Qué diferente era todo aquello del viaje anterior de Cassie. En el Beagle II te tiraban al suelo, te arrojaban de la litera, te sumían en ataques de náusea: sabías que estabas en el mar. Sin embargo, el Valparaíso parecía menos un barco que una gran isla de metal arraigada al fondo del océano. Para obtener alguna sensación de movimiento, tenías que bajar al puesto de observación de proa, una especie de patio de acero tendido por encima del agua, y ver cómo las olas se estrellaban contra las placas de la proa.
La tarde del 13 de julio, Cassie estaba en la proa, sorbiendo café, saboreando la puesta de sol —un espectáculo impresionante al que el rechoncho marinero de guardia Karl Jaworski parecía ajeno—, e imaginando las maravillas andróginas que había quizá a tres kilómetros bajo sus pies. El Hippocampus guttulatus, por ejemplo, el caballito de mar, cuyos machos incubaban los huevos en bolsas ventrales especiales; o los meros, que nacen como hembras (aunque la mitad están destinadas a sufrir un cambio de sexo en la edad adulta); o el lumpo, maravillosamente subversivo, una especie cuyos instintos maternales residían exclusivamente en los padres (siendo ellos los que oxigenaban los huevos durante la incubación y los que, después, protegían a los alevines). A su derecha, más allá del horizonte, se extendía el amplio y bochornoso delta del río Níger. A su izquierda, también escondida por la curva del planeta, estaba la isla Ascensión. Subió un calor sofocante que la envolvió en vapor ecuatorial, y decidió escapar al cine pequeño y agradable del Valparaíso. Cierto, ya había visto Los diez mandamientos, la última vez en la versión en laserdisc de Oliver —en concreto, la edición para coleccionistas del 35° aniversario—, de modo que no tendría demasiado impacto dramático, pero en aquel momento el aire acondicionado importaba más que la catarsis.
Bajó en ascensor a la tercera planta, abrió la puerta del cine y se zambulló al aire deliciosamente frío.
Daba la casualidad de que Cassie albergaba un afecto especial por Los diez mandamientos. Sin ella, nunca habría escrito su obra más encarnizada, Dios sin lágrimas (ahora se daba cuenta de que era un título profético), una sátira de un acto sobre las muchas expurgaciones que Cecil B. DeMille y compañía habían cometido al traspasar el Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio a la pantalla. Había sido especialmente severa con el hecho de que DeMille no estuviera dispuesto a considerar las implicaciones morales de las Diez Plagas, con que no hubiera contado las injusticias que los hebreos habían sufrido a manos de su Padrino cuando deambulaban por el desierto (Yavé abatiendo a la gente que menospreció a Canaán, bombardeando con fuego a aquellos que se quejaron en Hormá, enviando serpientes contra los que refunfuñaron en el camino del monte Hor, azotando con una plaga a todos los que reincidieron en Peor), y con su omisión flagrante del discurso que Moisés había dado a sus generales después de subyugar a los Madianitas: «¿Por qué habéis dejado la vida a las mujeres? Fueron ellas las que arrastraron a los hijos de Israel a ser infieles. Matad de los niños a todo varón, y de las mujeres a cuantas han conocido lecho de varón; las que no han conocido lecho de varón, reserváoslas». Emparejada con Runkleberg, Dios sin lágrimas había estado en cartel dos semanas en Playwrights Horizons en la calle Cuarenta y dos oeste, un programa que obtuvo una reseña excepcional en Newsday, una crítica en Village Voice que la dejaba por los suelos y una carta de condena en la sección de cartas al director del Times, escrita por el mismo cardenal Terence Cooke. Fueran cuales fueran sus deficiencias artísticas, el homenaje de DeMille a la omnipotencia de Dios reconocía totalmente los límites de la vejiga. La película tenía un intermedio. Después de una hora y cuarenta minutos, cuando Moisés empezaba su audiencia con la zarza ardiente, surgían las ganas de orinar. Cassie decidió aguantar. No se acordaba exactamente de cuándo venía la pausa, pero sabía que era inminente. Además, se estaba divirtiendo, de un modo más o menos perverso. Las ganas aumentaron. Estaba a punto de marcharse in media res —Moisés volviendo a Egipto con el objetivo de liberar a su pueblo—, cuando la música se hizo más fuerte, la imagen se fundió y el telón se cerró.
Había dos mujeres delante de ella, Juanita Torres, la de los ojos almendrados, y la asmática An-mei Jong, que esperaban para usar el lavabo de mujeres de un solo váter. Allí estaba, meditando sobre su teoría de que el patriarcado provenía en gran medida de la flexibilidad urinaria, la capacidad envidiable del hombre de mear deprisa y corriendo, cuando una voz profunda y conocida la importunó.
—¿Quieres? —dijo Lianne, alargando una bolsa grande y medio vacía de palomitas de maíz—. Son al estilo vegetariano, sin mantequilla.
Cassie cogió un puñado.
—¿Habías visto esta película?
—Mis clases dominicales de catequesis fueron a mediados de los sesenta, una especie de renacer religioso. «La belleza no es sino una maldición para nuestras mujeres.» Puaj. Si no fuera por las palomitas de maíz de Follingsbee, me iría.
Una brecha, pensó Cassie. Una grieta en la armadura de Lianne.
—Mira lo que le hacen a la reina Nefertiti en la segunda parte.
—No me gusta lo que hacen con ninguna de las mujeres.
—Ya, pero mira lo que hacen con Nefertiti, DeMille y el patriarcado, mira lo que hacen. Fíjate en cómo, siempre que el faraón comete una atrocidad, perseguir a los hebreos con sus cuádrigas, etc., es porque Nefertiti le incitó a hacerlo. La misma historia de siempre, ¿verdad? Culpa a la mujer. El patriarcado nunca duerme, Lianne.
—No puedo enviarle un fax a tu novio.
—Lo entiendo.
—Podrían quitarme mi permiso de la Comisión Federal de Comunicaciones.
—Ya.
—No puedo enviarlo.
—Claro que no puedes —Cassie cogió una buena porción de palomitas de maíz de Follingsbee—. Mira lo que le hacen a Nefertiti.
16 de julio.
Latitud: 2°6’N. Longitud: 10°4’O. Rumbo: 272. Velocidad: 9 nudos cuando los vientos alisios del sudeste están con nosotros, 3 con el viento de proa. 6 de promedio. Lento, demasiado lento. A este paso, no cruzaremos el círculo polar ártico antes del 25 de agosto, una semana entera de retraso según lo previsto.
Más malas noticias. Los depredadores prometidos por fin han captado nuestro olor y a 6 nudos no podemos dejarlos atrás. Estamos matando una docena de tiburones en casi cada guardia y prácticamente el mismo número de serpientes de mar liberianas y de buitres de Camerún, pero siguen viniendo. Cuando me siente a escribir la crónica oficial de este viaje, a estos días sangrientos les pondré el apodo de la Batalla de la corriente de Guinea.
—¿Por qué no muestran un poco más de respeto hacia su Creador —le pregunto a Ockham—, como hicieron las marsopas y los manatíes la semana pasada?
—¿Respeto?
—Él los «hizo», ¿no? Se lo deben todo.
—Al ser partícipes de una comida así —dice Ockham—, es muy posible que le estén mostrando respeto.
La cubierta de popa cruje, los cabrestantes rechinan, las cadenas chirrían. Sonamos como Halloween. Dios no quiera que se rompa un eslabón. Una vez, cuando era tercer oficial en el Arco Bangkok, transportando napalm al golfo de Tailandia, vi cómo una sirga se partía por la mitad, cruzaba la toldilla como un látigo y cortaba al contramaestre en dos. El pobre desgraciado vivió tres minutos enteros después de aquello. Sus últimas palabras fueron: «¿Y qué hacemos en Vietnam?».