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Se abrió la puerta y apareció un hombre como de treinta y dos años, de muy buena presencia. El conde se acercó a mí con gesto franco y amistoso; yo traté de recobrarme y empecé a presentarme ceremoniosamente, pero él no me permitió seguir en este tono. Tomamos asiento. Su conversación, espontánea y afable, no tardó en disipar mi timidez, nacida en aquel rincón perdido. Comenzaba ya a sentirme a mis anchas, cuando entró la condesa y la turbación se apoderó de mí con más intensidad que antes. En efecto, era una gran belleza. El conde me presentó. Quise parecer desenvuelto; pero por más esfuerzos que hiciera por mostrarme sencillo, más torpe me sentía. Ellos, a fin de darme tiempo a sosegarme y habituarme a mis nuevos conocidos, comenzaron a hablar entre sí, tratándome sin cumplidos, como a un buen vecino. Mientras tanto, yo recorría la estancia, examinando libros y cuadros. Aunque no soy entendido en pintura, un lienzo llamó mi atención. Representaba un paisaje de Suiza, pero lo que me maravilló no fue la pintura, sino el que el cuadro estuviese atravesado por dos balas, que habían sido disparadas una sobre la otra.

—Buen disparo —dije volviéndome hacia el conde.

—Sí —comentó él—, un disparo excelente. Y usted, ¿tira bien?

—No lo hago mal —contesté, satisfecho de que la conversación tocara, por fin, un tema que me era familiar—. A treinta pasos y tomando como blanco un naipe, no fallaría, aunque se entiende que con pistolas conocidas.

—¿De veras? —preguntó la condesa con muestras de gran interés—. Y tú, amigo mío, ¿acertarías en un naipe a treinta pasos de distancia?

—Deberíamos probar algún día —contestó el conde—. En tiempos no tiraba mal, pero hace cuatro años que no he tenido una pistola en la mano.

—En tal caso — observé — le aseguro que no acertaría en un naipe ni siquiera a veinte pasos: la pistola exige un ejercicio diario. Lo sé por experiencia. En mi regimiento, yo era uno de los mejores tiradores. En cierta ocasión estuve un mes sin tocar una pistola porque mis armas estaban en reparación. ¿Y sabe lo que ocurrió? El primer día que disparé, fallé cuatro veces seguidas tirando sobre una botella a veinticinco pasos. Estaba presente un capitán, un hombre bromista y gracioso, que me dijo: «Se ve, hermano, que la mano no te llega a la botella.» No, excelencia, no debe descuidar este ejercicio si no quiere perder la puntería por completo. El mejor tirador que he conocido disparaba cada día por lo menos tres veces antes de comer. Para él, esto era como el tomarse una copa de vodka.

El conde y la condesa parecían satisfechos de que yo hubiera roto mi silencio.

—¿Y qué tal tirador era? —me preguntó el conde.

—Verá, excelencia: si veía posarse una mosca en la pared (¿se ríe, condesa?; palabra de honor que es verdad), si veía posarse una mosca, gritaba: «¡Kuzka, la pistola!», y Kuzka le traía la pistola cargada. Disparaba y dejaba a la mosca aplastada en la pared.

—Es extraordinario — comentó el conde—. ¿Cómo se llamaba?

—Silvio, excelencia.

—¡Silvio! —exclamó el conde, poniéndose en pie de un salto—. ¿Usted conoció a Silvio?

—Claro que sí, excelencia. Fuimos amigos. Lo habíamos acogido en nuestro regimiento como a un hermano, pero hará cosa de cinco años que no tengo la menor noticia de él. ¿Le conoció también su excelencia?

—Le he conocido, vaya si le he conocido. ¿No le refirió un caso muy raro?

—¿Se refiere, excelencia, a la bofetada que un tipo pendenciero dio a Silvio en un baile?

—¿Le dijo a usted el nombre de ese pendenciero?

—No, excelencia, no me lo dijo... ¡Ah! —proseguí, empezando a adivinar la verdad—. Perdóneme... No podía suponer... ¿Será usted...?

—Soy yo mismo — contestó el conde, presa de gran emoción—. Y el cuadro agujereado es un recuerdo de nuestro último encuentro...

—Por favor, querido —suplicó la condesa—, no lo cuentes, me va a dar miedo oírlo.

—No —replicó el conde—, lo contaré todo. El conoce la ofensa que infligí a su amigo; que conozca también la manera como Silvio se vengó.

El conde me acercó un sillón y yo escuché con el más vivo interés el siguiente relato.

—Me casé hace cinco años. El primer mes, the honey moon, lo pasé aquí, en esta aldea. A esta casa debo los mejores instantes de mi vida y uno de mis más penosos recuerdos.

»Una tarde paseábamos a caballo mi esposa y yo; su yegua se puso terca, mi esposa se asustó, me entregó las bridas y decidió volver andando a casa. Yo me adelanté. En el patio vi un carricoche; me anunciaron que en el despacho me esperaba un hombre. No había querido decir su nombre, se había limitado a explicar que tenía un asunto pendiente conmigo. Entré en esta misma pieza y distinguí en la oscuridad a un hombre cubierto de polvo y con la barba crecida; estaba aquí, junto a la chimenea. Me acerqué, tratando de recordar sus facciones.

»—¿Me conoces, conde? —preguntó con voz temblorosa.

»—¡Silvio! — exclamé y, lo confieso, sentí que los cabellos se me erizaban.

»—En efecto —prosiguió él—. Me debes un disparo. He venido a descargar mi pistola. ¿Estás dispuesto?

»El arma le asomaba por un bolsillo de la levita. Medí doce pasos y me coloqué en aquel rincón, pidiéndole que disparase en seguida, antes de que mi esposa volviera. No mostraba prisa, pidió luz. Trajeron unas velas. Cerré la puerta, con la orden de que no entrara nadie, y le pedí una vez más que disparase.

«Sacó la pistola y apuntó... Yo contaba los segundos... pensaba en ella... ¡Fue un minuto terrible! Silvio bajó la mano.

»—Lamento —dijo— que mi pistola no esté cargada con huesos de cereza... una bala pesa mucho. Me sigue pareciendo que esto no es un duelo, sino un asesinato: no tengo la costumbre de apuntar sobre una persona desarmada. Comencemos de nuevo. Echemos suertes para ver a quién corresponde disparar el primero.

»La cabeza me daba vueltas... Creo que me resistí a aceptar... Finalmente, cargamos otra pistola; doblamos dos papeleos; él los metió en el mismo gorro que yo había agujereado de un tiro; de nuevo saqué el primer número.

»—Eres endiabladamente afortunado, conde —dijo con una sonrisa que no olvidaré jamás.

»No recuerdo lo que me ocurrió entonces y cómo pudo obligarme a ello... pero disparé y di en ese cuadro.

El conde señaló el cuadro agujereado; su rostro le ardía como si fuera de fuego; el de la condesa estaba más blanco que su pañuelo; se me escapó una exclamación.

—Disparé — continuó el conde — y, gracias a Dios, fallé. Entonces Silvio (en aquel instante estaba verdaderamente horroso), Silvio empezó a apuntar sobre mí. De pronto se abrió la puerta, entró Masha y se precipitó hacia mí y me abrazó, lanzando un grito. Su presencia me devolvió la serenidad.