Todavía alcanzó a escucharme: «¡Volveré a encontraros! ¡Os perseguiré hasta el mismo infierno!».
Breve y gloriosa la jornada.
La fama cantó después que fuera el pueblo llano quien me bautizara con el nombre de Avengeray.
III
Los encuentros fueron sucediéndose en el tiempo con alterna fortuna. Me proporcionaron la evidencia de que mi oponente eludía, en cuanto le resultaba posible, una confrontación abierta con nuestras tropas. Aunque el combate personal siempre lo afrontó con la valentía que le era usual. Pues si acostumbraba ceder terreno y dar pasos atrás en la batalla, si su buen juicio se lo aconsejaba, no significaba ningún desdoro para su acreditado valor, que realizaba con estratagemas de combatiente consumado, fuerza de titán y arrojo de oso, que todo en él era descomunal; también el timbre de su voz y el tono hiriente de sus palabras. Nunca perdía el humor, y hasta parecía celebrar las ocasiones en que se encontraba más comprometido durante la pelea. Al menos era su comportamiento cuando luchaba conmigo, incluso alababa mis hazañas y lances cuando eran acertados, como si le regocijara sufrirlos, cuando significaban un peligro para su vida. Extraño personaje que nunca acabaría de entender. A pesar de que los años y los enfrentamientos fueron buena escuela para conocernos, tanto en los modos personales como en las tácticas y argucias que cada cual utilizábamos en el movimiento de las tropas. Sus inagotables recursos de ingenio agudizaban el mío, pues no sólo ansiaba igualarle, sino aventajarle.
Escudriñando por las bibliotecas de los monasterios aprendí el modo en que los griegos superaron a sus oponentes, con ser éstos más numerosos, mediante el invento de la larga y flexible falange. Y cómo posteriormente los romanos les superaron al corregir los defectos que la falange presentaba, de donde surgió el manipulo que les proporcionó la superioridad táctica. La misma sorpresa que experimentó Thumber cuando nos enfrentamos en la siguiente ocasión: «¡Bravo invento, Avengeray! ¡Me aventajaste!», que nunca fuera remiso en la alabanza. «Es invento viejo, Thumber. Pero tú no conoces latín.»
No era ésta la sola ventaja. Valientes y arrojados eran sus soldados, prontos a morir, como si no existiera retorno después de cada envite. Mas los nuestros habían aprendido a pensar y nunca les fueran a la zaga en bravura, como animados por la venganza; maniobraban con facilidad y desarrollaban las tácticas señaladas, con lo que durante la batalla adoptaban los esquemas previstos y aun ajustaban sus evoluciones según nuestras órdenes. Así resultaba imposible a los piratas romper aquellos cuadros sólidos que no presentaban grieta alguna, pues en cayendo un guerrero otro cubría el hueco. Batiéronse, pues, en retirada, y el vikingo reconoció su fracaso. Como éramos dos ejércitos condenados a una eterna rivalidad, más se ganaban las batallas por el planteamiento que por el número de muertos, que ya en nuestro caso no se producían grandes mortandades, pues no se justificaba sacrificar soldados inútilmente.
Influencia tuve en el arte guerrero, pues reyes y grandes señores que mantenían ejército abandonaron poco a poco el ataque masivo, como solían desde antiguo, al reconocer la superioridad de la maniobra, donde un reducido cuerpo de tropa podía resistir a ejércitos muy numerosos. Y aquel que no aceptó el cambio hubo de pagar extremado tributo.
Las batallas se nos tornaron más duras, los encuentros más espaciados, pues si antes el valor individual decidía el resultado, ahora lo hacía el conjunto. Sin que caballeros y paladines renunciáramos a nuestro privilegio de salir por delante a justar y entablar nuestros combates, que en algún caso propiciaban el resultado de la contienda.
Cada vez resultaba más difícil la tarea de encontrar a Thumber. Todavía más sorprenderle. Se extremaba el espionaje, con exploradores propios y espías pagados, y el apoyo del pueblo en nuestro caso, nuestro más eficaz colaborador para conocer sus andanzas y localización.
No menos activo resultaba el vikingo. Infería, por los resultados, que no sólo conocía nuestra posición, sino que adivinaba nuestras intenciones. Lo que no debía ser extraño, pues que zorro más taimado nunca conociera.
Convenía Aedan en que para Thumber cada encuentro le reportaba dificultades, pues arriesgaba y perdía hombres, sin obtener de nosotros botín alguno que le compensara. Siendo tan diferente al nuestro su código de honor, el orgullo de llevar a cabo soberbias hazañas no le gratificaba, como no fuera resultarle más temeroso a sus enemigos. Aunque para los cristianos fuera inconcebible, batirse en retirada, retroceder, ceder terreno ante el enemigo, no significaba para el bárbaro una derrota, ni lo considerarían sus amigos vencido ni deshonrado. Para los piratas sólo tenía significado el resultado final. Cierto que su fama de guerrero valiente y duro le rendía soberbios beneficios al debilitar a sus enemigos, por lo que encaminaba a tal intención sus hechos de armas. Y si continuaba enfrentándose a nuestras tropas cuando le obligaba a ello, era por mantener su prestigio y fama. Pues a pesar de sus bromas y el bien demostrado humor de que se servía, encontraba enojoso nuestro asedio, y en momentos de apuro, cuando mi rabiosa acometida buscaba segarle la vida, viéndose obligado a retroceder y cubrirse, solía exclamar: «¡Sois un maldito empecatado!», mientras su voz mostraba un cierto enfado.
Nuestro mutuo conocimiento había llegado al extremo de esforzarnos en lograr ventaja del vicio ajeno tomando provecho de la virtud propia. Thumber era ambidiestro. Acostumbraba luchar hasta el límite, que nunca le era corto pues su fortaleza le situaba por encima de muchos destacados combatientes. Y cuando el oponente le juzgaba tan cansado como él mismo, cambiaba el arma de mano y proseguía tan recuperado como si de nuevo comenzase. Al enemigo que lo ignorase quedaba poca probabilidad de sobrevivir. Esta cualidad fue la que derrotó a mi padre.
Conociéndole tal condición pugnaba yo por vencerle arrollándole con un impetuoso ataque desde el principio. Y a fe que lograba colocarle en situaciones comprometidas, de las que otro no hubiera logrado escapar; era entonces cuando me llamaba empecatado y empecinado. Cómo lograba sobrevivir a mi corajudo empuje, explicaba su probada maestría. Y cuando menguaba mi acometida inicial, era el momento en que podía desarrollar su fortaleza, incluso llevarse mi vida y con ella la venganza que tan arduamente perseguía. Pero entonces Aedan, para mi disgusto, aprovechaba cualquier incidencia del combate para interponerse y continuar luchando contra el vikingo. Mas me parecía un acuerdo, pues otras veces eran Teobaldo o Alberto los que intervenían, y hasta Cenryc tomaba parte en el relevo. Sospecha que siempre rechazaron, pero maniobra que llevaban a efecto con extremado cuidado, sin dar jamás ocasión a mi desdoro. Y si Thumber llegó a percatarse, nunca hizo mención.
Regañé a los tanes por este concierto, que siempre negaron, aunque lo sabía motivado por su gran cariño. Pues también probaron a combatir contra Thumber desde el principio para mermarle las fuerzas y entregármelo cuando mi fiero ataque tuviera mejores posibilidades de doblegarle, mas también me contradijeron alegando no ser otra cosa que acciones dentro de la batalla, que siempre se presenta de modo diferente. Como fuera, Thumber era para mí el guerrero más admirado, al no conocer a ningún cristiano ni pagano capaz de igualarle, lo que me llenaba de orgullo. Pues un enemigo vulgar y sin relieve me hubiera deshonrado. Ya que el mayor honor de un hombre nace de la calidad de sus enemigos. Por ello nunca consentí se rebajase la condición de Thumber en mi presencia, pues cuando le tacharon de felón y sanguinario atendiendo sólo a sus defectos, enumeré sus muchas virtudes, que siendo pagano los contrarrestaban con exceso. Cortesanos hubo, eternos jugadores del vocablo y del ingenio, extrañados de que admirase al enemigo mortal, asesino de mis padres, expoliador de mi reino. Sin percatarse de que, al vituperarle, era a mí a quien afrentaban. Cierto me estaba en que mi padre, espejo y luz de la caballería, lo entendería así. Pues cuando su espíritu me visitaba por las noches, acostumbraba exponerle mis hazañas y hechos, e insistirle en que eran mi norte e inspiración las reliquias que me entregase, cetro y corona colocados sobre una almohada carmesí orlada de flecos de oro, expuestas sobre un baldaquín ricamente bordado, que siempre aparecía en mi tienda expuesto como un altar, donde moraban las razones que sustentaban mi vida y la venganza que la alimentaba. Y nunca el espíritu del rey, mi padre, desmintiera mis razones.