Inquietudes que estaban lejos de coincidir con las mías. Sospechaba que los bastardos y nobles provocadores desplazados en las guarniciones del sur tramaban alguna traición. No olvidaba en el Estuario del Disey me había ganado su enemistad, aunque después simularan amigable reconocimiento y pacíficos deseos de colaboración. ¿Estarían vendidos y me enviarían falsos mensajes? Thumber les era buen aliado, todos deseosos de perderme. Podía estar sucediendo todo de modo diferente a como lo mostraba la información que me llegaba.
Concluí decidiendo que mi buen tane con los sesenta guerreros marchase a la frontera sur, para recorrer las guarniciones y el territorio y enviarme noticias fidedignas. Teobaldo y el obispo coincidieron en el riesgo que suponía dejar Ivristone sin su protección. Estimaban preferible que se avisara a Cenryc para que lo hiciera desde Oackland. Esto hubiera consumido el doble de tiempo, ya que Oackland se encontraba al norte del reino. Y la situación no hacía aconsejable ninguna demora. ¿No se encontraba bien entrenada la guarnición del castillo, obediente al mando? Teobaldo asintió. Insistí en que era suficiente. No conocíamos movimiento alguno de tropas enemigas tan cercanas que constituyeran peligro. Se trataba además de una expedición que apenas llevaría tres o cuatro semanas. Requería una pronta resolución para no demorar los preparativos del ataque contra Raegnar, de lo que no podía hablarles. Tan adelantados se encontraban ya, que la fecha de la invasión había sido fijada. Mas no podíamos aventurarnos hacia el norte sin conocer exactamente la situación en el sur. Tampoco podía retrasar la boda con Elvira, pues de no celebrarse antes del ataque, ignoraba por cuánto tiempo se dilataría. Nadie podía prever si la guerra se resolvería con rapidez o tendría una duración superior a lo esperado.
Elvira no soportaría por mucho tiempo la tensión a que se encontraba sometida. Me imponía, pues, aceptar el necesario margen de riesgo si quería se realizase conforme a lo previsto. La guerra me ligaba tanto con Ethelvina como con Elvira, pero ésta confiaba en la salvaguarda que le supondría nuestro matrimonio. Proyectaba reunimos con la mesnada, de la que tanto tiempo llevaba separado, para iniciar la invasión; ella decidió que si era obligado separarnos se refugiaría en el monasterio más cercano a Oackland, escondido en la montaña, en espera de mi regreso. O de reunimos allí donde la llamase.
Los años, al borrar la ceguedad de las pasiones, permiten distinguir la trascendencia de cuanto antes quedó incierto. Al repasar ahora mi pretérito reconozco que fuera mi mayor error desoír los consejos prudentes de mi buen Teobaldo y del obispo. Pues ello significó condicionar mi porvenir y el de cuantos de mí dependían. Que cada cual somos pequeña parte de un engranaje general y cualquier acción se propaga modificando el entorno en el espacio y en el tiempo. Muchas cosas serían diferentes si el más humilde de los hombres no hubiera nacido nunca.
Momento supremo fue aquel en que nos presentamos en la capilla para la ceremonia, rodeados de la fastuosa corte. El rostro de Elvira irradiaba felicidad, olvidados por el momento sus temores y presagios. También Ethelvina aparecía encalmada, bella; destacaba entre el cortejo de sus damas, que aun siendo más jóvenes y todas hermosas, ninguna la igualaba. Lejos de parecer preocupada, mantenía, como toda la corte, aire de fiesta.
Debía de ser yo, con seguridad, el más preocupado, aunque también procuraba disimularlo: todavía no me habían llegado noticias concretas de Teobaldo.
Las damas mostrábanse espléndidas con los vestidos y adornos diseñados por Monsieur Rhosse, quien resplandecía de vanidad como ninguno, gozándose en su obra. El número de caballeros era proporcionalmente reducido, limitado a los ancianos consejeros y algún noble venido desde sus territorios para ser testigo de tan magna ocasión. Tampoco esperaba más, pues todos atendían cargos y obligaciones que les retenían lejos.
Por ello me sorprendió la repentina entrada en la capilla de los bastardos y nobles que les eran adictos, si bien penetraron con discreción, y se situaron al fondo. Llevé mi mano a la empuñadura de la espada en movimiento instintivo, aun cuando me dominé al observarles el semblante pacífico. Sólo leía en sus rostros como un reproche por no haberles llamado, invitado a la ceremonia, cuando eran familiares y se hallaban presentes sus esposas. ¿Cómo coincidieron para venir, si se encontraban en lugares distintos? Dominado el furor que me produjo su repentina aparición, me prometí ocuparme de ellos al acabar la ceremonia, pues falta de disciplina, y grave, era.
Encaré el altar junto a Elvira. El obispo, revestido de pontifical, se aprestaba a iniciar la ceremonia. Es difícil reflejar los sentimientos que me embargaban. Recuerdo una sensación de hallarme flotante en el espacio, desligado del pasado, presente y futuro, como si la vida se ciñese a aquel preciso instante en que nuestras almas se fundirían en una, como el obispo nos explicaba los últimos días, al ensayar la ceremonia que deseaba tan perfecta que no aceptaba improvisación alguna, como el momento más importante de su vida. Fiel me era, en verdad, el obispo innominado.
Y apenas había iniciado los prolegómenos cuando le interrumpió grande estruendo de hombres de armas, quienes irrumpieron como rayos que desencadenan una lluvia de fuego que a todos nos envuelve.
Al volverme sufrí tan profundo choque que me creí poseído de locura. Pues el cambio experimentado me hundía, desde la gloria de mi felicidad, en lo más profundo del averno. Infierno representado por aquella horrenda horda vikinga, armados de hachas de doble filo, picas, espadas y arcos montados con la flecha pronta a volar, embrazados los escudos, cubiertos de pieles y sobre la cabeza el casco que les distinguía, tantas veces contemplados en el campo de batalla. Con mayor rapidez que se tarda en comprenderlo rodearon a los bastardos y sus acompañantes, a los que atacaron de muerte. Tan fulminante la acción, cogidos de sorpresa, que apenas si alguno tuvo tiempo de desenvainar la espada. Cayeron con la cabeza partida en dos merced a un tajo del hacha de doble filo. Pienso que la carnicería había concluido antes de que mis pupilas se percatasen del conjunto.
Otro grupo de arqueros, situados en la escalinata central, por lo que dominaban el recinto desde su altura, dispararon contra algunos caballeros ancianos del consejo que intentaron blandir las armas. En un segundo la muerte sembró de cuerpos el pavimento, tan rápida que apenas si tuvieron tiempo de exhalar un grito de agonía, que fue devuelto por los muros pétreos de la capilla.
El instinto llevó mi mano a la espada, mas una red hábilmente manejada cayó sobre mí y quedaron mis brazos sujetos y yo prisionero. La espada ceñida a mi pierna, desenvainada pero no blandida, inútil en su desnudez. En derredor se agitaban los furiosos vikingos, algunos de los cuales sujetaban los cabos de la red que me embarazaba. Comencé a forcejear dentro de aquella prisión con una furia nacida desde la desesperación que acababa de poseerme. Inútil todo esfuerzo: la tensión de los cabos me convertía en un fardo abominable.
Observé movimiento en la parte superior de la escalinata, entre los arqueros vigilantes, y apareció la figura descomunal del rey Thumber. Avanzó hasta la balaustrada: nos contempló con satisfacción no disimulada, distendido por una mueca triunfal su amplio rostro cruzado de cicatrices. Me percaté de que era el único que no portaba armas. Alterar su hábito en ocasión tan singular revelaba la seguridad que sentía. Era una provocación, un insulto. Pero estos razonamientos tardé en concebirlos. Entonces notaba solamente que a su lado caminaba el escudero con las armas.
La expectación despertada le hacía gozarse del golpe maestro logrado merced a su proverbial astucia. Libaba en aquel instante el hidromiel glorioso al contemplar envuelto en una red a su mortal enemigo, humillado, vencido, ultrajado en su dignidad de hombre y en su honor de caballero cristiano, el cual soportaba una vergüenza que impregnaría hasta el último recoveco de su espíritu, y le haría morir con el estigma de esta indignidad. Pudiera ser que la leyenda convirtiera la hazaña en mi favor, me mostrase virtuoso al soportar con humildad la desventura, me considerase un elegido del cielo. Inclusive que los demás olvidasen, mas el deshonor quedaría impreso en mí por el resto de mi existencia. ¿Lo olvidaría mi amada Elvira? Lucía pálida como si la hubiera visitado la muerte, fijos sus ojos en Ethelvina, inmóvil, serena y bella, que hasta parecía trascender de sus pupilas una liviana sonrisa enigmática, como si en vez de sorpresa existiera regocijo. ¿Era traición maquinada por ella? La sospecha me resultó un golpe tan fuerte como si me destrozasen el cráneo de un mazazo, después de penetrar el casco de acero. La misma interrogante aprecié en el rostro de Elvira, cuyos temores se veían cumplidos. Tan bien dispuesta fue la celada que la tropa quedó neutralizada sin lucha, pues no había señal de combate. El mismo Thumber no empuñaba arma, con ser fama que no la soltaba ni en sueños, para mi humillación.