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Alrededor de un tercio de los marineros, Neil entre ellos, cantó con un ahogado y vacilante «a la orden».

—¿Estamos preparados para tender a nuestro Creador en una tumba ártica lejana? —preguntó Van Horne—. Quiero oíros. ¡A la orden!

Esta vez cerca de la mitad de la sala tomó parte. «¡A la orden!»

Un alarido agudo y lloroso salió disparado de la boca de Zook como un vómito. El evangélico se cayó de rodillas, apretándose las manos en señal de miedo y de súplica, temblando con grandes espasmos. A Neil le pareció un hombre que pasa por el momento monstruosamente consciente que sigue al harakiri: un hombre contemplando sus entrañas humeantes.

El padre Thomas se acercó corriendo, ayudó al angustiado marinero a ponerse en pie y le acompañó fuera de la sala de oficiales. La compasión del sacerdote impresionó a Neil y, sin embargo, intuía que no bastarían gestos como ése para salvar al Valparaíso de la terrible libertad a la que estaba a punto de amarrarse. Inevitablemente, se acordó del clímax de Los diez mandamientos: Moisés arrojando las Tablas de la Ley al suelo y privando, así, a los israelíes de su brújula moral, dejándoles sin saber seguro cuál era la posición de Dios en cuanto al adulterio, al robo y al asesinato.

—¡Compañía del barco… os podéis retirar!

«Entonces dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.»

«Amén», pensó Thomas Ockham cuando, envuelto en la ceñida privacidad gomosa de su traje de neopreno, avanzaba bajo el golfo de Guinea. Salvo que la cruz en esta ocasión era un ancla enorme y la Vía Dolorosa un canal sin señalar entre la quilla del Valparaíso y el Corpus Dei. A pesar de ser un submarinista con licencia de la Asociación Profesional de Instructores de Submarinismo, hacía unos quince años que Thomas no nadaba bajo el agua —desde que acompañó a Jacques Cousteau en su célebre descenso al cráter submarino del volcán que destruyó la antigua civilización griega de Tera—, y no se sentía del todo seguro de sí mismo. Pero ¿quién podía sentirse del todo seguro de sí mismo mientras trataba de enganchar un anclote de diez metros y veinte toneladas a su Creador?

Los doce submarinistas que constituían el Equipo A se habían distribuido a lo largo del anclote: Marbles Rafferty en la cruz, Charlie Horrocks en la uña izquierda, Thomas en la derecha, James Echohawk y Eddie Wheatstone manejando la caña, los otros aguantando el cepo, el arganeo y los primeros cinco eslabones de la cadena. A sesenta metros al sur, el Equipo B de Joe Spicer probablemente seguía el mismo ritmo que ellos, llevando su propio anclote, pero una cortina de burbujas y de oscuridad impedía que Thomas lo supiera con seguridad.

Con los brazos alzados y las palmas de las manos hacia arriba, los doce hombres movían las aletas, llevando el anclote sobre la cabeza como si fueran iroqueses transportando una canoa de guerra descomunal. A los veinte minutos, apareció la coronilla divina, ligeramente calva. Thomas levantó la muñeca, comprobó el indicador de profundidad. Dieciocho metros, perfecto: los compensadores de flotación estaban lo bastante inflados para contrapesar al anclote, pero no estaban tan llenos como para que los submarinistas flotaran por encima de su objetivo. Los vecinos del lugar pasaban junto a ellos —un mero gigante, un pez sierra verde guisante, un banco de roncadores—, sufriendo en silencio o lamentándose por debajo del umbral del oído de Thomas, ya que los únicos sonidos que percibía eran su propia respiración burbujeante y el sonido metálico ocasional de un tanque de oxígeno al golpear el anclote.

Serpenteando hacia la izquierda, los submarinistas pasaron nadando junto a una gran alfombra de cabello que se mecía y se distribuyeron a lo largo de la oreja. Cuando Rafferty dio la señal, cada uno de los hombres bajó la mano y encendió el reflector que llevaba sujeto con una correa al cinturón multiusos. Un juego de rayos recorrió los numerosos pliegues y rincones de la oreja, dibujando sombras curvadas profundas a lo largo del rasgo conocido como el tubérculo de Darwin. Thomas se estremeció. Al menos en el caso del Homo sapiens sapiens, el tubérculo de Darwin se consideraba un argumento fundamental a favor de la teoría de la evolución: el vestigio manifiesto de un antepasado con orejas erguidas. ¿Qué diablos significaba que Dios mismo luciera esa protuberancia cartilaginosa?

Avanzaron moviendo las aletas a través de la concha y entraron en el meato auditivo externo. Una sensación de mareo recorrió al sacerdote. ¿De verdad deberían estar haciendo esto? ¿Realmente tenían derecho? Estalactitas de cera calcificada colgaban de la pared del conducto del oído. Había vida adherida a las paredes: macizos de sargazos, una cosecha extraordinaria de cohombros de mar. La aleta izquierda de Thomas rozó un equinodermo, una Asterias rubens de cinco puntas que flotaba por la caverna como una estrella de Belén olvidada.

Al sacerdote le había llevado toda la mañana convencer a Crock O’Connor y al resto de la tripulación de la sala de máquinas de que abrir las membranas del tímpano de Dios no sería sacrílego —el cielo quería este remolque, Thomas había insistido, mostrando la pluma de Gabriel—, y ahora el fruto de sus esfuerzos surgía imponente ante él. Creado con picos, punzones para el hielo y moto-sierras sumergibles, el tajo irregular se extendía dieciséis metros en vertical, como la entrada de una carpa de circo salida directamente de los sueños más grandiosos de P. T. Barnum.

Cuando los doce hombres llevaron su cargamento a través del tímpano violado, el sobrecogimiento de Thomas se hizo absoluto. La oreja de Dios, el mismo órgano a través del cual Él se había oído decir: «Haya luz», el aparato exacto a través del cual la réplica del Big Bang le había llegado al cerebro. Rafferty volvió a hacer una señal y los submarinistas sacudieron las aletas con fuerza, provocando tornados de burbujas y vorágines de células desprendidas. Centímetro a centímetro, el anclote ascendió, pasando junto a los cilios ondulantes que cubrían la superficie interna de la membrana, hasta apoyarse al final contra los huesos enormes y delicados del oído medio. Malleus, incus, stapes, recitó Thomas para sí mientras los reflectores alcanzaban la tríada masiva. Martillo, yunque, estribo.

Otra señal de Rafferty. El Equipo A se movía con una sola mente, guiando la uña derecha del anclote sobre la protuberancia larga y firme del yunque, amarrando el Valparaíso a Dios.

Entonces: el momento de la verdad. Rafferty dio un empujón, deslizándose para liberarse del anclote y haciendo señas a los demás para que hicieran lo mismo. Thomas —todos— se soltaron. El anclote se balanceó colgado del yunque, el gran arganeo de acero oscilando como el péndulo de un formidable reloj newtoniano, pero los ligamentos aguantaron y el hueso no se rompió. Los doce hombres se aplaudieron, dando palmadas con sus guantes de neopreno en una ovación sorda y a cámara lenta.

Rafferty saludó al sacerdote. Thomas le devolvió el saludo. Sonrojado por el éxito, se abrazó a la cadena y, como Teseo enrollando el hilo, empezó a seguir aquel camino seguro de regreso al barco.

Cristo sonreía con suficiencia. Cassie estaba segura. Ahora que se fijaba, veía que la cara del crucifijo del padre Thomas tenía una expresión de total suficiencia. ¿Y por qué no? Jesús había tenido razón desde el principio, ¿no? El mundo sí había sido creado por un Padre antropomórfico.

Padre, no Madre: ésa era la cuestión. De algún modo, aunque pareciera increíble, los patriarcas que habían escrito la Biblia habían intuido la verdad de las cosas. El de ellos era el género que el universo refrendaba totalmente. La mujer era una mera sombra del prototipo.