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También mis buenos tanes acudían al altar para rendir cuentas a su antiguo señor de la misión que les encomendara. Todos lamentábamos la cada vez más evidente prueba de que Thumber nos rehuía, y cuando había de aceptar batalla procuraba eludir un ataque frontal, y en vez de empeñar toda su fuerza, evolucionaba de modo que lograba hábilmente escapar incólume. Ante esta seguridad exponía a mi padre la idea de que quizás conviniera cambiar el objetivo. Que sería reconquistar el Reino del Norte, donde todavía subsistía el viejo rey Raegnar, debilitado por los años, que ahora sufría rivalidades y traiciones de los jóvenes nobles, cuya ambición era más fuerte que su fidelidad. Mas el espíritu de mi padre, que se me aparecía en sueños, no quiso resolverme estas incertidumbres. Lo que me llenaba de indecisión al desconocer si mis actos y mis ideas coincidían con sus deseos, si su silencio deberíase a enfado por mi pretensión de aplazar la venganza para mejor oportunidad. Quizás se debiera a lo impreciso de mi proyecto, con lo que persistí en madurar su resolución, mientras mi padre continuaba cejijunto y silencioso en sus apariciones.

Aunque un día tuve la respuesta. El sol había traspuesto la cumbre de la montaña lejana. La tarde quedaba tibia, luminosa, brillante. Un nimbo dorado le prestaba la blandura de un sueño. Sobre la cresta de la sierra predominaba un cuchillo agudo que simulaba rasgar el aire como una aleta de tiburón la superficie del mar. Más allá se dibujaba, contra la claridad difusa, la silueta de una mujer yacente. Y en la ladera, acunado, un pueblecito. En lo alto del cielo, como ojo polifemo, el lucero de la tarde.

Contemplé el trazo de un oscuro sendero, por el que comencé a caminar. Me hundía en una bruma tan apretada que sentía su hálito rozarme el rostro, que palpaba con mis manos desnudas. De repente me cerró el paso un oso gigantesco; a los lados se desplomaban afilados precipicios por donde era imposible escapar. Cuando de súbito apareció un caballero envuelto en mágico resplandor, como una centella luminosa, y el oso se revuelve y desaparece, quedando expedito el camino sobre un sendero abierto a la esperanza. Caminando adelante me condujo allí donde el mundo cambia, donde sólo se formulan preguntas cuya respuesta es la intuición.

Mi gran inquietud desde aquel momento fue esperar que la profecía se cumpliese. Me parecía que claramente mostraba mi predestinación. Mucho me placía, pues, comprobar que toda mi vida no transcurría en balde; antes bien eran mis pasos concertados, mi razón notoria, mi empeño cierto. Que si perseveraba serían abiertos los caminos, viniendo a mi encuentro un ser prodigioso lleno de luz para conducirme al cumplimiento de mi venganza. La figura del oso lo confirmaba. Aunque una duda me acometía: no quedaba claro si el vikingo acabaría huyendo, lo que me causaba desazón y disgusto y sólo pensarlo me contristaba por la gloria que me sería negada, o si finalmente lograría vencerle en combate, dándole muerte. Lo que, desde lo más profundo, allí donde reside la sinceridad del alma, me parecía un triste fin. Porque, así me perdonase el espíritu angustiado de mi padre, si me faltara Thumber, ¿sería tan glorioso mi destino? ¿Es más feliz el hombre concluida la tarea que mientras la realiza? Y aunque fuera justa la venganza y querida por los cielos, ¿qué iba a quedarme después de cumplida? Sin duda reconquistar mi reino. ¿Y después, ya pacificado y reconstruido? Acometer otro empeño, pues debe sucederse la ilusión constante en nuestro corazón para iluminar nuestra vida. Quizás la luz irradiada por el caballero de mi visión representase el espíritu infatigable e indestructible, la confianza ciega en llegar a un fin, que al final el hombre nunca es vencido si no se derrota a sí mismo.

Siendo tales razones obsesivas por aquel tiempo, me sobresaltó una repentina visión, que me pareció sueño. Cabalgaba por un estrecho vallecillo, entre dos crecidas montañas, en busca de alguna pieza que cobrar con el halcón o los perros, durante un descanso del duro ejercicio en el cercano campamento, cuando por una especie de desfiladero surgió una figura iluminada por vivo resplandor. Caballero en una mula de plácido y acompasado paso, despreocupado el continente. Advertí que andaba desarma do y ajeno a los peligros del mundo. Me detuve, para permitir que me alcanzase mi escudero. Le pregunté si contemplaba lo que yo. Sólo alcanzaba a distinguir a un religioso cabalgando sobre una burdégana, que quizás se trasladase de convento o cualquier otra razón de su ministerio. «¿Y alguna señal muy particular no veis en él?» Replicó que afinando la vista se atrevía a decir que era fraile y hasta posiblemente peregrino, y nada más.

Galopé a su encuentro. Descabalgué y me prosterné con reverencia a sus pies, dando gracias a Dios por haberse cumplido la profecía, pues el santo de resplandeciente aureola se me había presentado.

A preguntas del fraile hube de aclararle cómo se me había representado en sueños, nimbado de radiante luz fulgente sobre su cabeza, que le acompañaba por toda la figura hasta envolverle.

El buen fraile, que lo era peregrino y regresaba de Tierra Santa habiéndose salvado milagrosamente de todos los peligros durante muchos años, dijo que nadie antes que yo le encontrase la aureola. Se inclinaba por ello, ante la predestinación, arguyendo que nunca el cielo decide en vano, y pues nos unía, tendría sus planes para nosotros y nos señalaría el camino. Mas él no merecía la devoción que yo le mostraba, pues que sólo era un fraile humilde y pecador; el resplandor nunca se debería a su santidad, sino a la sagrada reliquia de la Santa Cruz que consigo traía. Y como nos la mostraba cuando ya habíamos llegado al campamento, mis valientes tanes y todo el ejército se unieron para postrarse con unción. Se confirmaban en que todo ello certificaba el cumplimiento de la profecía, viéndose victoriosos tras aquellos interminables años de inquebrantable empeño.

Inútil fue mi intento, llevado a efecto con disimulo, para saber si alguno distinguía la aureola que envolvía al peregrino. Ni siquiera Penda, que por espíritu debía de serle el más cercano a todo lo milagroso, observara nada.

Accedió, bajo mi constante ruego, a quedarse con nosotros. Lo que llenó de júbilo a los tanes y a la tropa. Mandé entonces fabricar un precioso joyel relicario para albergar dignamente las sagradas astillas del madero en que recibiera la muerte Nuestro Señor Jesucristo.

Una ilusión renovada penetró el ánimo de toda la mesnada. La larga espera en aquel apartado campamento, fuera de toda ruta, se les hizo más llevadera. Tenía por virtud eludir la localización y desorientar a Thumber, ya que, además, sus espías se delataban por ser extraños, y, aunque imitasen las ropas, les denunciaba el lenguaje. Mientras los nuestros eran nativos, y aun el mismo pueblo llano nos apoyaba. La posición nos favorecía.

Finalmente nos llegaron noticias, difíciles de interpretar en principio. En el Estuario del Disey se había producido un desembarco; arrasaron el fuerte y aniquilaron la guarnición a fuego y espada. Se trataba del rey Horike y su horda de danés, que después se mantuvieron sobre el terreno. Y tal acción sólo podía interpretarse en un sentido.

El rey Ethelhave reunía el ejército apresuradamente, retirando tropas de las guarniciones extendidas por el reino, y avanzaba despacio sobre el estuario, mientras se le incorporaban las fuerzas que había llamado.