– ¿Cómo iba a olvidarla? La llevé en brazos al dormitorio, la puse en la cama. Soy afortunado. Es muy guapa.
– Mmm… -dijo Clio.
– No tanto como tú, claro, no te me pongas neurótica. Y seguro que sus pechos no son tan bonitos.
Tenía una fijación con sus pechos. Decía que eran los más bonitos que había visto en su vida.
– Son como tú -había dicho la noche anterior, mirándolos tiernamente, mientras ella estaba sentada en la cama, todavía un poco aturdida por el giro que habían tomado los acontecimientos-. Preciosos y adorables.
– Fergus, ¿cómo pueden ser adorables unos pechos? -le preguntó, riendo, más relajada.
– Los tuyos lo demuestran. ¿Puedo besarlos?
– Claro.
Se inclinó y los besó, lenta y pensativamente, uno después de otro. Su último recuerdo claro era de su lengua rodeando los pezones, rozando, acariciando, infinitamente cariñoso. Y después de eso el recuerdo se difuminaba, alegre, ávido, fundiéndose, asombroso. Y después de eso, paz, silencio, quietud. Y a continuación:
– Bruja lianta -dijo-. Eres preciosa, un amor, bruja lianta. Piensa en todo el tiempo que hemos perdido.
– Bueno, podemos recuperarlo ahora -dijo Clio.
– Creo que el rojo… -El regidor estudió los trajes de Martha-. Te sienta bien y tiene chispa. Bien. Si quieres cambiarte, la cena empieza dentro de media hora. Va a venir gente muy agradable, dignatarios locales y los otros contertulios del programa.
– Oh, genial -dijo Martha.
Bajó al comedor sobre las siete. Estaba lleno. En el centro de la sala había una larga mesa, dispuesta para una cena formal, con un grupo de personas en un extremo, al menos tres de ellos le resultaron aterradoramente reconocibles. Se los presentaron, le dieron el vaso de agua que había pedido, y la dejaron a su aire. Dos de los rostros le sonrieron amablemente, le preguntaron cómo estaba, le aseguraron que todo iría de maravilla y volvieron a sus conversaciones. Martha se moría de ganas de huir. Fue al lavabo y encendió el móvil sintiéndose culpable. No había noticias de Ed. Eran casi las siete.
Ed estaba atrapado en uno de los peores atascos de tráfico de su vida. Su móvil se había quedado sin batería de forma inexplicable y se moría de ganas de hacer pis. Aparte de esto, todo iba bien.
– ¡Oh, uau! -exclamó Jocasta-. Gideon, a que no adivinas…
– ¿Qué, cielo? ¿Podrías hacerme el nudo?
– Por supuesto. A Nick siempre tenía que hacérselo.
Gideon iba a una cena; sólo para hombres, había dicho con pesar. No había forma de que Jocasta pudiera acompañarle.
– No te preocupes. Cuando vuelvas a casa tu mujercita te estará esperando.
Se esforzaba mucho por ser una buena esposa.
– En la cama, espero, sin nada encima aparte del perfume, al estilo Marilyn.
– ¿Sin el salto de cama?
– Prefiero sin nada.
– Bueno, depende de a qué hora llegues… Ya está. -Le miró, el cuerpo, fuerte, con el esmoquin perfectamente cortado, la cara bronceada, los ojos azules brillantes, y sonrió-. Me gustas bastante con esta pinta. Creo que me gustas mucho. Ven aquí…
Se acercó a él y le besó apasionadamente en los labios.
– ¿Por qué no te lo quitas todo otra vez y te metes en la cama conmigo?
– Cariño, no puedo. Lo siento mucho.
– Está bien. De hecho, acabo de ver que Martha sale en Question Time esta noche. Martha Hartley, ¿sabes? Quiero verla.
– ¿Ah, sí? Seguro que lo hará muy bien. Se expresa bien y tiene buena presencia… Querida, tengo que irme. Que disfrutes del programa.
– Lo disfrutaré, gracias. Te quiero.
– Yo también te quiero. -Gideon desapareció, pero Jocasta enseguida oyó sus pasos que volvían. Abrió la puerta y la miró-. No me dejes nunca. -Su expresión era muy seria, intensa-. Nunca.
– No te dejaré nunca -dijo Jocasta-. Te lo prometo.
– Kate, ¿estás arriba?
Era la voz de Juliet.
– Sí, en mi habitación.
Juliet entró. Llevaba el estuche del violín.
– Deberías ver Question Time. Sale aquella mujer, Martha Hartley, la que salía en el periódico la semana antes que tú, en la sección de moda. ¿No te parece que será interesante ver a alguien que conoces?
– Tampoco es que la conozca exactamente.
– ¿No dijiste que estaba en la fiesta?
– Sí estaba, pero no llegamos a hablar. Estaba en la disco y la abuela tuvo que cuidarla porque se desmayó. No me gustó mucho, era un poco estirada. Pero podemos verlo.
– Yo lo vería si pudiera. Pero tengo que ensayar.
– Juliet -dijo Kate-, eres demasiado buena para ser verdad.
– Venga, por favor -dijo Ed a la recepcionista-, sólo quiero desearle buena suerte.
– Me jugaría el empleo. No se puede pasar sin un pase.
– Pues deme uno.
– No puedo. De verdad que no puedo -dijo la chica-, pero le daré su mensaje. Si le escribe una nota, haré que se la den. ¿De acuerdo?
– Bueno, mejor eso que nada -dijo Ed, y después, al ver su cara, añadió-: Es decir, gracias. Será perfecto.
Estaba escribiendo cuando oyó que le llamaban.
– ¡Ed! ¿Qué haces aquí?
Era un chico con el que había ido a la universidad. A juzgar por su uniforme -camiseta, vaqueros, carpeta y auriculares-, estaba claro que era un técnico.
Ed le explicó su problema y el chico sonrió.
– Puedo ayudarte -dijo-. Te conseguiré una hoja de papel más grande.
Ya estaban situados en la mesa. Martha estaba en un extremo, a dos asientos de distancia de David Dimbley, al lado de un conservador puro. Era muy simpático con ella, igual que Dimbley. Intentaban que se sintiera cómoda, pero ella se sentía descompuesta y todavía no había sabido nada de Ed. ¿Qué le había pasado, por el amor de Dios? Seguramente al final había decidido no ir: la verdad es que se lo merecía.
– Bien, vamos a haceros una pregunta falsa a cada uno, para comprobar el sonido -dijo el jefe de planta-. Martha, tú primera. ¿En cuánto valoras tus posibilidades esta noche?
– En una escala de uno a diez, cero -dijo ella, y todos se rieron. Se sintió mejor por un momento e inmediatamente después, peor.
¿Y si no se le ocurría nada que decir? Respiró hondo, intentando calmar el estómago revuelto.
Entonces oyó que uno de los cámaras la llamaba, bajito.
– Martha. Aquí.
Le miró, era el cámara 2 o lo que fuera: estaba sonriéndole y gesticulando hacia debajo de la cámara. Había un largo rótulo escrito a mano que decía:
«Hola, Martha. ¡A por ellos! Ed. Besos.»
Martha se echó a reír y, de repente, todo le pareció mucho mejor.
– ¡Nick! ¿Por qué me llamas a estas horas? Estoy en la cama. ¿Qué? No, estoy sola. Gideon ha salido. No, claro que no, me mandaría los papeles del divorcio… ¿Qué? ¿Qué? Dios mío, Nick. Sí, por supuesto. Ven enseguida. Te abriré. De acuerdo, adiós.
Clio estaba en la cocina cuando sonó su móvil. ¿Quién podría llamar a esas horas?
– ¿Diga? ¡Jocasta! No, me estaba preparando un chocolate. Oh, calla. No todos vivimos de champán y… No, te escucho. ¿Qué? ¿Qué? Dios mío, Jocasta. ¡Dios mío!
Una hora después, ella y Fergus llegaron a Kensington Palace Gardens. Gideon no había vuelto todavía.
– Me alegro de que estéis aquí -dijo Jocasta, abrazándolos-. Lo de estar sola en casa con Nick es un poco comprometedor. ¿Un chocolate? ¿O algo más estimulante? Vaya con vosotros dos, me alegro muchísimo.
– Un chocolate está bien -dijo Fergus, sonriéndole-, y nosotros también nos alegramos. Y todo gracias a ti.
– Tonterías -dijo Jocasta-. Pasad, Nick está en el salón. Iré a buscar el chocolate.
Volvió con una bandeja. Parecía absurdamente fuera de lugar en aquella inmensa habitación, pensó Clio, con las gruesas cortinas de brocado, el papel pintado en relieve, las lámparas, los muebles Antiguos (con A mayúscula), vestida sólo con una camiseta enorme, pisando la alfombra de origen indio (sin duda de incalculable valor) con los pies descalzos. Era como un resumen de su matrimonio. No tenía nada que ver con ese sitio, no iba con ella. Pero Gideon sí, se dijo con firmeza. Eso era lo importante…