Montaba el caballo cuando le avisaron que su señor, Ethelvina y sus damas, los ancianos consejeros supervivientes y hasta nuestro santo obispo, yacían sepultados en las mazmorras, adonde acudían criados para liberarles. La cabalgada de Ivristone ya se había adelantado en persecución de los huidos. Él bajó al sótano para comprobar las noticias.
Ethelvina abandonó la celda con premura tan pronto abrieron la puerta. Dejó atrás a sus damas, que ya eran viudas. Subió aceleradamente por las pinas escaleras en procura de sus dependencias, donde tuvo la inmensa alegría de comprobar que los piratas no descubrieran la cámara secreta en que reposaba intacto el tesoro. Esto le valió las críticas de la corte, pues lo había antepuesto a conocer el destino de su propia hija, por la que no llegó a preguntar ni manifestar preocupación alguna en aquellos instantes iniciales.
Sus damas corrieron a encontrar los restos de sus esposos muertos en la capilla. Les lloraban desconsoladamente, con grandes manifestaciones de dolor. Nunca podríamos sospechar si por las mentes de tan frívolas hembras cundía la idea del modelo de tocas de viuda que debería confeccionarles Monsieur Rhosse, el cual surgió todo medroso, empavorecido y entumecido por la larga permanencia en el escondite que le salvara la vida. Aunque pienso se hubiera librado igual, pues que los bárbaros sienten la misma reverencia por los indefinidos que por los locos, a los que consideran sagrados. Mas Monsieur Rhosse debía de ignorarlo cuando no pensó en cerciorarse. Y pues fuera testigo de la noche salvaje se convirtió en el descriptor único e ideal; los demás le atosigaron para que, sin abandonar sus expresiones características, sus aspavientos y desprecio por la violencia, malos modos y obscenidades de semejantes bárbaros paganos, relatase cuanto vieran sus ojos, que todavía no lo creía él mismo. Tamaño había sido el espectáculo. Fueron las viudas quienes más le estrecharon para que lo contase, salpicado el relato con gestos provocados por el horror y la abominación de lo contemplado. Pensaba, por la insistencia que ellas ponían en forzarle a explicarse, que pudiera existir alguna secreta complacencia, que enigmas existen en los espíritus que jamás llegaremos a desentrañar. Y aquellas damas bien demostrada me tenían su livianeza, aunque otra apariencia se esforzasen en mantener cuando se encontraban en el salón con Ethelvina.
Ya me rodeaban algunos servidores cuando llegó Teobaldo. El santo obispo permanecía arrodillado a mi lado, sumido en oraciones. También Teobaldo inclinó la rodilla tras comprobar que me hallaba con vida; resbalaron por sus mejillas las lágrimas y besaba mis manos y mi cara dando gracias a Dios por haberme salvado.
Mientras lamentaba el estado en que me encontraba y maldecía a los traidores y a nuestro mortal enemigo, mandó que una docena de soldados me trasladaran en sus brazos a la cámara, arriba, donde Ethelvina cuidó de que fuera acondicionado y atendido. Mas Teobaldo no permitió que me tocasen otras manos sino las suyas y las de nuestros guerreros, algunos de los cuales permanecieron en el aposento, apartados pero visibles, y con otros guarnecieron todos los accesos exteriores. Aun con gran respeto por su condición de mujer y de regidora, hizo ver a Ethelvina que mientras su señor permaneciese inconsciente cumplía a él mi salvaguarda, lo que entendió la señora, que respetaba a Teobaldo y le comprendía. No obstante extremó su celo, y en compañía de sus doncellas atendió al menor de mis cuidados. Los físicos y sanadores dictaminaron que no había daño alguno en mi cuerpo y que el reposo recuperaría mi espíritu y me devolvería a este mundo.
Lo que, afortunadamente para todos, sucedió por fin. Aunque todavía transcurrieran algunos días antes de darme cuenta de la tragedia, de la burla a que me sometiera aquel azote de Dios: tras humillarme y deshonrarme me había arrebatado a mi muy amada esposa, la santa Elvira, mi queridísima doncella. ¿Cómo pudo transformarse de repente, pues era débil y sutil, hasta dominar el tumulto e impresionar al demonio vikingo, al que sabía mi enemigo mortal, y llegar a contraer con él matrimonio? ¡Golpe funesto fuera conocer la historia! Dudaron en contármela, mas finalmente el obispo cumplió el que resultara el más penoso de todos sus deberes, que tanto me dolió su propio sentimiento como mi sorpresa, rabia y estupor. ¿Pues cómo consintiera ella desposarse con un tal salvaje? ¿Dónde quedaba nuestro amor?
Nunca existió caballero más infortunado que yo. Condensadas todas las desgracias en su plenitud se derrumbaban sobre mí. Atormentado por desconocer las razones de Elvira, me era incomprensible su determinación cuando existía entre ambos un secreto que nos ligaba para siempre. El santo obispo me contemplaba compasivo, e intentaba aliviar mi dolor con el reflejo balsámico de su santidad; me confortaba con santas palabras de Dios y de los Evangelios, de los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, cuando en torno suyo se le derrumbó todo el mundo en que se había desenvuelto, pues era su dolor mayor que mi dolor ya que no hubo jamás otro semejante, ni lo habrá.
Resultaba posible hablar libremente, pues hacía días que los guardas de vista abandonaran la cámara donde me encontraba ahora sólo con el obispo. ¿Llegaba él a comprenderlo?
«Me doy cuenta cabal, mi señor, pues que conozco vuestro secreto, que me revelasteis durante vuestro delirio en la mazmorra. Y he cuidado que nadie más lo conozca: habéis perdido una esposa y un hijo.»
Demandé al obispo considerar la materia secreto de confesión y así lo hizo. Aunque no aclararlo contribuyera a que Teobaldo y otros me considerasen torpe.
Todavía se sucedieron muchos días antes de que se me permitiera abandonar el lecho. Atormentado por la sola ocupación de pensar, medir, pesquisar los móviles y motivos que desencadenaron los acontecimientos. Me di cuenta de la indiferencia de Ethelvina por la suerte de Elvira, aunque se mostrase amorosa en cuidarme. La tropa que saliera en persecución de Thumber regresó fracasada, pues nunca lo alcanzaron. Se habían llevado a Elvira con sus doncellas, y nada sabíamos.
¿Sería cierta la sospecha que me surgía? ¿Habría sido traición de Ethelvina? Me parecía leerlo en el fondo de sus ojos. Y capaz lo era, si ello servía a su ambición. Más todavía si lograba eliminar a su rival, como sospechaba Elvira. Dudas, horribles dudas que me laceraban sin que hallara explicación. Aunque no lograba unir la consecuencia entre el comportamiento de Ethelvina, si obra suya era la traición, y la decisión de Elvira, pues que con ello no solamente servía a los deseos de su madre, sino que revelaba un desamor hacia mí que me era imposible admitir. Pues nos unía el hijo que llevaba en sus entrañas, nuestro hijo secreto, al que lloraba ante el presentimiento de que jamás lograría conocerle.
La guarnición del castillo era numerosa. Ahora se incrementó por la llegada de Cenryc al frente de un millar de guerreros de nuestra mesnada. Se pusieron en marcha tan pronto les llegó la noticia. Cenryc hizo valer su autoridad para que Aedan, Alberto y Penda cubrieran los Pasos de Oackland con el resto de las tropas, pues todos querían acudir para reunirse con su señor, morir o perseguir a Thumber para vengarme, como estaban obligados.
Le contemplaba ahora, acrecentada su prudencia y sabiduría por los años, fuerte y vigoroso todavía, famoso guerrero cuya espada era justamente temida. Mostraba honda alegría al encontrarme salvo, por lo que me abrazaba y besaba y humedecía mis mejillas y manos con sus lágrimas. Mucho me confortó, pues seguía amándole como a un padre.
Enterado por Teobaldo de cuanto ocurriera quiso levantar mi ánimo y el de Ethelvina, informándonos de que contaba con una extensa red de espías en el Reino del Norte, a los que ayudaba el pueblo, que odiaba a los vikingos. Sabía que Thumber poseía un refugio para invernar en un lugar escondido y protegido de la costa, donde quedaban las tropas que no regresaban a su país. Raegnar le apreciaba, como es sabido, por la ayuda recibida para la conquista del reino. Cenryc estaba seguro de que se había marchado al refugio sabiendo que Avengeray, con toda la tropa, le perseguiría si se mantenía al descubierto y era localizado. No así en el secreto refugio, bien disimulado, donde los barcos quedaban ocultos desde el mar por unos promontorios que encerraban una profunda ensenada. Podíamos reunir la mesnada y atacarle para acabar con Thumber y su horda, y rescatar a la princesa.