Tan evidente era su propósito de infundirnos una ilusión como la dificultad de llevarlo a cabo. Pero se los agradecí, bajo promesa de considerarlo, y mucho insistí en que sus noticias me daban la vida. Lo que resultaba cierto, pues de nuevo retornó la esperanza, haciéndome resurgir desde las profundidades de mi cavilación.
Quedó Ethelvina cuando todos salieron. Nos contemplamos. Era el primer momento en que nos encontrábamos solos desde el suceso que nos atormentaba. Se me acercó amorosa y murmuró que, al existir esperanzas de recobrar a Elvira, levantase el ánimo, pues era llegado el momento de poner en marcha nuestro plan secreto, ya que todo estaba dispuesto, incluso la justificación de nuestra invasión. Difícil fuera encontrar motivo más convincente para levantar en armas a todo el Reino de Ivristone, unidos todos en espíritu. Debíamos contar con recuperar a Elvira, pues, caso contrario, de nada valdría sumirse en la desesperación, aunque siempre me ayudaría a olvidar con la inmensidad de su amor. Con Elvira o sin ella podíamos ser felices. Ahora tomaríamos ventaja de la ocasión para formar el País de los Dos Reinos y llegar a convertirme en el rey más poderoso del territorio.
Ethelvina era efusiva en sus besos y caricias mientras me hablaba, con la intención de contagiarme su entusiasmo y seguridad. Nos aguardaba una tarea ingente que bien merecía el esfuerzo de sobreponerme a la adversidad, pues que el final se nos ofrecía glorioso.
Me parecía que no deseaba la aparición de su hija, aunque disimulase y lo supeditara al futuro. En el fondo de su intención adivinaba sus ambiciosos proyectos circunscritos a nosotros dos, si bien nombrase a Elvira para tranquilizarme. O quizás los proyectos los concebía para ella sola, y me incluía como un colaborador imprescindible para lograrlos. ¿Estaría al fin en lo cierto Elvira, cuyas terribles sospechas consideré siempre producto de su debilidad e inocencia?
Volcánica y ambiciosa se me aparecía Ethelvina, poseída de pasión. A duras penas lograba contenerse, disfrazar el fondo de sus íntimos pensamientos, limitados en el punto que la astucia le aconsejaba para no poner en peligro su consecución. Aunque lo peor era, y ahora en la distancia del tiempo me doy cuenta, la desaparición de los ideales conforme al paso de los años, combatidos por la cruel disyuntiva de comer o ser comido. Cuerpo y alma, elegir era mi problema. Sostenía un combate supremo entre los instintos de mi cuerpo y las inclinaciones de mi alma, para descubrir con pesadumbre, y hasta con horror, que todavía era más fuerte la ambición que el deber mismo.
Estuve sumido todo el día en profunda meditación. Cuando apareció Ethelvina hube de reconocer que sus cuidados habían contribuido más que los de cualquier otro a fortalecerme y animarme. Le hice presente que era sospecha de la corte, así como de mis fieles tanes y aun no mintiera añadiendo que de mí mismo lo era también, que participara en la traición y fuera ella quien la acordara con Thumber. Nunca la encontré más convincente. Antes que impresionarse reaccionó más amorosamente que nunca, con la mayor expresión de sinceridad y dulzura en sus palabras. «¿Cómo pensáis tal monstruosidad, Avengeray? Lo comprendo en los demás, pero me duele escucharlo en vos. Si hubiera sido mi propósito mataros, Thumber no os hubiera perdonado. Olvidáis que yo os necesito y os amo más que a nada en mi vida. Creedme. Os soy fiel. Y os deseo. Quisiera permanecer siempre a vuestro lado. ¿Cómo podéis explicar tal sospecha?»
«Porque Thumber no obró como vos deseabais. No pensabais matarme, sino a Elvira.» «Volved en vos, Avengeray -replicó paciente y sin perder el tono dulce de su voz y el gesto amoroso, que me parecía más bella que nunca en aquel instante- Elvira no fue muerta, recordadlo. Y fue ella quien decidió el casamiento con Thumber. Quizás se dio cuenta de que no os amaba lo suficiente.» «No es así, sino que al creer que pretendíais matarme se sacrificó comprando mi vida con su matrimonio. Ésa fue la causa de que Thumber os traicionase, pues se ciñó a sus deseos y no a los vuestros. Lo que debíais sospechar desde el principio a poco que le conocierais.»
No se alteró su semblante, mas pareció meditar. Y pasados unos instantes dijo: «Voy a demostraros mi inocencia, Avengeray. Os juraré sobre los Santos Evangelios que ignoraba totalmente la traición y nunca tomé parte en ella. La maldición de Nuestro Señor Jesucristo caiga sobre mi alma si miento. ¿Me creeréis entonces?».
«Creeré. Pero el juramento debe ser hecho en la capilla, en presencia del obispo y mis fieles tanes Cenryc y Teobaldo.»
El semblante bello, sonriente y afable, no demostraba preocupación alguna aunque estuviese ocupada en cuestiones graves que afectaban al Estado y a su alma. «Lo haré, pues que me lo pedís. Pero algo debéis darme a cambio: un juramento secreto ante mí, sobre los Sagrados Libros: si una vez reconquistado el Reino del Norte no halláramos a Elvira, nos uniremos en matrimonio y seremos proclamados reyes de los Dos Reinos.»
Trajo los Evangelios e hicimos el juramento, que quedó entre los pactos secretos que presidían nuestras relaciones desde el principio. Informé al obispo y a los tanes de la jura que había de hacernos la señora. Una semana después tuvo lugar, cuando ya los médicos me autorizaron a abandonar la habitación. Satisfizo a los tanes, quienes mantenían su expectación sobre la propuesta que me hicieran de atacar el refugio de Thumber con nuestra mesnada, pues para nada contaban con las fuerzas de Ivristone. Me reclamaban, de tal modo, que olvidase los lazos que me ataban y me ocupase de nuestras propias obligaciones, a las que estábamos sujetos por el juramento hecho a mi padre, el rey, antes de morir.
Gran contento recibieron ambos tanes y el obispo cuando conocieron en presencia de Ethelvina y en reunión privada en la cámara de la señora, que no solamente recordaba el compromiso, que me era sagrado, sino que ni por un solo momento había dejado de procurar su mejor realización. Así, además de nuestra mesnada, contábamos con todas las fuerzas de Ivristone pues era la señora nuestra aliada, ya que tanto como a mí mismo le importaba recobrar a su hija.
Cenryc me abrazó emocionado y me confesó que su alegría resultaba más crecida que la de los demás por cuanto había sospechado que la blandura de la vida cortesana tenía relajados mis deberes. Comprobar lo infundado de la sospecha le reforzaba en el orgullo que sentía de hallarse ligado a un señor tan fiel para sus amigos como para sus enemigos.
Afrontadas las tropas y la escuadra que mandáramos construir, y los barcos aportados por los nobles, sólo importaba discurrir la táctica apropiada. Y como eran mis tanes expertos en concebir campañas guerreras, pronto maduramos un plan. No escatimaban su satisfacción al disponer de una tan numerosa fuerza, bien equipada y con abundante intendencia en depósitos de alimentos distribuidos por el país para subvenir a las necesidades de una tan grande concentración. Además, contarían los víveres que pudiéramos recoger sobre el terreno. Que no iban a faltarnos dentro del Reino del Norte, pues me aseguraba Cenryc la colaboración de los paisanos y campesinos, que nos aguardaban siempre como libertadores, pues jamás perdieron la esperanza de mi regreso, que era una leyenda entre aquel pueblo que recordaba su historia.
Dispuse que los dos millares de hombres concentrados en las proximidades del castillo fueran embarcados para atacar el refugio de Thumber. Mandamos desplazar tropas hacia los Pasos de Oackland y se enviaron mensajeros al genial Aedan, como cabeza de la mesnada, para que se procediera en la siguiente forma: reservada suficiente guarnición para custodiar los pasos, el resto debía adentrarse en el Reino del Norte al mando de Alberto y, emboscados por la zona montañosa, dirigirse al refugio secreto del pirata para cerrarle el paso hacia el interior del territorio cuando fuera atacado desde el mar. Llegado el momento, y a tal fin se dispuso la sincronización necesaria, podríamos atajarle desde un principio mediante un ataque simultáneo. Excusado quedaba recomendar gran secreto. Cenryc encareció mucho se valiese Aedan de la red de espías para propalar noticias convenientes, a fin de conseguir que el pueblo llano colaborase matando a los de Raegnar, para impedir que conocieran los movimientos de nuestra expedición.