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Poco a poco, como un algodón de azúcar que se disuelve en la boca de un niño, la niebla se evaporó de la mente de Cassie. «A bordo», había dicho. «Primer oficial», había dicho.

—¿Estoy en un barco?

El sacerdote señaló al profeta.

—El vapor Valparaíso, al mando del capitán Anthony Van Horne. Llámeme padre Thomas.

Vinieron los recuerdos. Aventuras Marítimas… Beagle II… el huracán Beatrice… las Rocas de Saint Paul.

—¿El famoso Valparaíso? ¿El Valparaíso del vertido de petróleo?

—El Carpco Valparaíso —dijo el capitán con frialdad.

Cuando Cassie se sentó, el hedor medicinal del alcanfor le llenó la nariz. Un dolor le atravesó los hombros y los muslos: el mordisco terrible del sol ecuatorial, la piel enrojecida gritando bajo la capa de Noxzema. Dios Santo, estaba viva, era una ganadora, una niña mimada, una vencedora frente a todas las probabilidades.

—¿Cómo es que no tengo sed?

—Cuando no estaba farfullando por los codos —dijo el sacerdote—, consumió casi cuatro litros de agua fresca.

El capitán dio un paso hacia la luz, ofreciéndole una mandarina. Era más guapo de lo que había supuesto al principio, con una frente byronesca y la clase de virilidad triste y vulnerable que se solía encontrar en las estrellas masculinas de culebrones que iban de capa caída.

—¿Tiene hambre?

—Estoy famélica. —Al recibir la mandarina, Cassie llevó el pulgar a su polo norte y empezó a pelarla—. ¿De verdad farfullé?

—Bastante —respondió Van Horne.

—¿Sobre qué?

—Ratas noruegas. Su padre murió de un enfisema. En su juventud escribió obras de teatro. Oliver, que debe de ser su novio, se las da de pintor.

Cassie resopló, medio asombrada, medio fastidiada.

—Se las da de pintor —corroboró.

—No está segura de si quiere casarse con él.

—Bueno, ¿quién lo está?

El capitán se encogió de hombros.

Ella rompió un cuarto de esfera de mandarina y masticó. La pulpa sabía dulce, húmeda, crujiente —viva—. Saboreó la palabra, el vocablo sagrado. Viva, viva.

—Viva —dijo en voz alta e, incluso antes de que la segunda sílaba le pasara por los labios, sintió como la euforia se escabullía—. Treinta y tres pasajeros —murmuró, su voz a la vez acongojada y amarga—. Diez marineros…

El padre Thomas asintió enérgicamente con la cabeza. Ella se dio cuenta de que las cejas se le extendían sobre el puente de la nariz, enredándose como dos orugas grises al besarse.

—Es trágico —dijo el padre.

—Dios les mató con su huracán —aseguró ella.

—Dios no tuvo nada que ver.

—La verdad es que estoy de acuerdo con usted, aunque por razones bastante distintas de las suyas.

—No esté tan segura de eso —dijo el sacerdote, enigmáticamente.

Cassie se acabó la mandarina. En su continuación irreverente de Job, la amante del héroe no dejaba de repetir una frase del original, una y otra vez: «Y he escapado sólo yo para traerte la noticia.»

—¿Este es su camarote? —preguntó, señalando el Cristo de cerámica.

—Lo era. Me he mudado.

—Se olvidó el crucifijo.

—Lo dejé aquí a propósito —dijo el padre Thomas sin entrar en detalles.

—Disculpe mi ignorancia —dijo Cassie—, pero ¿los petroleros suelen llevar clérigos?

—Este no es un viaje normal, Dra. Fowler. —Los ojos del sacerdote se le abrieron mucho y se le desorbitaron, mirando rápidamente en todas direcciones como abejas que hubiesen perdido el rastro de su colmena—. De hecho, es anormal.

—Cuando hayamos cumplido nuestra misión —intervino el capitán—, le llevaremos de vuelta a los Estados Unidos.

—¿De qué está hablando?

—Durante las próximas nueve semanas —dijo Van Horne—, será nuestra invitada.

Cassie frunció el ceño, su cuerpo achicharrado se endurecía por la confusión y la ira.

—¿Nueve semanas? ¿Nueve semanas? De eso nada, yo empiezo a dar clases a finales de agosto.

—Lo siento.

—Llamen a un helicóptero, ¿vale? —Despacio, como un pez heroico, evolucionista, que se estuviera arrastrando hasta tierra firme, se levantó de la litera y sólo después de tocar con los pies la alfombra verde de pelo largo se molestó en preguntarse si iba vestida—. ¿Entienden? —Miró hacia abajo y vio que alguien le había cambiado el biquini por un quimono estampado con los signos del zodíaco. Pegada con la Noxzema, la seda se le enganchaba a la piel en pedazos grandes y amorfos—. Quiero que me fleten un helicóptero de la Cruz Roja internacional, cuanto antes mejor.

—No estoy autorizado para informar de nuestra posición a la Cruz Roja Internacional —dijo Van Horne.

—Por favor… mi madre, se volverá loca —Cassie protestó, sin saber si era mejor sonar desesperada o furiosa—. Oliver también. Por favor…

—Le permitiremos un mensaje breve a casa.

Un viejo panorama, y Cassie lo odiaba, el patriarcado ejerciendo su poder. Sí, señora, creo que al final podremos llegar a arreglarle el engranaje desmultiplicador, como si supiera qué demonios es un engranaje desmultiplicador.

—¿Dónde está el teléfono?

A Van Horne se le hincharon unas venas azules de la frente.

—No le estamos ofreciendo un teléfono, Dra. Fowler. El Valparaíso no es una granja a la que ha llegado por casualidad después de que se le pinchara una rueda.

—Entonces, ¿qué me están ofreciendo?

—Toda la comunicación se realiza a través del cuarto de radiotelegrafía del puente.

Un espasmo de dolor de la quemadura del sol le corrió por el cuello y la espalda a Cassie cuando seguía al padre Thomas por un pasillo de caoba reluciente y entraba en la claustrofobia repentina de la cabina de un ascensor. Cerró los ojos e hizo una mueca.

—¿Quién es Runkleberg? —preguntó el sacerdote mientras subían.

—¿Farfullé sobre Runkleberg? Llevo años sin pensar en él.

—¿Otro novio?

—Un personaje de una de mis obras de teatro. Runkleberg es mi Abraham del siglo veinte. Una hermosa mañana está fuera regando las rosas y oye la voz de Dios diciéndole que sacrifique a su hijo.

—¿Obedece?

—Su esposa interviene.

—¿Cómo?

—Le castra con las podaderas del seto y él muere desangrado.

El sacerdote tragó saliva de forma audible. El ascensor se detuvo en la séptima planta.

—Biología y teatro —la llevó por otro pasillo reluciente—, no son dos disciplinas a las que suela dedicarse una misma persona.

—Padre, sencillamente, no puedo quedarme en este barco.

—Pero cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que el biólogo y el dramaturgo tienen mucho en común.

—Nueve semanas no. Tengo que limpiar mi despacho, preparar mis clases…

—Son exploradores, ¿verdad? El biólogo busca descubrir las leyes de la naturaleza, el dramaturgo sus verdades.

—Nueve semanas es imposible. Me moriré de aburrimiento.

La caseta de radio del Valparaíso era una aglomeración de transmisores receptores, teclados, faxes y terminales de télex entretejidos por cables coaxiales. En medio del desorden holgazaneaba una mujer joven y esbelta con pelo color zanahoria y una piel con la tez del queso provolone. Cassie sonrió, agradecida por los distintivos que la telegrafista llevaba prendidos a la camisola roja a modo de medallas: un puño cerrado surgiendo del símbolo médico de Mujer, y el lema LOS HOMBRES LE TIENEN ENVIDIA AL ÚTERO. Sólo el colgante de la oficial, un cristal de cuarzo engastado en plata, le dio que pensar a Cassie, pero hacía tiempo que había aceptado el hecho de que, cuando se trataba de las afectaciones con las que a las feministas radicales les gustaba empobrecer sus mentes —terapia de cristales, neopaganismo, Wicca—, su escepticismo la colocaba categóricamente en una minoría.