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Lograba convencer a Elvira alguna noche para acudir a la cena. Aunque accedía sólo por contentarme. Entonces brillaba con el candor y la belleza que la ensalzaban sobre todas las otras damas, lo que les despertaba la envidia. Se hacían lenguas del amor que me mostraba, así al contemplarme con los ojos entreabiertos de ensueño o mientras danzábamos o conversábamos, que lo hacíamos sin palabras, y era entonces cuando más unidos nos sentíamos. Hasta olvidarnos de todos y sentir la pura expresión de la felicidad.

Mis preocupaciones en nada se parecían a las que imperaban en la corte. Si los ataques de Raegnar no revestían peligro, las noticias procedentes de la frontera sur me causaban inquietud. Nunca he sentido temor por la guerra. Enfrentarme a un ejército, aunque fuera numeroso y fuerte, me estimulaba siempre. Pero desconocía ahora la clase de enemigo que nos estaba atacando. Un panorama confuso. ¿Cuál era el número y quiénes sus líderes? ¿Cuáles sus planes y ambiciones? Parecía como si nuestras guarniciones resultasen incapaces de controlar la situación en sus territorios, de facilitarnos, cuando menos, informaciones ciertas y fidedignas. En tal incertidumbre me debatía cuando recibí noticias más concretas que, si iluminaron mi desconcierto, aumentaron mi intranquilidad: entre las hordas aparecía Thumber, maestro en la estrategia, zorro astuto, Oso Pagano. Los partes revelaban que de un día para otro atacaba a 100 millas de distancia. ¿Cómo resultaba posible desplazarse a tal velocidad? Demostraba su habitual astucia y lograba espléndidos botines. La región estaba siendo asolada a hierro y fuego, lo que no era usual en el vikingo, quien respetaba el territorio y a los habitantes si lograba buen recaudo, pues, ¿de dónde iba a obtener botín la siguiente vez, si no? ¿O estaría preparando la invasión de algún aliado?

Se evidenciaba la ineficacia de los informadores o de sus fuentes, los capitanes de las guarniciones; alguna de ellas estuviera en peligro de exterminio. Me asaltó la sospecha de que todo pudiera obedecer al propósito de confundirme. Lo suponía enterado de mi estancia en Ivristone y la tarea que me ocupaba. Al empobrecer el reino con aquella táctica lograba a la vez un efecto más inmediato: las guarniciones habían de ser avitualladas desde lejos.

Ethelvina convocó una asamblea con los ancianos consejeros y cuantos nobles pudieron acudir. Describió con alguna exageración los peligros que corría el reino, la amenaza de sus enemigos, la justificación de nuestro rearme y el fortalecimiento del ejército real, la colaboración que se esperaba de todos los nobles y el apoyo debido para cubrir las necesidades del Estado, que se desvelaba en un esfuerzo continuo. Anunció que mantenía su absoluta confianza en el Gran Senescal de Guerra y, pues la seguridad del reino se hallaba en sus manos, en vista del gran amor que profesaba a su hija, la princesa Elvira, según era notorio en la corte y en todo el reino, había decidido ligar al caballero Avengeray a la Corona, mediante el matrimonio con la princesa, enlace que se celebraría al concluir el período de luto habido por la muerte del glorioso y nunca bastante llorado rey Ethelhave.

Gran habilidad tuvo para escoger el momento apropiado de exponer la situación que cumplía a nuestros planes, cuando el peligro exterior explicaba todo el esfuerzo que se llevaba a cabo para reforzar al ejército y las fortificaciones, con lo que se pretendía no despertar sospechas en los enemigos exteriores y justificarse ante los súbditos propios, a la vez que se lograba el apoyo económico de la nobleza, y sus aportaciones en hombres, armas y víveres. De igual modo estaba calculado aprovechar otra oportunidad para alegar la necesidad de invadir el Reino del Norte, obligado por aquel Raegnar viejo e inhábil, combatido internamente por sus propios nobles, a los que sin duda pensaría mantener ocupados.

El anuncio de la boda no calmó los temores de Elvira, terne en sospechar maquinaciones de su madre, por lo que se debatía en una constante fiebre de noches convulsas en mis brazos, único refugio a sus pesadillas y terribles presagios.

En la corte, la noticia obró la renovación de sus ilusiones para una fiesta que ya vaticinaban desde antes. Aunque ahora los preparativos de cada dama se veían acelerados. Era llegado el momento estelar de aquel Monsieur Rhosse, quien jamás ciñera espada ni embrazara escudo, ni se ocupara de más artes que las femeniles, mimado y querido por las damas tanto como vilipendiado por los caballeros. Pese a lo cual ascendiera a dignatario cortesano, que hasta despachaba con Ethelvina en su cámara, honor a pocos reservado, por lo que se preciaba ser su más ferviente servidor, y además de confeccionarle vestuario con tanta pompa y lujo como ninguna otra dama pudiera alcanzar, alardeaba de merecer su amistad, de prestarle destacado interés y considerarla la más bella. Como esta última razón resultaba cierta, pensaba si con ella se ofenderían las damas. Aunque tenía aquel hombre la virtud de no levantar despechos femeninos, pues presumían que respondían sus palabras a obligada lisonja hacia la señora. Si alguna vez embromé a Ethelvina me replicó con un mimo, e intentaba apaciguar unos celos que yo no sentía pero que ella se gozaba en suponer, declarando que el galán era tan delicado, sensible e inofensivo como cualquiera de sus doncellas. Pero un genio que convenía cultivar, pues se bastaba para mantener distraídas a todas las damas de la corte, con lo que les impedía, al desarrollar su frivolidad, pensar en cuestiones de mayor importancia que pudieran envenenar la mente de sus esposos, a los que nosotros procurábamos mantener ocupados. A los que al evitarles el ocio se impedía también lo dedicasen a robar y saquear, o asesinaran a quienes les estorbaban, y cometieran tropelías con sus huestes.

Peor todavía si se ocupaban en perseguir doncellas, promover traiciones y complots. O embriagarse en los banquetes, lo que era fuente de mil conflictos, pendencieros y revoltosos, asaltantes de caminos emboscados para sorprender a sus enemigos y matarles y robarles, violar a sus mujeres, o asesinarlos durante una partida de caza, por los bosques y los caminos. Que todo ello servía de divertimento de nobles holgazanes.

Aprovechaba yo alguna ocasión, ahora que las damas tan ocupadas parecían, para salir al bosque con una docena de escuderos, sin olvidar mis halcones y perros para perseguir al corzo y al jabalí, cazar el zorro, ejercitar el caballo y realizar ejercicios de armas. Entre tanto aguardaba noticias del sur, donde enviara mensajeros con la esperanza de aclarar la situación. Preocupaciones desconocidas para casi todos; apenas si las comentaba con mi fiel Teobaldo y el obispo, pues ambos me guardaban la reserva, y con Ethelvina, que siempre me esperaba.

Más difícil resultaba ahora Elvira, ocupada con sus doncellas, bordadoras y modistas en la confección de sus vestidos y toda su ropa, que cuidaba no fuera vista por nadie, y menos todavía por mí, a quien no estaba permitida la entrada en evitación de los daños que pudieran originarse. Aunque Monsieur Rhosse entraba y salía a su antojo, exultante de satisfacción ante mí por su facilidad de movimientos y mi veda. Elvira, con amorosa mirada, decía ser necesario para que no cayese sobre nosotros maleficio alguno, aunque le apenara. La única condescendencia que se permitió conmigo Monsieur Rhosse, sin duda para endulzar mis dificultades, consistió en confesarme que el vestido de novia prometía ser el más famoso y bello que jamás luciera una princesa.

Si alguna noche logré reunirme con ella fue por poco tiempo, y relajada de la tensión volvíanle los recelos sobre su madre. Me insistía en la amenaza de alguna maquinación, me pedía que no retirase la centinela apostada para defenderla, y exigía a su camarista probar cualquier alimento y bebida antes de tomarlos. A la vez que persistía en que llevase la cota de mallas y fuese armado, pues que en ropas de cortesano me encontraría indefenso contra los sicarios.