– Soy Jocasta -dijo-, del Sketch. Cuéntame qué ha pasado.
– Pues una mujer, Jillian Bradford, se cayó anoche, se fracturó la pelvis, y además de eso, lo normal, larga espera para la ambulancia, la nieta estaba con ella, toda la noche en una camilla, sin hacerle nada aparte de una radiografía; entonces, hacia mediodía empezó a dolerle mucho la pierna y resulta que tenía una embolia pulmonar. Está en Cuidados Intensivos y parece que está grave.
– ¡Pobre mujer! ¿Hay parientes? ¿Hay alguno por aquí?
– La hija. Una mujer muy agradable, muy tranquila, y la nieta, que es una fiera. Ayer los puso a todos de vuelta y media, por no hacer nada, y ha estado armando jaleo toda la noche según una vieja arpía que ha estado aquí casi todo el tiempo.
– Bien hecho. ¿Con quién puedo hablar?
– Diría que con ella, pero su madre se la ha llevado a casa de la abuela para que se duchara. No les dejan ver a la abuela por ahora.
– No tardarán en volver. ¿Y el médico de guardia?
– Está allí. Pero no es el mismo de anoche.
– Hablaré con él. Gracias, Derek. ¿Está por aquí tu fotógrafo? Por si acaso le necesito.
– Está en el pub. Pero podemos traerlo cuando quieras.
– Genial.
Caramba, era guapísima. A lo mejor aceptaría tomar una copa después.
– Entonces, ¿dónde está exactamente la señora Bradford?
– En la UCI. -El médico miró con frialdad a Jocasta. Era muy delgado, tenía unas manos enormes y huesudas, la nariz larga y puntos negros en la barbilla-. Espero que no pretenda entrevistarla allí -dijo, en un tono que pretendía ser irónicamente punzante.
– Me encantaría -Jocasta le sonrió-, pero comprendo que no es muy práctico. Tal vez más tarde.
– Puedo asegurarle que no podrá verla en ningún momento, ni antes ni después.
– Eso deberá decidirlo ella, ¿no lo cree? ¿Quién estaba de guardia anoche?
– No tengo que responder a esa pregunta.
– No, por supuesto que no. Bien, muchas gracias, me ha sido muy útil.
Echó un vistazo a su alrededor: una chica muy joven estaba haciendo una cama en uno de los cubículos. Parecía mucho más prometedora. Jocasta esperó a que desapareciera el médico dentro de otro cubículo, y entonces se acercó a la enfermera.
Fue muy complaciente. Sí, habían traído a la señora Bradford alrededor de las nueve.
– Pobrecilla. Vino con su nieta. Sufría muchos dolores, estaba empapada por la lluvia. Enseguida la vio un médico. Y después la mandaron a rayos X. No se olvidaron de ella ni nada de eso.
– Por supuesto que no. Tiene que ser muy complicado, sobre todo los sábados por la noche. Con tantos borrachos y todo eso, me imagino. Y encima no te dan ni las gracias. Después de que la viera el médico, ¿qué pasó?
– No sabría decirle. Estuve muy ocupada. Una chica tuvo un aborto y fue espantoso. Todos iban de cabeza. Salí de trabajar a la hora de desayunar. Pero parece que la nieta llamó a la médico de familia de la señora Bradford y ella vino a ver si podía ayudar. Eso hizo saltar las alarmas. No les gusta nada, y ya puede imaginarse por qué.
– Claro, pero fue un detalle por su parte venir. ¿Sabe cómo se llama?
– ¿Quién? ¿La doctora? No, lo siento. Pero bajó a rayos X, ellos lo sabrán.
– Muchas gracias… -Miró la placa de la enfermera-. Gracias, Sue. Ha sido muy amable.
Hacía tiempo que Jocasta había aprendido que puedes entrar en muchos sitios donde no deberías, siempre que te comportes con decisión y seguridad, sonrías a todos los que te encuentres y lleves una carpeta en la mano. Se quitó la chaqueta, descolgó una carpeta marrón de una camilla (primero la vació de papeles por si acaso eran cuestión de vida y muerte), metió dentro el Sunday Times y siguió las señales hasta rayos X.
El departamento de rayos X parecía una escena de un documental sobre la crisis de la seguridad social. Roñoso, mal iluminado, y con varias personas que miraban apáticamente al frente.
Jocasta se acercó a la mesa.
– Hola, quería hacer una consulta. Anoche pasó por aquí una tal señora Bradford que se había roto la pelvis. Su médico de familia estuvo con ella y necesito su nombre.
La mujer daba la impresión de estar a punto de perecer de aburrimiento, pero hojeó unos papeles.
– ¿Quién pregunta? ¿Administración?
– Sí, eso.
– Señora Julian Bradford, el médico de familia es la doctora Scott.
– ¿Tiene su teléfono?
– Sólo el de la consulta. Está en Guildford. -Observó a Jocasta-. Creía que era de Administración. Ellos tienen todos los teléfonos de las consultas.
– Ya, pero está cerrado. Estoy haciendo horas extra, para poner al día los expedientes.
– Ah, bueno. Pues es Guildford 78640. -Volvió a mirar a Jocasta-. ¿No serás de la prensa?
– Ojalá. Mi vida sería más divertida.
– Es que nos han dicho que no habláramos con la prensa. Ordenes de arriba. Y tenía algo que ver con la tal señora Bradford.
– ¿En serio? ¿Por qué?
– Alguien metió la pata, creo. La dejaron demasiado tiempo en la camilla y se le formó un coágulo en la pierna. Esta mañana la han bajado otra vez para hacerle una venografía.
– ¿Y tú la has visto?
– No sabría decirte, a estas horas ya lo veo todo borroso. Cada paciente es igual que el anterior.
Cuando Jocasta volvió, Derek Bateson seguía en Urgencias.
– ¿Ha vuelto la nieta?
– Todavía no. Pero tengo su número de móvil. ¿Lo quieres?
– ¡Oh, sí, por favor!
Menuda lumbrera. ¿No podría habérselo dicho antes y ahorrarle toda la comedia en rayos X? Al menos había conseguido una buena cita.
– ¿Hola? ¿Quién es?
Era una voz joven y cautelosa.
– Oh, hola. Supongo que eres Kate. Soy Jocasta Forbes, del periódico Sketch. Siento mucho lo de tu abuela…
– ¿Hay alguna novedad?
– Todavía no. Tengo mucho interés en hablar con su médico de familia, la que ha ido hoy a verla. Derek, el chico con quien has hablado antes, me ha dicho que tú tenías su teléfono.
– Sí, lo tengo. Pero… Mamá, por favor, sólo es una periodista que… -Una pausa y después continuó, obviamente enfadada-: Mi madre quiere hablar contigo.
Una mujer de voz agradable, aunque angustiada, se puso al teléfono.
– Hola. Mire, no se moleste, pero preferimos no tener nada que ver con la prensa. Lo siento.
– No se preocupe. Me imagino que lo está pasando mal. Siento mucho lo de su madre.
– Sí, la verdad es que ha sido un día espantoso. Ahora estábamos a punto de salir para el hospital.
– Claro. Bien, no quiero entretenerlas más. Pero pensaba que…
– Lo siento -dijo Helen-. Prefiero no hablar de esto.
Clio estaba intentando concentrarse en un documental sobre naturaleza cuando sonó el teléfono.
– ¿Diga?
– ¿La doctora Scott, por favor?
– Yo misma.
– Hola, doctora Scott, siento mucho importunarla en casa. Me llamo Jocasta Forbes, escribo para el Sketch…
Era en momentos como ése, pensó Clio, cuando la Tierra se movía realmente.
– ¿Has dicho Jocasta? -dijo por fin, sintiendo su propia voz temblorosa y rara-. ¿Jocasta Forbes?
– Sí, eso he dicho. ¿Por qué?
– ¡Dios santo! -exclamó Clio, y de repente tuvo que sentarse-. No es posible. Jocasta. Así que lo has conseguido, lo que dijiste que harías.
– Perdone, pero… ¿nos conocemos?
– Jocasta, soy Clio. Clio Scott. Bueno, Clio Graves, de hecho. Tailandia, hace dieciocho años. Es asombroso. Esto es totalmente asombroso.
– ¡Clio! ¡Dios mío! ¿Cómo estás? Esto es extraordinario…
– Absolutamente extraordinario. Qué raro. Pero ¿por qué me llamas ahora? ¿De dónde has sacado mi número?
– Estoy escribiendo un artículo sobre una de tus pacientes, la señora Bradford.
– ¿Un artículo? ¿Por qué un artículo?
– Según tengo entendido, estuvo en una camilla demasiado tiempo y ahora está bastante enferma. En la UCI. A la prensa le chiflan estas historias. He estado en el hospital, pero su nieta…