– Tendrás que decirme lo que debo hacer, Ed -dijo-. Por primera vez en mi vida no tengo ni idea. Ni idea.
– Lo intentaré -dijo-. Lo intentaré, te lo juro. Quiero conocer a tus amigos y hablar con ellos.
– Por supuesto. Se han portado muy bien conmigo. No me lo merezco, porque les he tratado fatal.
– Te diré lo primero que debes hacer -dijo Ed.
– ¿Qué?
– Dejar de crucificarte. No has cometido ningún crimen, moralmente no. Sabías que estaba a salvo, viste que se la llevaban, sabías que la cuidaban personas que estaban capacitadas para cuidarla. Y después de eso seguiste con tu vida. Llamarlo delito es sólo un tecnicismo.
– ¡Ed! Tienes una visión un poco sesgada. ¿Cómo crees que lo presentará la prensa? Me acusarán de bruja, de monstruo, de bruja despiadada. Eso es lo que llegará a la gente. Qué clase de mujer abandona a su bebé y no vuelve a interesarse por él. ¿Una buena y cariñosa? No lo creo.
– Creo que deberías verla -dijo Ed.
– ¿A Kate? No puedo, Ed. Cuando lo sepa, cuando se haya acostumbrado a la idea, puede, pero…
– No, a ella no. A esa mujer. A la tal Janet-como-se-lla-me. Descubrir qué piensa hacer si tu amigo no publica la noticia. Debe de ser un tipo estupendo -añadió-. Cualquier periodista ya lo habría sacado.
– Lo es. Es un encanto. Siempre me ha caído bien.
– Un encanto, ¿eh? No sé si me gusta eso.
– Oh, Ed. Nadie es tan encantador como tú.
Le miró y le sonrió con ternura.
– Te quiero -dijo simplemente-, de verdad, te quiero.
– Dios santo -exclamó Gideon-, pobrecilla, pobrecilla. Es una historia terrible, Jocasta. Hay que pensar lo que es mejor para Martha. Esta es una situación muy fea. Fea de verdad.
– Lo sé. No dejo de pensar en todas las personas a las que Martha debería decírselo, antes de que salga en la prensa amarilla.
– Nicholas no lo sacará en la prensa amarilla.
– No, él no. Pero los demás recogerán la noticia y se pondrán las botas. «La profesional despiadada que abandonó a su bebé» o «La madre sin corazón de la pequeña Bianca». No ayuda mucho que Kate se haya hecho tan famosa. Como noticia es un caramelo, no se puede negar.
– No lo niego, no. Pollock asesinará a Nick si se entera. ¿Alguien le ha preguntado a Martha si el padre lo sabe?
– No, supongo que no tiene la más remota idea de dónde está.
– O quién es.
– Creo que sí lo sabe, Gideon. Martha no es una ligona.
– Tampoco creías que abandonaría un bebé hasta hoy. Tú, más que nadie, Jocasta, sabes lo imprevisible que es la gente.
– Es verdad. Pero juraría que lo sabe. Me apostaría lo que fuera.
– No con mi dinero, por favor. Veamos, mi opinión es que debería enfrentarse a la señora Frean. Si tiene el valor necesario.
Sonó el teléfono de Jocasta. Lo miró.
– Hola, Martha, ¿cómo vas? ¿Qué? Es curioso; Gideon ha dicho lo mismo. Espera un momento… -Miró a Gideon-. Ed, el novio de Martha, dice lo mismo que tú.
– Entonces seguro que es un chico inteligente. ¿Piensa acompañarla?
– Seguramente. Martha, ¿va a ir Ed contigo?
– Dice que sí.
– Bien -dijo Jocasta-. A por ella.
– Hola, Martha, guapa. Qué alegría. Anoche quería llamarte, porque estuviste fabulosa. Absolutamente fabulosa. Felicidades.
Martha no se sorprendió demasiado. Empezaba a calar a Janet Frean.
– Muchas gracias, Janet. Oye, quería saber si podía pasar a verte.
– Hoy tengo muchas cosas que hacer y es fin de semana. ¿Qué te parece el lunes?
– Pero es que es muy urgente.
– ¿En serio? Pues tendrá que esperar. Lo siento.
– Pero, Janet, se trata…, ¿no sabes de qué se trata?
– No tengo ni idea. Pero este fin de semana no puedo verte. Ni hablar. Ni siquiera estaré en casa. Lo siento.
Martha miró a Ed.
– ¿Ahora qué hacemos?
Janet Frean colgó el teléfono y fue a buscar a su marido. Bob estaba sentado en el jardín, leyendo el Daily Telegraph.
– Bob, ¿te había dicho que el sábado por la noche estaría fuera?
– No lo sé. De todos modos, da igual, no tenemos ningún compromiso. ¿Cosas de trabajo, supongo?
– Por supuesto. La ofensiva para captar simpatizantes continúa. ¿Te las arreglarás con los niños? Kirsty tiene el fin de semana libre.
– Siempre me las arreglo -dijo él secamente.
Martha había roto una de sus leyes inquebrantables y había dicho que estaba enferma para no ir a trabajar. Habló con Paul Quenell, que estaba tan contento con su actuación en Question Time que Martha pensó que le habría dado toda la semana libre si se lo hubiera pedido.
– Por supuesto, Martha. Es espléndido que mencionaran a Wesley. Bien hecho. Eres una chica lista. Disfruta del fin de semana. Nos veremos el lunes.
Martha colgó el teléfono preguntándose si volvería a verle. Una vez más, supuso, cuando dimitiera.
Se sentía curiosamente tranquila. Eran las diez de la mañana. Ed estaba dormido; él también había llamado diciendo que estaba enfermo. Se duchó, puso un poco de orden en el piso y organizó la colada. Se quedó mirando en la ventana. Estuvo un rato mirando. Y pensó en Kate y en lo que podía decirle y cómo.
Clio también había llamado diciendo que estaba enferma. A las diez de la mañana estaba en la cocina esperando ver a Jocasta.
Gideon estaba allí, en albornoz. Le sonrió.
– Hola, querida. Disculpa mi vestuario informal. He estado en la piscina. Deberías probar mi piscina mecánica, es muy ingeniosa. Es aburrido, pero ingenioso. ¿Cómo estás? Cansada, supongo.
– No del todo mal -dijo Clio-. ¿Está Jocasta en casa?
– Estoy aquí. -Jocasta entró en la cocina. Estaba bastante pálida.
– Jocasta, he estado pensando -dijo Clio-. Si Martha está de acuerdo, creo que deberías decírselo tú a Kate. De entrada, me refiero. Quiero decir, que no conoce a Martha, sería un impacto muy fuerte. Y a ti te tiene cariño. A ti no te afectará su reacción y en cambio a Martha sí. Seguramente Kate se cabreará mucho y se lo tomará muy mal.
– Estoy de acuerdo -dijo Gideon-. ¿Tú qué crees, Jocasta?
– También lo creo. También podría decírselo a su madre y ella a Kate.
– Se lo tomará mejor viniendo de ti -dijo Clio-. Además, tú conoces a Martha. Aunque quizá su madre debería estar presente. Y su padre. No creo que sirvan de mucho, pero se lo tomarían mal si se lo dijeras a ella primero.
– Dios mío -dijo Jocasta-. No me apetece nada.
Nick estaba cruzando el vestíbulo central cuando vio a Janet Frean.
– Oye -dijo ella-, sobre nuestra conversación de ayer he visto que todavía no lo habías publicado.
– No, necesitaba comprobar algunos datos.
– Bien, pero no esperes mucho. No querría que se desperdiciara y estoy segura de que al Sun le encantaría.
– Estoy seguro de que sí.
– Entonces ¿qué? ¿Cuándo crees que lo vas a publicar?
– Janet, entiendo que es urgente, pero tengo que hablar con Martha, y Chris Pollock tiene la última palabra.
– Sí. Bueno, infórmame.
– Por supuesto.
– Kate, cielo, soy Jocasta.
– Hola, Jocasta, ¿Cómo estás?
– Bien, gracias. Kate, oye, ¿qué vas a hacer hoy?
– Nada, la verdad. Ir de compras con Bernie. Quedar con Nat más tarde. ¿Por qué?
– Pensaba pasar a verte.
– Genial. ¿No prefieres que vaya yo al centro?
– No, Kate, lo cierto es que querría que estuvieran tus padres.
– ¿Qué? Ah, es por lo del contrato. ¿Va a venir Fergus?
– Sí, creo que sí -dijo Jocasta-. Sí. Oye, estaré en tu casa dentro de una hora. ¿Te parece bien?
– Sí, pero papá no estará.
– ¿Está tu madre en casa?
– Sí. ¿Quieres que se ponga?