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– Pobrecilla. Me refiero a ti.

– No podría revivirlo, Nick. Ni en un millón de años. Aunque me anestesiaran. No dejaría de recordar y… Dios mío… -Se echó a llorar, sin poder evitarlo, como una niña-. Lo siento, lo siento tanto…

– Mira cómo te pones -dijo él, dándole un beso y abrazándola-. Mira en qué estado estás. Tontita. Nadie te va a pedir que pases por eso. Venga, bébetelo. Y después saldremos a cenar. ¿De acuerdo?

– De acuerdo -dijo Jocasta.

– Bien. Te quiero. Y te pido perdón una vez más… por todo.

Jocasta le miró. Nick pedía perdón muy pocas veces. Menos aún de lo que le decía que la quería. Su mal día y los traumas se desvanecieron enseguida.

– Yo también te quiero -dijo-. Y también quiero pedirte perdón. Mejor nos quedamos en casa.

– Mejor.

Había llegado sin avisar. El viernes, el fatídico viernes, había sido un día precioso, soleado y ventoso, y a pesar de que era su último día en la consulta, Clio se sentía extrañamente feliz. Puede que no fuera tan malo. Al fin y al cabo le gustaba estar en casa. Y Jeremy estaría de mejor humor, más contento. Eso ayudaría mucho. Aún le quería. Le quería. Sabía que le quería.

A la hora del almuerzo, en un impulso, le llamó. Había celebrado su despedida la noche anterior, Mark estaría fuera el viernes y había querido estar.

– Te echaremos de menos, Clio -había dicho, dándole una enorme vela aromática y una caja de bombones.

Jeremy aceptó almorzar con ella.

– Estaría bien salir de aquí un rato. ¿Te va bien a la una?

– Por supuesto. Pídeme patata hervida con chile si llegas primero.

– De acuerdo. Tengo ganas de verte. Gracias.

Clio fue canturreando hasta el pub. En el futuro podría hacer a menudo esas cosas, hacerle más feliz. Y eso a su vez la haría feliz a ella.

Llegó al pub la primera. Jeremy entró quince minutos tarde, con expresión estresada. Clio le hizo un gesto.

– Te he pedido una copa. ¡Un Virgin Mary!

– Gracias, pero sólo podré tomar un bocadillo, me han puesto más pacientes.

– Oh, no, pobre. Bien, iré a anular el menú.

– Iré contigo. Quiero que me pongan más hielo.

Era el bar frecuentado por el personal del hospital. Varias personas los reconocieron, y los saludaron. Clio notó que un par de ellos miraban a Jeremy de una forma rara. Se imaginó que sería por el artículo.

Desde entonces no habían salido. Rezó para que nadie lo mencionara y deseó no haber quedado en aquel pub precisamente.

Jeremy se fue al servicio. Clio volvió a la mesa. Una mujer gorda se había sentado en una esquina, en un taburete que se había traído del otro extremo del bar.

– Espero que no le importe. No hay ninguna mesa vacía.

– No…, claro -dijo Clio, consciente de que Jeremy se pondría furioso-, pero…

Cuando Jeremy volvió, miró a la mujer con mala cara.

– Ésta es nuestra mesa. Lo siento.

– Yo también lo siento, pero no hay mesas vacías y, que yo sepa, las mesas de los pubs no pueden reservarse en exclusiva -dijo, mirándolo con la misma mala cara-. No nos conocemos, ¿verdad?

– Claro que no -dijo Jeremy. Volvió la mirada furiosa hacia Clio-. Deberías haber guardado la mesa. ¿No podemos cambiarnos?

La mujer suspiró y sacó un periódico arrugado.

– No se apuren, por favor -dijo en un tono muy irónico-. No les molestaré.

Maurice Trent, el dueño, apareció con la comida.

– Aquí tenéis. Siento haberos hecho esperar. Me alegro de veros a los dos. Menuda semanita, ¿eh? Paparazzi hasta en la sopa, y venga tonterías. Aquella chica con la que hablabas el domingo, doctora Scott, era una de ellos, ¿verdad? Parecía agradable, no de las que te esperas que trabajen en un periodicucho de ésos.

Clio había leído muchas veces la expresión «encogerse las tripas» y se había reído, pero de repente comprendió su exacto significado.

– ¿De qué chica hablas? -preguntó Jeremy, con expresión gélida.

– De una de las periodistas -dijo Maurice-. La primera en aparecer, creo. Sí, ya voy -gritó a la camarera que le hacía gestos desde la barra-. Os dejo. Que comáis a gusto.

Jeremy se sentó y miró fijamente a Clio, que sentía ganas de vomitar.

– ¿Estuviste hablando con una de las periodistas? ¿El domingo? ¿Y no me lo dijiste?

– No. Quiero decir, sí. Pero no porque fuera periodista. Te lo juro, Jeremy, en serio. Se presentó de repente. Sí es periodista, pero nosotras… habíamos viajado juntas hace años, cuando teníamos dieciocho años. No la había visto desde entonces y…

– Y se presentó sin más en tu puerta, en el momento preciso. Qué conveniente para ella.

– Sí, me llamó porque yo era la médico de familia de la señora Bradford y entonces reconoció mi nombre. Ya sabes cómo ocurren esas cosas, el mundo es un pañuelo…

– No, no lo sé. De hecho, no lo sé. ¿Y eso fue el domingo?

– Sí -dijo Clio, muy bajito.

– Que yo recuerde, te largaste de casa con la excusa de unas visitas a domicilio. Y en realidad fuiste a verla a ella y…

– Jeremy, por favor, baja la voz. Nos están mirando.

Jeremy se volvió. Era verdad, la mitad del bar estaba observándoles. Se puso de pie.

– Ya hablaremos más tarde. ¿Serás tan amable de encargarte de la cuenta?

– Sí, claro. Pero Jeremy…

Se marchó y la mujer gorda apartó la mirada del periódico.

– Ahora recuerdo de qué me sonaba -dijo-. Es el que salió en el Sun, el que dijo…

Clio salió casi corriendo del bar, arrojó un billete de veinte libras al sorprendido Maurice Trent y llegó al aparcamiento. El coche de Jeremy ya no estaba.

– ¿Martha?

– Sí. Sí, soy yo. Hola, Ed.

Literalmente había soñado con eso, lo había imaginado a menudo en los últimos días, mientras el teléfono sonaba con decisión para emplazarla a escuchar a personas no deseadas, pitaba sin cesar con mensajes de texto de personas tampoco deseadas, y los correos electrónicos de gente de la que no quería saber nada se deslizaban de forma incesante en su pantalla. Sin embargo, ahora que era realmente él, no experimentó ninguna sorpresa. Más bien terror.

– Siento mucho lo de la otra noche -comentó Ed-. Dije cosas horribles.

– La mayoría de ellas justificadas, creo. Me vino bien -dijo Martha-. He… -No, no debía hacer eso. Ponerse a hablar de sí misma, de su carrera-. He pensado mucho -dijo.

– Ah, en fin, no quería que acabáramos así. Quería que al menos… quedáramos como amigos.

– Por supuesto. -Dios mío, estaba doliéndole más de lo que podría haber imaginado.

– Sí. Lo siento.

– Ed, no pasa nada. -Se esforzó por parecer despreocupada-. Te perdono.

Un largo silencio y después:

– Muy bien -dijo Ed-, me alegro. Tal vez…

– ¿Sí? -No parezcas demasiado ilusionada, Martha, por Dios.

– Tal vez algún día podamos salir a tomar algo.

– Sí. Llámame. O te llamaré yo.

– Bien. Entonces, nada más, adiós. Hasta luego.

Si esas palabras tuvieran un significado literal, si pudiera verle luego, verle sonreír, sentir sus labios rozándole los cabellos, tomarle de la mano, besarle, abrazarle, estar en la cama con él, tenerle…

– Adiós, Ed -dijo. Con serenidad, muy controlada de nuevo. Volvía ser Martha, de hecho. Aunque ser Martha nunca había sido tan doloroso. O casi nunca.

Gracias a Dios que estaba hasta arriba de trabajo. ¿Cómo habría podido afrontar la tristeza de no haber tenido tanto trabajo?

Jocasta estaba entrando en un bar cuando sonó su teléfono.

– ¿Jocasta? Soy Jilly. Jilly Bradford.