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Y sucedió que, llevando más de dos semanas de viaje, cuando cruzaba un estrecho vallecillo flanqueado por dos crestas montañosas que delimitaban una especie de desfiladero o paso, vino a mi encuentro galopando con fuerza un caballero, gallardamente cubierto con espléndida armadura, y sobre todo destacaba a mi vista el airón de una crestería de plumas flotando en el viento, que al llegar más cercano pude fijarme en que centelleaban de irisados colores. Pronto comprobé que los ojos eran claros, la mirada pausada y el porte de elevada estirpe. Lo que me recordó, como una iluminación súbita, el personaje descrito por Talcualillo, perseguidor del vikingo Thumber, pues que un tal jinete y caballero no podía tener pareja, seguido de un escudero galopante en bravo corcel, que portaba el escudo, la lanza y la maza.

Desmontó el caballero, y para mi sorpresa, vino a postrarse reverente y puso su mano en mi sandalia, mirándome con arrobada contemplación, murmurando que la profecía estaba cumplida, pues que el santo con aureola resplandeciente se le había presentado. Inquirí la razón de sus palabras y de su conducta, y replicó humillado que en sueños le anunciaron que encontraría la figura de un hombre entregado a Dios, que resplandecería iluminado por un reflejo divino, y cómo desde la altura me había contemplado rodeado de un nimbo de luz, el mismo que ahora brillaba en torno de mi figura, conforme él lo estaba viendo.

Bajé de la mula para expresar al caballero mis dudas, usando de mucho tacto para no herirle con mi incredulidad, pues pensaba si los rigores de la lucha le habrían descabalado algún tanto el entendimiento y soñara con fantasmas, pero juiciosamente insistió, y aunque, al preguntarle al escudero, éste negase ver nada, alegó que la visión le estaba reservada a él y que nadie más tenía por qué distinguirla, que la profecía precisara que sólo la contemplarían los elegidos, y que ello representaría haber quedado ligados nuestros destinos.

Milagro era, no cabía duda, por cuanto atravesaba un país infestado de piratas que, agrupados en ejércitos o desbandados en grupos de merodeadores, saqueaban, incendiaban y asesinaban a cuantos hallaban a su paso, y ya me andaba por la mitad del país vecino sin que nadie me estorbara el paso ni tropezara con nadie, a salvo de cualquier peligro, debido a que me guiaba la mano de Dios. Estaba cierto en la creencia. Y cuando era manifiesto que no precisaba ayuda humana aparecía el caballero asegurándome que sus tropas se hallaban acampadas en la otra ladera de la montaña, en espera del momento de dirigirse contra el rey Thumber en cuanto lo localizase, que era escurridizo como anguila, y que en adelante estaría yo custodiado y protegido por él mismo y por todos sus hombres, y que pues todo se había cumplido debía entender que nuestros destinos quedaban entrelazados para siempre y como tal, salvo mi mejor parecer y con todos los respetos por mi santidad y mi calidad de escogido del Señor, esperaba que yo le acompañase gustosamente.

Mucho me intrigaba que ninguna otra persona hasta el momento observara el dicho resplandor en derredor de mi persona, y ni siquiera el escudero aseguraba que lo distinguía, y esto me hacía pensar que, en efecto, alguna predestinación quedaba establecida para que fuera exclusiva facultad del caballero. Y pensaba también que el halo, resplandor o nimbo, debía de ser originado por la reliquia de la Santa Cruz que conmigo llevaba.

Pero, al estar ya dicho lo principal, no era caso de prolongar la situación, pues que me cogió de sorpresa y no acertaba a pensar cuál habría de ser mi actitud y decisión. Así que, escoltado por ambos jinetes, uno a cada lado, cabalgamos todos tres hacia la montaña para reunimos con la tropa que aguardaba en el campamento.

VII

Con ser tal la devoción que me dispensaba el caballero, parecióme villanía ocultarle que no a santidad, sino a la reliquia de la Santa Cruz debíase la aureola que sólo él había distinguido en torno a mi persona. Y al mostrarle las sagradas astillas fuera destacable la unción en postrarse de hinojos sin separar la pupila del imán que tan poderosamente le atraía, como también a los tanes que siempre le andaban en compañía, y aun el mismo ejército hincó la rodilla. Y sobre aquel mar de cabezas me pareció contemplar el Espíritu de Dios sobrevolando, reflejado en las lágrimas que surcaban los rostros endurecidos por el rigor de mil combates, transparentes por el fuego interno que les devoraba.

La emoción del momento nos penetró a todos. «Esta evidencia -comentó muy seguro un tane- demuestra que nos guía la mano de Dios. Y que nuestro rey logrará la victoria.» «¿Rey, decís?», inquirí. «No extrañaos -replicó orgulloso- que no a caballero, sino a rey servimos, que lo fue coronado por su padre antes de la muerte, aunque él juró no ostentar título de corona ni cetro hasta castigar al infame matador de sus padres, al cual persigue como rayo vengador. Y en cumplirlo apoyamos todos, que es cuestión de honor juramentado a nuestro antiguo señor, el rey difunto, renovado a este joven y nuevo señor por mandato de aquél.»

De mis tiempos de escudero aprendí a conocer los campamentos, sumidos los hombres en esa vaga irrealidad de las vísperas de muerte, cuando todos rehúyen fijar el recuerdo en el presentimiento del mañana. Atmósfera cada vez más densa y deprimida hasta la última noche, cuando las hogueras, el vino y la cerveza caldean cuerpos y ánimas, hasta olvidarse de olvidar la batalla que les aguarda al siguiente día, ya que nada hace tan feliz al hombre como trascordarse de lo que teme. Que unas veces el alcohol, otras el miedo, son fermento de héroes.

Nunca contemplara otro campamento igual, ocupados los guerreros sin descanso en unos u otros menesteres, entusiastas y conscientes de identificarse y participar con su señor, haciendo suya su venganza, con generosa contribución de esfuerzo y disciplina a la eficacia de una máquina que ellos mismos constituían. Y así sus jefes. Pues que el caballero exponía a los tanes el plan, reclamaba de ellos los consejos que su edad y bien probada valentía hacían de oro, aceptaban estos su mandato último y lo transmitían a la tropa. Ensayaban de continuo tácticas y modos de guerra, que eran sin fin los entrenamientos, evoluciones, enfrentamientos incesantes del mismo ejército dividido en facciones. Ensayos en que utilizaban mil estratagemas de engaño, y planteaban un frente defensivo con murallas de escudos para abrirse repentinamente y dejar paso entre ellos a una segunda fila que arremetía ofensiva, incluso a los caballos, o retroceder para dejar frente al enemigo una fila de lanzas apoyadas en el suelo que les era imposible cruzar, antes bien dejaban sus cuerpos y sus caballos ensartados en las agudas puntas de doble filo.

Cada día llegaban exploradores con la noticia de sus averiguaciones, y cada vez salían nuevos jinetes en busca de información, apoyados en las noticias ya recogidas, para intentar localizar al rey pirata. El único y verdadero enemigo.

«Mucho trabajan vuestros hombres», Dijele al caballero.

Respondió lacónico: «Astuto y fiero es su enemigo».

Pasaba las horas estudiando tácticas guerreras, transmitía órdenes, supervisaba todo cuanto importaba, procuraba la intendencia. Y sin preguntarlo adiviné que se instalara allí fuera de las rutas normales para sustraerse a la localización del rey Thumber, quien no cejaría tampoco en averiguar la posición de su enemigo para moverse de acuerdo con el territorio, elegir el lugar y atacar. Que el caballero conocía por experiencia cuan eficaz resultaba su rival en localizarle. Con lo que había de jugar la partida usándole idéntica astucia.

«Debéis de odiarle profundamente», le comenté una vez. Y como si juzgase llegado el momento de revelarme su íntimo pensamiento, atención que supe valorar en cuanto significaba hacia mi persona, me habló con un acento pausado que revelaba serenidad y meditado juicio: «Os equivocáis. Las pasiones debilitan y no puedo dilapidar mis energías. Al contrario, amo todo: la claridad de la luna, los ardores del sol, la oscura noche engalanada de estrellas. A mi ejército. A mis amigos. Puedo amar hasta a un enemigo honrado. Como pagano, Thumber es un bellaco sin honor, un oso capaz de destrozarte con un abrazo. No conoce más freno que los que él mismo se imponga. Pero si jura por Thor jamás quebrantará la palabra empeñada. Como guerrero, en cambio, es el más valiente que conozco. Cruel e implacable. Calculador, astuto, lleno de recursos; jamás se repite. Antes que odiarle le admiro, pues nunca supuse un tan digno contrincante. Como caballero cristiano, lucho contra los paganos que asolan nuestros territorios, asesinan a nuestros hombres, violentan a nuestras mujeres. Como hijo y guerrero me siento obligado a perseguirle con un solo empeño: matarle, o morir».