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La sangre del pez martillo olía a pelo quemado.

—¡Mi abuelo nunca tuvo que volar tiburones!

—Dentro de treinta y cinco minutos habremos salido de aquí.

—¡Si Rafferty no me saca de esta guardia estúpida, le voy a arponear a él! ¡No bromeo! ¡Bang, justo en medio de los ojos!

—Piensa en lo bien que te sentará la ducha.

Neil se dio cuenta de que lo más extraño de todo —vibrando por la libertad—, lo más extraño, increíble y aterrador era que no bromeaba.

—¡Ya no hay Dios, Eddie! ¿No lo entiendes? ¡No hay Dios, no hay reglas, no hay ojos que nos vigilen!

—Piensa en los McNuggets de pollo de Follingsbee. Hasta te pasaré una de mis Budweisers.

Neil apoyó el cañón contra el tallo de un pelo especialmente grueso, se inclinó hacia delante y, tras mojarse los labios endurecidos por el sol, besó el metal caliente y vibrante.

—No hay ojos que nos vigilen…

A Oliver Shostak le daba la sensación de que era adecuado que la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste siguiera sólo una aproximación flexible de las Reglas de orden de Robert, ya que ni las reglas ni el orden tenían nada que ver con la razón de ser de la organización. La gente no lo entendía. Le decías «racionalista» al cretino medio de la nueva era y le hacías pensar en imágenes poco apetecibles: aguafiestas obsesionados con las reglas, zafios con una fijación con el orden, paladines de la lógica que pasan de puntillas sobre las cosas, que se pierden la esencia cósmica. Fiiiu. Un racionalista podía sentir el sobrecogimiento con la misma facilidad que un chamán. No obstante, tenía que ser un sobrecogimiento de calidad, creía Oliver, un sobrecogimiento sin ilusiones, del tipo que había sentido al intuir el tamaño del universo o al sentir la improbabilidad de su nacimiento o al leer el fax del vapor Carpco Valparaíso que en esos momentos llevaba en el bolsillo del chaleco.

—Empecemos —dijo, haciéndole una señal a la atractiva y joven estudiante de Juilliard que estaba tocando el clavicémbalo en el otro extremo de la habitación. La chica levantó las manos del teclado; la música se detuvo en mitad del compás, la Fantasía en re menor de Mozart deliciosamente complicada. No había mazo, por supuesto. No había mesa ni actas ni orden del día. Los dieciocho socios estaban sentados en un círculo informal, sumergidos en el esplendor de los mullidos sofás Récamier y los suntuosos divanes de terciopelo.

Oliver había designado la habitación él mismo. Se la podía permitir. Se podía permitir cualquier cosa. Gracias al ascenso casi simultáneo del feminismo, de la fornicación y de varias enfermedades venéreas importantes, el planeta estaba usando condones de látex en cantidades sin precedente y a finales de los ochenta el asombroso invento de su padre, el Shostak Supersensible, había aparecido como la marca de preferencia. Al final de la década, habían empezado a fluir cantidades increíbles de dinero hacia las arcas de la familia, una marea de beneficios que no dejaba de subir. A veces, a Oliver le parecía que, de algún modo, su padre había patentado el mismo acto del sexo.

Tomó un sorbo de brandy y dijo:

—El presidente reconoce a Barclay.

Descifrar el fax de Cassie había sido fácil. Estaba en Herejía, el código numérico que se habían inventado en el décimo curso del colegio para ocultar los documentos de la organización que habían fundado, el club de los Librepensadores (aparte de Cassie y de Oliver, el club había contado con sólo dos socios más, los solitarios, feos y tremendamente impopulares gemelos Maldonado). Esto no es una broma. Ven a verlo tú mismo. De verdad que estamos remolcando…

Cuando el vicepresidente de la Liga se levantó, todos los socios prestaron atención, no sólo para oír el informe de Barclay, sino también para sumergirse en su solemnidad. En los últimos años, los Estados Unidos de América habían logrado acoger a un desacreditador a jornada completa —un contrapeso a sus veinte mil astrólogos, cinco mil terapeutas de vidas pasadas y montones de sinvergüenzas que fabricaban rutinariamente éxitos de ventas sobre encuentros con ovnis y sobre la felicidad de las runas—, y aquel desacreditador era el rubio Barclay Cabot. Barclay, ese diablo guapo, tenía presencia en los medios de comunicación. La cámara le quería. Había participado en todos los programas de entrevistas importantes, demostrando cómo daba la impresión de que los charlatanes doblaban cucharas y leían mentes cuando en realidad no hacían nada parecido.

Empezó resumiendo la crisis. Dos semanas antes, la asamblea legislativa de Tejas había votado purgar todos los institutos del Estado de cualquier material del plan de estudios que no otorgara al llamado creacionismo científico una «equiparación de tiempo» con la teoría de la selección natural. No era que la Liga de la Ilustración dudara del resultado de un enfrentamiento entre la hipótesis de Dios y Darwin. Los fósiles mostraban a gritos la evolución; los cromosomas anunciaban claramente la ascendencia; las rocas declaraban su antigüedad. Lo que la Liga temía era que las editoriales de libros de texto de Estados Unidos simplemente eligieran eludir todo el asunto y volvieran a su recurso sin carácter de los años cuarenta y cincuenta, que omitieran por completo cualquier consideración de los orígenes humanos. Mientras, cada domingo, se seguiría enseñando el creacionismo sin que nadie pusiera objeciones.

En tono de complicidad, Barclay esbozó su plan para el comité. Al amparo de la noche, un pequeño subconjunto de la Liga, una especie de unidad de comandos atea, se arrastraría por el césped lujoso de la Primera Iglesia Baptista de Dallas —«el Pentágono del cristianismo», como decía Barclay—, y abriría con una palanqueta una ventana del sótano. Entraría a hurtadillas en la iglesia. Se infiltraría en la nave. Aseguraría los bancos y, entonces, tras desenfundar sus grapadoras Swingline, cogería las Biblias de una en una y, antes de volver a colocarlas en su sitio, fijaría con cuidado un resumen de treinta páginas de El origen de las especies entre el índice de materias y el Génesis.

Equiparación de tiempo para Darwin.

«Vaya un guión tan atrevido», pensó Oliver, tan audaz como la vez en que habían falseado una materialización de la Virgen María en el servicio religioso común de Boston, tan valiente como cuando habían eclipsado una concentración antiabortista en Salt Lake City contratando al grupo de rock de mala reputación Flesh Before Breakfast para que cantaran en medio de la calle Qué droga tenemos en Jesús.

—Los que estén a favor del contraataque propuesto…

Diecisiete síes retumbaron por el salón occidental de la Sala Montesquieu.

—Los que se opongan…

Inevitablemente, la secretaria encargada de los informes, la cascarrabias Sylvia Endicott, se puso en pie.

—No —dijo, gruñendo la palabra más que diciéndola—. No y no otra vez. —Sylvia Endicott: la guerrera viva más vieja del escepticismo, la mujer que en su juventud radical había dirigido una campaña perdedora para que quitaran CONFIAMOS EN DIOS de las monedas de la nación y una lucha igualmente infructuosa para que se instalara una placa en la esquina de la calle de Kansas City donde Sinclair Lewis había desafiado a Dios a que le matara—. Ya conocéis mi opinión sobre el creacionismo científico, oh, dechado de oximorones. Sabéis cuál es mi posición en cuanto a los baptistas de Dallas. Pero, vamos, gente. Este supuesto “contraataque” no es más que una travesura. Somos los hijos de François-Marie Arouet de Voltaire, por el amor de Dios. No somos los hermanos Marx, joder.

—Ganan los síes —dijo Oliver. Nunca le había gustado Sylvia Endicott, que decía cosas pomposas como «Oh, dechado de oximorones» siempre que obtenía la palabra.