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Fue tambaleándose hacia el interfono fijado en la pared, tirando de las sábanas, abriéndose camino como podía a través de su aturdimiento de insomne.

—¿Extraño? —masculló, apretando el interruptor—. ¿Qué es extraño?

—Perdone que le despierte —dijo Big Joe Spicer—, pero tenemos un objetivo.

Saliendo de la litera, Anthony se sacó un grano diminuto de arena del ojo y lo hizo rodar entre el pulgar y el índice, luego miró alrededor buscando los zapatos. Por lo demás, iba completamente vestido, hasta el chaquetón raído y la gorra de lona de los Mets. Desde que llegaron al cero por cero, había despojado su vida de irrelevancias, así pues, comía esporádicamente, dormía vestido y dejaba que la barba le invadiera la cara. Durante setenta y dos horas su mente sólo había conocido la caza.

Agarró la taza de Carpco, metió los pies nudosos en las zapatillas de tenis y, sin molestarse en atar los cordones, corrió al ascensor.

Un resplandor suave iluminaba el puente: las pantallas de radar, el sistema para evitar colisiones, la terminal del Marisat, el reloj. Eran las 0247. Spicer estaba encorvado sobre el radar de doce millas, toqueteando el control de perturbaciones por lluvia y nieve.

—Capitán, he visto el laserdisc de mi cuñado de Garganta profunda y casi todos los episodios de Granjero último modelo y le juro —señaló el objetivo—, que ésa tiene que ser la cosa más rara que se ha visto en un tubo de rayos catódicos.

—¿Un banco de niebla?

—Es lo que parecía en la pantalla del radar de quince millas, pero ya no. Ese mamotreto tiene volumen.

—¿Santo Tomé?

—He comprobado nuestra posición tres veces. Santo Tomé está a veinticuatro kilómetros en dirección contraria.

—¿El asfalto?

—Demasiado grande.

Anthony cerró el puño. Se le tensó el pecho. La sirena del antebrazo se puso rígida.

—Rumbo franco —le ordenó al timonel, el musculoso siux lakota, James Echohawk.

—Rumbo franco —repitió Echohawk.

Anthony fijó la mirada adormilada en el radar. En la pantalla aparecía una mancha irregular larga, trascendental como una sombra en una radiografía de un pulmón. Borrosa, sin forma y, sin embargo, sabía exactamente de quién era la imagen grabada electrónicamente que estaba contemplando.

—Bueno, ¿qué es?

—Si te lo dijera, no me creerías —Anthony agarró los reguladores y redujo la velocidad de ambas hélices a sesenta y cinco revoluciones por minuto. No había forzado a su barco a superar las velocidades recomendadas ni había atravesado el huracán Beatrice sólo para que chocaran contra su cargamento y se hundieran—. Haré el resto de tu guardia por ti, Joe. Ve a dormir un poco.

El segundo oficial miró a su capitán a los ojos. Señales silenciosas viajaron entre los hombres. La última vez que un oficial había abandonado el puente del Valparaíso, cuarenta y un millones de litros de petróleo se habían vertido en el Golfo de México.

—Gracias, capitán —dijo Spicer, yendo hasta la consola junto a Anthony—, pero creo que me quedaré.

—¿Cómo está el café de Follingsbee esta noche? —le preguntó Anthony al timonel—. ¿Bastante fuerte?

—Se podría imprimar un pendolón con él, capitán —dijo Echohawk.

—Bajemos otro punto, Joe. Sesenta revoluciones.

—A la orden. Sesenta.

Anthony cogió el termo de Exxon y echó café en el interior manchado de su taza de Carpco.

—Ve diez grados a la izquierda —dijo, con la mirada fija en el radar—. Estabiliza a cero-siete-cinco.

—Cero-siete-cinco —respondió Echohawk.

—La presión está bajando —apuntó Spicer, fijándose en el barómetro—. Ha bajado a novecientos noventa y seis.

Tras sacar los prismáticos de su compartimiento, Anthony miró hacia el horizonte a través del parabrisas mugriento y salpicado de gotas de lluvia. La presión estaba bajando: en efecto. Hubo un relámpago, que cayó del cielo como una pasarela torcida, iluminando cien mil cabrillas. Nubes grises y gordas flotaban en el cielo septentrional como ovejas acromegálicas.

—Cincuenta y cinco revoluciones.

—Cincuenta y cinco.

Anthony se bebió el café de un trago. Caliente, maravillosamente caliente, pero no lo suficiente para descongelarle las entrañas.

—Joe, quiero que hagas una llamada al camarote del padre Ockham —ordenó, tirando de la puerta que llevaba al ala de estribor. La tormenta se abalanzó hacia dentro, le salpicó la cara y alborotó los pelos de la barba—. Dile que venga aquí arriba inmediatamente.

—Son las tres de la madrugada, capitán.

—No se perdería esto por nada del mundo —dijo Anthony, saliendo de la timonera.

—¡La presión sigue bajando! —el segundo oficial gritó tras él—. ¡Novecientos ochenta y siete!

El instante en que Anthony salió a la noche turbulenta, le llegó el olor, que se enturbiaba de un lado a otro del ala del puente. Intenso y grávido, curiosamente dulce, no tanto la peste de la muerte como la fragancia de la transformación: hojas que se pudren en alcantarillas húmedas, lámparas hechas con calabazas que se arrugan en los umbrales suburbanos, plátanos que se ablandan con sus pieles correosas negras.

—¡Cincuenta revoluciones, Joe! —gritó a través de la puerta abierta.

—¡Cincuenta, capitán!

Entonces llegó el sonido, denso y en capas, una especie de gemido coral flotando por encima del zumbido de las máquinas y del rugido del Atlántico. Anthony levantó los prismáticos. Un tridente de electricidad largo y brillante arponeó el mar. Otros diez minutos, calculó, desde luego no más de quince, y tendrían contacto visual…

—Ese sonido —dijo el padre Ockham, poniéndose el panamá y abrochándose el impermeable de vinilo negro mientras corría hacia el ala.

—Es raro, ¿verdad?

—Triste.

—¿Qué supone que…?

—Una endecha.

—¿Eh?

En el mismo momento en que Ockham repetía la palabra, un relámpago le reveló la verdad. Endecha, ah, sí. En la luminosidad repentina Anthony vio a los dolientes, dando coletazos y revolcándose en el mar bullente, revoloteando por el cielo agitado. Manadas de narvales afligidos a estribor, manadas de rorcuales desconsolados a babor, bandadas de cormoranes huérfanos arriba. Otro relámpago y aparecieron aún más especies, gaviotas argénteas, grandes págalos, fuimares, pardelas, petreles, paquiptilas, frailecillos, focas leopardo, focas fétidas, focas peludas, belugas, manatíes… Multitudes y multitudes, la mayoría de ellas a miles de kilómetros de su hábitat y de su hogar, levantando las voces por la pena sobrenatural, una fusión de cada pulmón marítimo y cada laringe acuática que Dios había puesto en la Tierra.

—¡Diez grados a la derecha!

—¡Diez a la derecha!

—¡Cuarenta y cinco revoluciones!

—¡Cuarenta y cinco!

Milagrosamente, cada lengua mantenía su identidad en el mismo momento en que se unía al lamento general. Cerrando los ojos, Anthony se asió a la barandilla y escuchó, sobrecogido por las elegías silbadas de los delfines mulares, las oraciones guturales de los leones marinos y el lamento bajo y agudo de mil fragatas.

—El olor —dijo el sacerdote—. Es más bien…

—¿Afrutado?

—Exacto. No ha empezado a estropearse.

Anthony abrió los ojos.

—¡Joe, cuarenta revoluciones!

—¡Cuarenta, capitán!

Un relámpago, enorme, dirigiéndose hacia cero-uno-cinco.