es demasiado sensata. No quiero que venga a casa -añadió bruscamente.
– ¡Jim! Es probable que venga a casa, si a Kate le gusta. Sé razonable, Jim -dijo con suavidad-, sea como sea, y tanto si a Kate le gusta como si no, no tienes por qué preocuparte. Es demasiado sensata y sabe cuál es su familia. Sabe quién es su padre y no es él. No de verdad.
– Sí lo es -dijo Jim, y salió de la habitación.
Llevaron a Kate a almorzar al Bluebird.
– Le encanta ese sitio -dijo Jocasta-. Se ha convertido en nuestro sitio, suyo y mío.
Había ido tan guapa como siempre, no con vaqueros, sino con una falda larga de flores cortada al bies, y una camiseta blanca bajo una cazadora tejana. Los cabellos sueltos sobre los hombros. Muchos la miraron.
– Oh, Dios -dijo Josh.
Jocasta le acarició el brazo dándole ánimos.
– Todo irá bien.
– No sé. Pero me alegro de saber quién es. No sé si me entiendes.
– Sí. Suerte que Beatrice no ha venido.
Se levantaron hasta que Kate llegó a la mesa y la besaron.
– Me alegro de que me hayáis invitado -dijo Kate-. Me apetecía mucho.
– A nosotros también.
– He pensado que podía traerte las cámaras de las que hablamos -dijo Josh – y que te enseñaría cómo funcionan, luego si quieres.
– Genial.
Kate le sonrió. Jocasta le había dicho que Josh sabía que Martha era su madre.
– Pero si no quieres hablar de ella, no pasa nada. Lo que tú quieras.
– Eres muy amable dejándomelas -dijo.
– No es nada. Lo hago encantado.
– Parecen caras. Las cuidaré mucho.
Hubo un silencio un poco incómodo.
– Vamos a pedir -dijo Jocasta-, y después charlaremos.
– ¿Un vaso de vino, Kate, pequeña? -preguntó Josh.
– Sí, por favor. -Le sonrió-. Es muy raro que me llames pequeña. Como si fueras un tío anciano. Y no lo eres.
– Perdona.
– No, está bien.
Otro silencio incómodo. Jocasta no se lo esperaba, se esperaba que Kate estuviera tan charlatana como siempre.
– Por fin me decidí sobre el contrato -dijo, para romper el silencio-. ¿Te lo ha dicho mi madre? ¿O Fergus?
– No, ¿qué has decidido?
– No hacerlo. Ahora me preocupa haberme equivocado. Es que es mucho dinero para rechazarlo. Pienso en todo lo que podría haber hecho por nosotros, por mis padres. Y por Juliet, por supuesto. Ella necesitará mucho dinero con lo de la música.
– Pero a ti no te habría servido de nada -dijo Josh-, si no te apetecía. Seguro que tus padres prefieren pagarlo con su dinero. No les gustaría estar en deuda contigo. Creo que se sentirían incómodos.
– No se me había ocurrido. Sí, claro. Si nunca se hubiera hablado de ese dinero, encontrarían la forma de pagarle los estudios, ¿verdad?
– Por supuesto.
Kate le sonrió.
– Gracias. Ya me siento mejor.
– ¿Y Style? -dijo Jocasta-. ¿Cuándo es la sesión?
– Le dije a Fergus que no podía hacerlo.
– ¿Por qué? Kate, lo tienen todo reservado.
– Sí, lo sé. No empieces. No creo que pueda hacerlo. Estoy muy baja de moral.
– Cariño, lo siento. ¿Cómo de baja?
– Bueno, lo de siempre. -Miró a Josh, incómoda al hablar del tema delante de él-. Lo de siempre. Como te dije, es como si ahora ya no tuviera opciones.
– ¿No? -dijo Josh-. Pero ahora ya sabes quién era tu madre.
– Sí, pero ella ya no está, ¿no?
Jocasta decidió que se estaban poniendo serios demasiado pronto y cambió de tema.
– Estoy pensando en volver a trabajar.
– ¿De verdad? ¿Por qué?
– Lo echo de menos.
– Ya me lo imaginaba -dijo Kate con suficiencia-. Eres demasiado inteligente para estar todo el día sin hacer nada, esperando a que tu marido vuelva a casa.
Josh se echó a reír.
– Beatrice estaría de acuerdo contigo. Ella tampoco me espera.
– ¿No? ¿Qué hace?
– Es abogada.
– Entonces debe de ser muy inteligente.
– Lo es. Bastante más que yo, eso seguro.
– No creo -dijo Kate, educada-. En fin, Jocasta me alegro mucho. Seguro que Gideon no esperaba que lo dejaras para siempre, y no es como si tuvieras un hijo o algo así.
– No -dijo Jocasta-, ni hablar.
– ¿Te gustaría tener un hijo?