Subieron hasta la cima de la frente y empezaron a bajar, dirigiéndose al desfiladero profundo y azotado por el viento donde crecía la gran nariz.
Técnicamente, por supuesto, sus gónadas no tenían sentido; incluso se podían reunir para disputar la autenticidad del cadáver. Pero una objeción así, le pareció a Thomas, olía a orgullo desmedido. Si su Creador hubiera querido (por las razones que fueran) darse una nueva forma a imagen de sus productos, habría seguido adelante y lo habría hecho. «Haya un pene», y habría un pene. En efecto, cuanto más pensaba Thomas en ello, más inevitable se volvía el apéndice. Un Dios sin un pene sería un Dios limitado, un Dios al que se le había cerrado alguna posibilidad, por lo tanto no sería ningún Dios en absoluto. En cierto sentido, era bastante noble por su parte haber refrendado este órgano tan controvertido. Inevitablemente, Thomas pensó en la hermosa Primera Epístola de San Pablo a los Corintios: «Y a los miembros que juzgamos más viles, a éstos ceñimos de mayor adorno…».
El Wrangler volvía a subir, conquistando la napia a ocho kilómetros por hora. Miriam metió una de sus cintas en el radiocasete, se dio cuenta de que la había puesto al revés, lo intentó otra vez. Apretó play. Al instante, el comienzo espectacular de Así habló Zaratustra de Richard Strauss surgió de los altavoces, una fanfarria popularizada por 2001: Una odisea del espacio de Stanley Kubrick, la gran película escatológica que Thomas y ella habían visto veinticuatro años antes en lo que el mundo laico habría calificado de cita.
Mientras que los genitales le producían una fascinación intrínseca al sacerdote, las cosas que le faltaban al cargamento del Val también le llamaban la curiosidad. No había suciedad debajo de las uñas, por ejemplo, nada de barro de la Creación —más pruebas para decir que el cadáver era una falsificación, aunque la acción limpiadora del mar ofrecía una explicación igualmente posible—. Las muñecas no exhibían ninguna marca de la crucifixión: un ejemplo de auto-curación divina, supuso Thomas, aunque un unitario podría aprovechar, y con razón, esta circunstancia para clamar contra la obsesión con la Trinidad del cristianismo convencional. La carne no mostraba ninguna de las quemaduras que normalmente resultarían de una zambullida a través de la atmósfera de la Tierra; era como si la carcasa no hubiera “caído” en el sentido literal sino que se hubiese materializado, o quizá había estado vivo durante la caída e, intencionadamente, se había eximido de la fricción y se había dejado perecer sólo al alcanzar el golfo de Guinea.
Cuando llegaron a la cima, Miriam dijo:
—Es una paradoja, ¿no?
—¿A qué te refieres?
—A cómo el hecho de Dios nos roba nuestra fe en Dios.
Thomas apagó el motor, luego giró un punto la llave de contacto para que la cinta siguiera sonando.
—Reconozco que la literalidad de todo esto es muy deprimente. Pero es importante intuir el misterio que hay tras la carne. ¿Qué es la carne en realidad? ¿Qué es la materia? ¿Lo sabemos? No. A su manera, la carroña es tan numinosa como la Hostia.
—Tal vez —dijo Miriam sin alterarse—. Podría ser —añadió sin emoción—. Seguro. Ya. Quiero recuperar mi fe, Tom. Quiero volver a sentir esa religión antigua.
Tirando del freno de mano con una mano, Thomas le dio un apretón afectuoso con la otra al hombro de su amiga.
—Supongo que podríamos intentar creer en un Dios sinónimo de algo que esté más allá del cuerpo: un Dios fuera de Dios. Pero Gabriel no nos dejó esa opción. Era un buen católico, mi ángel. Entendía la indivisibilidad final del cuerpo y el espíritu.
El sacerdote salió de la cabina y puso la palma de la mano sobre el capó de acero caliente. Un motor de Wrangler, un Homo sapiens sapiens, un ser supremo, en cada caso, el alma del objeto no se podía abstraer del objeto en sí. Igual que Einstein había demostrado la equivalencia fundamental entre la materia y la energía, también la iglesia de Thomas enseñaba la equivalencia fundamental entre la existencia y la esencia. No había ningún fantasma en la máquina.
Tras sacar su Handicam del compartimiento trasero, el sacerdote se volvió hacia el lago vidrioso del ojo izquierdo del cargamento. Ambos iris eran de un azul verdoso vibrante, el tono lujurioso de la sangre sin oxigenar. (Y Dios dijo: «Tenga yo ojos escandinavos».) Puso la cámara en pausa. Poco a poco, la escena se dibujó en la pantalla del visor: un marinero asustado en su turno de vigilancia de depredadores, bazuka lista, de pie junto a la costa de la córnea acuosa mientras escudriñaba el cielo en busca de buitres de Camerún. Más allá estaba la gran sonrisa congelada, cada uno de los dientes visibles centelleando como un glaciar tocado por el sol.
Dientes, ojos, manos, gónadas, tanto que contemplar y, sin embargo, Thomas también se vio reflexionando sobre aquellas partes que en ese momento estaban ocultas. ¿Se arremolinaba el pelo en el sentido de las agujas del reloj, como el de un ser humano? ¿Tenía las palmas de la mano encallecidas? ¿Tenía los molares dispuestos de un modo que sugerían una dieta en concreto? (Dada la popularidad del sacrificio animal en el Antiguo Testamento, era poco probable que hubiera sido vegetariano.) ¿Tenían algo singular las nalgas, evocadas de forma tan enigmática en el Éxodo 33:23?
—Entonces, claro —gritó Miriam por encima de Así habló Zaratustra—, está la cuestión del por qué. ¿Tienes alguna teoría, Tom?
Apretó el botón de la Handicam, conservando la mirada ciega y el rictus sonriente de Dios en una cinta de vídeo de un centímetro.
—Tengo planeado organizar mis pensamientos esta noche y enviarlos a Roma. Por instinto diría que fue una muerte por empatía. Murió de un caso grave de siglo veinte.
Miriam asintió con la cabeza.
—Últimamente, le hemos matado cien millones de veces, ¿no? Y ni siquiera nos molestamos en esconder los cuerpos.
«Qué mente tan ágil y sensual», pensó él.
—«Esconder los cuerpos» —repitió—. ¿Te importaría que te citara en mi fax para el cardenal Di Luca?
—Me sentiría halagada —confesó la monja, sonriendo de un modo espectacular. Como Dios, tenía los dientes perfectos: no era una sorpresa, la verdad, puesto que la pobreza de las carmelitas era rigurosamente digna, una pobreza con un plan dental.
Después de salir con dificultad del asiento del pasajero, Miriam sorteó la superficie alquitranada de una espinilla y fue con toda tranquilidad y seguridad hasta él. Su atuendo, reconoció él —salacot, vaqueros, sahariana ceñida y cerrada con botones de hueso—, despertaba en él cierta lascivia. Durante toda su juventud, Thomas había albergado una noción vaga de que, al levantar el borde del hábito de una monja, allí no se encontraría nada. Qué equivocado había estado. El tejano se le pegaba a las caderas, los muslos y las pantorrillas, perfilándola como la nieve amontonada en la que había caído el moribundo Claude Rains en el climax de El hombre invisible.
—«El loco saltó entre ellos y les atravesó con sus miradas» —dijo ella, recitando un pasaje famoso de La gaya ciencia—. «¿Adónde se ha ido Dios?», gritó. «Yo os lo diré. Nosotros le hemos matado, vosotros y yo. Todos somos sus asesinos.»