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La sala de oficiales se llenó de muestras de sorpresa que resonaron contra la teca. La mano de Leo Zook se alzó. A Cassie Fowler le entró un ataque de risa.

—Depende de lo que quiera decir con Dios —dijo Lianne Bliss.

—No analicéis, limitaos a contestar.

Uno a uno, los marineros extendieron las manos hacia el cielo, moviendo los dedos, balanceando los brazos, hasta que la sala se asemejó a un jardín de anémonas. Neil se unió al consenso. ¿Por qué no? ¿Acaso no tenía su enigmático no-se-qué, su En Sof, su Dios de la guardia de las cuatro de la madrugada? Contó apenas seis ateos: Fowler, Wheatstone, Bostwick, un marinero corpulento llamado Stubby Barnes, un pastelero negro flaco llamado Willie Pindar y Ralph Mungo, el tío decrépito de la sala del sindicato que llevaba el tatuaje de AMO A BRENDA, y de esos seis sólo Fowler parecía segura de sí misma, yendo tan lejos como para meterse las manos en los bolsillos de sus pantalones cortos caquis.

—Yo creo en Dios, Todopoderoso —dijo Leo Zook—, creador del cielo y de la tierra, y en su único hijo, Jesucristo nuestro Señor…

El sacerdote carraspeó y la nuez chocó contra su alzacuello católico.

—Mantened la mano alzada si pensáis que Dios es esencialmente espíritu, un espíritu invisible e informe.

Nadie bajó la mano.

—Vale. Ahora, mantened la mano alzada si pensáis que, a fin de cuentas, nuestro Creador se parece bastante a una persona, una persona poderosa, tremenda, gigante, con huesos, músculos y todo…

La inmensa mayoría de los brazos bajaron, el de Neil entre ellos. Espíritu y carne: Dios no podía ser ambos. Los tres marineros que seguían con los brazos en alto le hicieron pensar.

—Ahora se refiere a Jesucristo —dijo Zook, con la mano revoloteando como un colibrí borracho.

—No —dijo el sacerdote—. No me refiero a Jesucristo.

A Neil le dio la sensación de que se caía. Metió la mano en el bolsillo de los tejanos y apretó la medalla de bronce que su abuelo había recibido por llevar clandestinamente refugiados al Estado naciente de Israel.

—Un minuto, padre, señor. ¿Está diciendo…? —tragó saliva y se repitió—. ¿Está diciendo…?

—Sí. Así es.

Con lo cual, el padre Thomas levantó una bola blanca y reluciente de la mesa de billar, la tiró hacia arriba, la atrapó y pasó a explicar la historia más grotesca y desorientadora que Neil había oído desde que supo que el Datsun en el que estaban sus padres había caído entre los arcos de un puente levadizo abierto en Woods Hole, Cape Cod, y había desaparecido bajo el barro. Entre la colección de absurdidades, el relato del sacerdote incluía no sólo a una divinidad muerta y un ordenador profético, sino también a ángeles que lloraban, a cardenales confundidos, narvales acongojados y un iceberg ahuecado atascado contra la isla de Kvitoya.

En cuanto acabó, Dolores Haycox señaló con su grueso dedo índice hacia Van Horne.

—Nos dijo que era asfalto —dijo quejumbrosa—. Asfalto, dijo.

—Mentí —admitió el capitán.

Del centro de la multitud, el jefe de máquinas Crock O’Connor, un hombre bajo y pálido, saltó.

—Me gustaría decir algo —dijo, arrastrando las palabras, mientras se limpiaba las manos grasientas en su camiseta de Harley-Davidson. Las quemaduras del vapor le habían llenado las mejillas y los brazos de motas—. Me gustaría decir que, en los treinta años que llevo en el mar, nunca había oído un montón de gilipolleces pasteurizadas, homogeneizadas y filtradas en frío como éstas.

La voz del sacerdote siguió moderada y calmada.

—Puede que tenga razón, Sr. O’Connor. Pero entonces, ¿cómo debemos interpretar la prueba que está flotando en estos momentos junto a la aleta de estribor?

—Una trampa que Satanás nos ha tendido —replicó Zook al instante—. Está poniendo a prueba nuestra fe.

—Un OVNI hecho de carne —propuso el jefe de cocina Sam Follingsbee.

—El monstruo del lago Ness —sugirió Karl Jaworski.

—Uno de esos experimentos biológicos del gobierno —soltó Ralph Mungo—, que se les ha ido de las manos.

—Apuesto a que no es más que goma —dijo James Echohawk.

—Sí —añadió Willie Pindar—. Goma y fibra de vidrio y cosas así…

—Vale, quizá sea una divinidad —admitió Bud Ramsey, el segundo maquinista auxiliar, que tenía cuello de pollo y cara de comadreja—, pero desde luego no es Dios.

Cayó el silencio sobre la sala de oficiales, pesado como un anclote, denso como una niebla del mar del Norte.

Los marineros del Valparaíso se miraron, lentamente, con ojos de pena.

El cuerpo muerto de Dios.

Sí, seguro.

—Pero ¿de verdad se ha muerto? —preguntó Horrocks en una voz aguda y castrada—. ¿Total y absolutamente muerto?

—El OMNIVAC predijo que sobrevivirían unas cuantas neuronas —explicó el padre Thomas—, pero creo que está trabajando con datos incorrectos. Aun así, cada uno de nosotros tiene derecho a albergar sus propias esperanzas.

—¿Por qué el cielo no se vuelve negro? —preguntó Jaworski—. ¿Por qué el mar no se seca y el sol no se apaga? ¿Por qué no se desmoronan las montañas, se vienen abajo los árboles y se caen las estrellas del cielo?

—Es evidente que estamos viviendo en una especie de universo no contingente y newtoniano —respondió el padre Thomas—. El reloj sigue haciendo tictac incluso después de que el relojero haya partido.

—Vale, vale, pero ¿cuál es la razón de su muerte? —preguntó O’Connor—. Tiene que haber una razón.

—De momento, el misterio del fallecimiento de nuestro Creador es tan denso como el misterio de su advenimiento. Gabriel me instó a que no dejara de pensar en el problema. Creía que, cuando el viaje acabara, la respuesta quedaría clara.

Lo que siguió fue una auténtica batalla campal teológica, la única vez, supuso Neil, en que toda la tripulación de un superpetrolero entablaba una conversación maratoniana sobre algo que no era un deporte profesional. La hora de la cena llegó y pasó. Salió la luna nueva. Los marineros se volvieron esquizoides, una compañía de Jekylls y Hydes, sus rachas de pesimismo sentimental alternando con negaciones nuevas (una conspiración de la CIA, una serpiente marina, un muñeco hinchable, un decorado de cine), luego vuelta al pesimismo sentimental, después aún más negaciones (la última boqueada del comunismo, el Coloso de Rodas emergiendo del fondo del mar, una distracción tramada por la Comisión Trilateral, una fachada que ocultaba algo verdaderamente insólito). A Neil le desconcertó su propia reacción. No estaba triste, ¿cómo podía estarlo? Perder a este ser supremo en particular era como perder a un pariente al que apenas conocías, al enigmático tío Ezra que te dio un billete de cincuenta dólares en tu Bar Mitzvah y desapareció de inmediato. Lo que Neil experimentó justo entonces fue libertad. Nunca había creído en el Dios severo y barbudo de Abraham y, sin embargo, de algún modo paradójico, siempre se sintió responsable ante las leyes de esa divinidad inexistente. Pero ahora YHWH no estaba mirando. Ahora las reglas ya no se aplicaban.

—¿Sabéis qué, marineros? —Van Horne saltó de la barra de caoba a la alfombra oriental—. Voy a cancelar todos los turnos para las próximas veinticuatro horas. Nada de descascarillar, nada de pintar, y no perderéis ni un sólo céntimo de la paga —nunca en la historia marítima, especuló Neil, un anuncio así había dejado de provocar una sola aclamación—. Desde este momento hasta las 2200 horas —dijo el capitán—, el padre Thomas y la hermana Miriam estarán a vuestra disposición en sus camarotes para consultas privadas. Y mañana, bueno, mañana empezaremos a hacer lo que se espera de nosotros, ¿de acuerdo? ¿Qué os parece? ¿Somos marinos mercantes? ¿Estamos preparados para mover la mercancía? ¿Podéis contestarme con un «a la orden» a eso?