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«Acepto, señora, a condición de que la boda con mi señor Avengeray tenga lugar tan pronto concluya el luto de la corte.» La decisión de palabras y gestos le confería un aspecto solemne, como jugador consciente de cuanto arriesga en cada envite. Diríase que se mantenía hierática, sin dejar traslucir la profundidad de sus sentimientos.

«Habréis de prometer solemnemente, con la mano sobre los Evangelios, que jamás os opondréis entre mi señor Avengeray y yo.»

«A condición de que prestéis todo el apoyo del Reino de Ivristone, así en tropas como en armas y víveres y dinero, para la causa de mi señor Avengeray: reconquistar el Reino del Norte, que le pertenece por legítima. Y ello en cuanto mi señor os lo demande, siempre que Ivristone no se encuentre en guerra con otro reino.»

«Lo concedo, si ha de existir un pacto de por vida entre los Dos Reinos y os comprometéis a defenderme como Señora y Regidora de Ivristone.»

«A condición de que vos, señora, apoyéis igualmente a mi señor Avengeray con todos los medios del reino cuando ocupe el trono del Norte. Contra los enemigos, así por tierra como por mar, y tal ayuda consista en una verdadera alianza, de guerra.»

«Lo concedo si aceptáis libremente que visite vuestra corte cuando guste.»

«A condición de que reconozcáis en documento mis derechos al trono de Ivristone, y los de mi señor Avengeray, cuando faltéis vos.»

«Lo concedo, siempre que mi muerte no se deba a la violencia ni traición.»

La tenacidad por parte de Elvira, pienso que debió de asombrar a Ethelvina, quien prometió muchas de las cosas que tenía convenido conmigo llevar a efecto. Comprendió que las exigencias de Elvira no significaban conocer el plan, sino que eran propias de su deseo de salvaguardar mis intereses, que habrían de convertirse en suyos por el matrimonio. La que hasta entonces había sido una tierna hija, flor y crisálida al propio tiempo, de súbito se transformaba, sin transición, en una reina. Serena, majestuosa, reflejaba un influjo heredado quizás de su propia madre, dormido en su sangre hasta aquel momento. Rivalizaba contra ella, quien mantenía la autoridad de su gesto, la dignidad de su cargo.

«Este pacto permanecerá secreto, y habremos de jurarlo con las manos sobre los Evangelios. También vos, mi señor Avengeray.»

Impusimos las manos como queda dicho, y pronuncié con clara voz:

«Consiento.»

Igualmente lo repitieron ellas.

Ethelvina requirió la pluma y procedió a redactar el documento, pues su mismo carácter de secreto no permitía encargar su escritura a amanuense ni escribano alguno.

VI

Lucha en dos frentes, sometido a gran tensión de ánimo: la ambición me empujaba hacia Ethelvina; el amor, imán poderoso, me atraía hasta Elvira. En ambos me complacía luchar.

Era la de Ethelvina una convivencia grata; concebía y desarrollaba en su compañía los planes de Estado y los mil proyectos que su imaginación fértil discurría. Sazonado todo ello con la pasión que salía de la alcoba y le circulaba como fuego por las venas hasta encenderle el corazón, entusiasmada con los preparativos, ya casi concluidos, para el ataque.

Como Raegnar tanteaba esporádicamente nuestras defensas en los Pasos de Oackland, y los piratas no cesaban en sus incursiones merced a bandas reducidas que asolaban los territorios, causaban la muerte de los paisanos y la desolación de sus casas y las cosechas, nuestros movimientos de tropas quedaban justificados: despliegue defensivo, reforzar guarniciones y cubrir puntos estratégicos sin levantar sospechas en el enemigo, ignorante de los verdaderos propósitos que nos guiaban.

La felicidad despertaba la imaginación de Ethelvina, que urdía planes sin cesar, unidos los tres en un destino. El poder y la gloria habrían de agigantarse conforme las tropas engrandecieran el reino.

Me contagiaba su entusiasmo. Contribuía a que acudiese a ella con mayor ardor, pues encontraba una regidora inflamada por el arrebato de sus planes de Estado, y una mujer sabiamente caldeada de pasión. Lo que había acrecentado su belleza, pues ahora irradiaba luz.

Mas, sería ambición lo que me impulsaba hacia ella. Pues amor, que brotaba poderoso en mi interior y me renovaba, me llevaba hasta los brazos de Elvira. Quien vivía en tal excitación que apenas si el sueño le cerraba los párpados alguna vez; pasaba las noches entre congojas y temores. Tenía por cierto el daño que podía recibir y recelaba. Pues de morir, explicaba, Ethelvina tendría resuelto el porvenir que ansiaba.

Insistía yo en que ningún daño le sobrevendría de su madre, que la amaba. Apenas si concedía crédito a estas palabras, pues juzgaba que mi propósito era sólo consolarla. Suspiraba y se estrechaba entre mis brazos. El problema, pues el daño era ineludible, consistía en conocer hasta dónde sería capaz de alcanzar. Para concluir que Ethelvina no reconocía límite: acabaría aniquilándola. Y su gran sentimiento era pensar que entonces me vería privado de su amor, y mi existencia sin oriente. Sacrificaría gustosa su vida por favorecerme, si estuviera en su mano. Porque Ethelvina era fría, audaz, inteligente, maquinadora y realizadora en la sombra de astutos planes. Todo lo cual ya me era sabido. Mas, conocía su complacencia con la situación derivada de nuestro acuerdo. Mientras Elvira se perdía por el vericueto de la adivinación, intranquila por ignorar los proyectos, el modo y momento en que su madre desencadenaría la venganza, con lo que vivía en un permanente terror. Pues inútiles resultaban mis esfuerzos para tranquilizarla, refiriéndole los planes de Ethelvina que nos incluían a los tres. Elvira llegaba a decir que, en casándonos, cuando fuera a la guerra se refugiaría en un monasterio hasta que pudiéramos reunimos en una nueva corte, lejos y a cubierto de su madre.

Me confortaba pensar que su estado era propio de su juventud y desconocimiento de los tortuosos caminos de la vida. Aunque me causaba gran sufrimiento. Lo que me empujaba a participar de corazón y con calor en los planes de Ethelvina, que colmaban mi ambición. Y he de confesar, pues me prometí escribir esta historia con sinceridad, que su rendido amor me halagaba, lo que me inducía a participar de su entusiasmo por el futuro glorioso que estábamos construyendo. Nos compenetrábamos hasta incardinarse en mí su ambición.

Cuatro semanas transcurrieron, unas lentas, otras vertiginosas, entre la entrevista y el plazo señalado para nuestra boda. Representaron una escalera por donde ascendían todas las expectativas. Y pues cuanto estaba sucediendo entre nosotros lo desconocían en el castillo, por el obispo innominado supe las dudas que los ancianos consejeros plantearon a la señora: notorio era que en su momento no me guió ambición por el trono, sin embargo ¿no parecía mi actual conducta un intento de llegar a él a través de la princesa Elvira? ¿No podía juzgarse, entonces, que desarrollaba un calculado proyecto, tanto más peligroso cuanto poseía el mando supremo de todo el ejército? ¿Hasta dónde era prudente arriesgarse a tal posibilidad?

Replicó la señora que eran razonables sus dudas, pero al no ser posible prescindir de mí sin grave quebranto para el reino, usaba de todos los recursos que el Estado puede esgrimir para conducir los acontecimientos en su provecho. Con lo que concluyó la reunión sin revelarles sus ideas. Y me quedó la preocupación de si se debía a esperar el momento apropiado para descubrirles nuestros proyectos, o si, como se temía Elvira, obedeciera a otras razones que hasta yo mismo ignoraba, pese a la extremada confidencia de nuestras relaciones. Incierto resultaba, mas tenía cuidado en no declarar mis pensamientos al obispo, y los ocultaba también a Elvira. Pero vestía cota de mallas y portaba espada y puñal. La guardia permanecía día y noche en los accesos a la cámara de mi amada, y estrechaba los cuidados con Teobaldo, pues visitaba con él la guarnición del castillo, a la que se mantenía en permanente entrenamiento, todo a punto.

Las ideas de la corte recorrían otro sendero. La proximidad del fin de aquel período de luto acrecentaba la animación de la cortesanía. Las cenas cada vez eran más lucidas, mayor el ánimo de las damas reflejado en el creciente ritmo desplegado en sus talleres de modistas y bordados, donde las criadas trabajaban sin descanso para dejar dispuestos los modelos diseñados por Monsieur Rhosse, quien andaba más ocupado que yo mismo. Con lo que parecía muy feliz.