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La puerta de la sala se abrió y un hombre arrugado y desgarbado que llevaba una camisa negra y un alzacuello católico entró y le plantó una hoja de puestos de trabajo en la mano a la expedidora.

—Anúncielo enseguida.

La expedidora clavó la hoja del sacerdote justo encima del anuncio del Argo Lykes.

—Bueno, urracas —dijo, volviéndose hacia los marineros aspirantes—, tenemos un petrolero de servicio irregular en el muelle ochenta y ocho y parece que empiezan desde cero.

• PUESTOS DE MARINEROS EN ALTA MAR •

COMPAÑÍA: Carpco Shipping

BARCO: Vapor Carpco Valparaíso

UBICADO EN: Muelle 88

ZARPA: 1700 jueves

TRAYECTO: Svalbard, océano Ártico

PUESTOS: Marineros preferentes: 18

MARINEROS : 12 Manipuladores de alimentos: 2

HORARIO: 90 días en rotación

RELEVO DE: No corresponde

RAZÓN: No corresponde

Gruñidos de consternación resonaron por la sala del sindicato. El Valparaíso, el infame Valparaíso, el deshonrado, roto y endemoniado Valparaíso. ¿No lo habían vendido a los japoneses y convertido en buque de transporte de residuos tóxicos? ¿Hundido en una prueba de misiles Tomahawk?

—¿Eso significa que estamos todos contratados? —preguntó un hombre rollizo con los dientes cariados, al que se le empezaba a notar la barba.

—Todos y cada uno de vosotros —contestó el sacerdote—. No sólo eso, sino que además podéis contar con más horas extras de las que os hayáis sacado en toda vuestra vida. Me llamo Thomas Ockham, de la Sociedad de Jesús, y pasaremos los próximos tres meses juntos.

Entonces, como si creyera que la Marina Mercante de los Estados Unidos era un cuerpo del ejército, el sacerdote saludó, dio una media vuelta brusca y se fue de la sala marcando el paso.

—Te dije que el Señor no nos fallaría —dijo Zook, lamiéndose un bigote de sudor.

Se abatió un silencio inquietante, que se depositó en el polvo y se pegó al humo de los cigarrillos. El Señor no les había fallado, pensaba Neil. Ni el Señor ni la Compañía Caribeña de Petróleo. Neil no transportaría judíos a Haifa ni hipopótamos a Le Havre en este viaje, no esquivaría ningún submarino nazi, pero al menos tenía un trabajo.

—Jesús aún no me ha dado la espalda —seguía diciendo el evangélico.

Un trabajo, y aun así…

—Cristo nunca le da la espalda a nadie.

Neil creía que no se debería resucitar un barco como el Valparaíso y, si lo hacían, un marinero preferente listo buscaría trabajo en otra parte.

—Sabéis, tíos, esto me da un poco de canguelo —comentó una mujer pechugona puertorriqueña con una camiseta ajustada de Menudo—. ¿Por qué nos embarcamos con un cura?

—Sí, ¿y por qué en el puto Titanic? —preguntó un viejo marinero curtido con AMO A BRENDA tatuado en el dorso de la mano.

—Os diré algo más —dijo el hombre rollizo—. Yo fui a Svalbard en un bulk-carrier una vez y os puedo decir a ciencia cierta que allí no encontraréis ni una sola gota de crudo. ¿Qué vamos a cargar, meado de morsa?

—Bueno, es genial tener un barco —dijo la esbelta An-mei Jong con entusiasmo forzado.

—Sí, claro —soltó el amante de Brenda con una falsa alegría.

Neil se metió la mano en el bolsillo derecho de los pantalones y apretó la medalla de Ben-Gurion de su abuelo.

—Vayamos a enrolarnos —dijo, cuando en realidad su impulso era salir corriendo de la sala, encontrar a un marinero parado deambulando por el puerto de la Undécima Avenida y darle su litera al pobre desgraciado.

Tormenta

Para un capitán de barco, dejar su embarcación en manos de un práctico de puerto era una experiencia dolorosa, un suplicio de desplazamiento no muy distinto al de un marido al encontrarse una marca de condón que no utilizaba en el bolso de su mujer. Sin embargo, Anthony Van Horne no era el típico capitán de barco. Los prácticos de puerto no hacían las reglas, pensaba, sino la Comisión Nacional de Seguridad del Transporte. De modo que, cuando una lancha abollada de la Autoridad Portuaria de Nueva York amarró junto al Carpco Valparaíso a las 1735 horas la tarde de la partida prevista, Anthony estaba totalmente dispuesto a ser cortés.

Entonces reconoció al práctico.

Frank Kolby. El viejo empalagoso Frank Kolby, el idiota que se había reído a carcajadas al ver al padre de Anthony representar el naufragio del Val en la salsera.

—Hola, Frank.

—¿Qué tal, Anthony? —El práctico entró en la timonera y se sacó sus pantalones impermeables negros—. Me habían dicho que eras tú quien estaba en el puente. —Llevaba un traje azul con chaleco, bien entallado y muy bien planchado, como si tratase de hacerse pasar por lo que no era, un guarda de aparcamiento con pretensiones—. Han empalmado el Val muy bien, ¿no?

—Me imagino que durará otro viaje —dijo Anthony, poniéndose las gafas de espejo.

Los remolcadores tocaron la bocina para avisar que estaban listos. Kolby dejó caer los pantalones impermeables junto a la bitácora de la brújula, luego alargó la mano hacia la consola de control y cogió rápidamente el walkie-talkie.

—¡Levad anclas!

Crujiendo, echando chorros de vapor, los cabrestantes del castillo de proa giraron, sacando lentamente del río dos cadenas cubiertas de algas. En la pantalla de televisión de proa Anthony vio cómo pegotes de limo negro se escurrían por el ancla de estribor como gelatina por un tenedor y caían sonoramente en el Hudson. Por un instante, imaginó que había visto el cadáver de Rafael Azarías abrazado a las uñas, pero entonces se dio cuenta de que sólo era un pedazo de barro con forma de ángel.

—¡Soltad amarras!

Encasquetándose la gorra de visera de John Deree hasta las cejas, Anthony abrió la puerta de estribor y cruzó el ala del puente con determinación. A lo largo de todo el muelle 88, estibadores con zapatillas rotas y camisetas raídas corrían de aquí para allá, desatando amarras de dacrón de los norays, soltando el petrolero. Pasaban gaviotas revoloteando por delante del sol poniente, graznando su interminable desaprobación del mundo. Media docena de remolcadores convergieron desde todas las direcciones, silbatos agudos sonaban como locos mientras las tripulaciones lanzaban cabos gruesos y enmarañados a los marineros preferentes emplazados en la cubierta de barlovento del Val.

Anthony aspiró una porción generosa de aire portuario —su última oportunidad, antes de desatracar, de saborear esa mezcla única de aceite de carbonera, agua de pantoque, aguas residuales sin tratar, peces muertos y guano de gaviotas—, y volvió a entrar.